jueves, 2 de febrero de 2017

El paraíso perdido, John Milton

   Libro VII

      Desciende del cielo, Urania, si es éste
Tu justo nombre, para que siguiendo
Tu voz divina logre remontarme
Más alto que la cumbre del Olimpo
Y que el vuelo del alado Pegaso. El sentido, no el nombre, es el que invoco;
Pues tú no estás ni con las nueve musas
Ni en la cima del viejo Olimpo moras,
Sino que, del Cielo nacida, antes
Que se alzaran los montes y manaran Las fuentes, conversabas con tu hermana,
La Sabiduría eterna, y con ella
Jugabas en la presencia del Padre
Todopoderoso, que gozaba
Con tu celeste canto. Hacia lo alto,
LLevado por ti, al Cielo de los Cielos
He osado llegar, terreno huésped,
Y he aspirado el aire del Empíreo,
Por ti templado; guíame con igual
Seguridad a mi regreso hacia
Mi elemento natural, no sea que
Tirado de este ligero corcel
Desbocado, caiga en el  campo de Alea,
Para vagar por él abandonado,
Como le sucedió a Belerofonte
En su día, aunque no de una región
Tan elevada.




     John Milton, El paraíso perdido, Madrid, Edt. CATEDRA, Letras Universales, 1986. 479 páginas. Seleccionado por Rodrigo Perdigón Sánchez. Primero de bachillerato. Curso 2016-2017.

Los conquistadores, Malraux

       Trabajo después con Nicolaiev. El jefe de la policía es un antiguo agente de la Ojrana. Borodín conoce su expediente, actualmente en la Checa. Afiliado a las organizaciones terroristas antes de la guerra, hizo arrestar a un buen número de militantes. Estaba muy bien informado, ya que unía a sus propias confidencias las de su mujer, terrorista sincera y respetada, que murió de manera singular. Diversas circunstancias apartaron de él la confianza de sus camaradas, sin permitir no obstante el nacimiento de una opinión lo bastante para justificar su ejecución. Desde ese momento, la Ojrana lo consideró quemado y dejó de pagarle. Era incapaz de trabajar. Erró de miseria en miseria, fue guía, vendedor de fotos obscenas... Periódicamente imploraba a la policía que le enviase algún dinero para socorrerle; vivía asqueado de sí mismo, fracasado, apegado sin embargo a esa policía por una especie de espíritu de cuerpo. En 1914, al tiempo que solicitaba cincuenta rublos -fue su última demanda-, denunció, como para pagarla, a su vecina, una anciana que ocultaba armas...
       La guerra le liberó. Dejó el frente en 1917, terminó por ir a parar a Vladivostock, después Tientsin, donde se embarcó, en calidad de lavaplatos, en el barco que zarpaba hacia Cantón. Aquí reinició su antigua profesión de confidente y supo mostrar la suficiente habilidad para que Sun-yat Sen le confiase, cuatro años más tarde, uno de los puestos más importantes de su policía secreta. Los rusos parecían haber olvidado su antigua profesión.
       Mientras acabo de poner en orden el correo de Hong Kong, él estudia la represión del levantamiento de ayer.
      -Entonces, ¿comprendes, pequeño?, elegí la sala más grande. Es grande, muy grande. Me siento en el sillón presidencial, solo, completamente solo, en el estrado; completamente solo, ¿comprendes bien? No hay más que un estribano en un rincón y, detrás de mí, seis guardias rojos que no entienden más que el cantonés, revólver en mano, claro está. Con frecuencia, cuando el fulano entra, da un taconazo (hay hombres valientes, como dice tu amigo Garín), pero cuando sale, jamás da un taconazo. Si hubiese alguien allí, si hubiese público, no lograría nunca nada: los acusados resistirían. Pero cuando estamos completamente solos.. Tú no puedes comprenderlo: completamente solos...
       Y con una sonrisa desvaída, una sonrisa de viejo gordo excitado al contemplar una niña desnuda, añade, arrugando los párpados:
       -Si supieses qué cobardes se vuelven...


Malraux, Los conquistadores, Móstoles-Madrid, Editorial Argos Vergara, páginas 114, 115.
 Seleccionado por Andrea Sánchez Clemente. Primero de Bachillerato. Curso 2016/2017

Del Espíritu de las Leyes, Montesquieu



Tercera parte
Libro XIV
De las leyes en su relación con la naturaleza del clima
Capítulo II: Los hombres son diferentes según los diversos climas.

   El aire frío contrae las extremidades de las fibras exteriores de nuestro cuerpo: ello aumenta su actividad y favorece el retorno de la sangre desde las extremidades al corazón. Disminuye además la longitud de dichas fibras, por lo que su fuerza queda aumentada. El aire cálido, por el contrario, relaja las extremidades de las fibras y las alargas, por lo que su fuerza y su actividad disminuyen.
   Así, pues, el hombre tiene más vigor en los climas fríos: la actuación del corazón y la reacción de las extremidades de las fibras se realizan con más facilidad, los líquidos se equilibran mejor, la sangre fluye con más facilidad hacia el corazón y, recíprocamente, el corazón tiene más potencia. Este incremento de fuerza debe producir muchos efectos, por ejemplo: más confianza en sí mismo, es decir, más valentía; mayor consciencia de la propia superioridad, es decir, menor deseo de venganza; idea más afianzada de seguridad, es decir, más franqueza, menos sospechas, menos política y menos astucias. Finalmente, ello debe dar origen a caracteres muy diferentes.


Montesquieu, Del Espíritu de las Leyes, colección clásicos del pensamiento, 5º edición publicada en 2002, editorial Tecnos, pag 155 , tercera parte, libro XIV.
Seleccionado por Lara Esteban González, primero de bachillerato, curso 2016-2017.

Trópico de Cáncer, Henry Miller


      Todo es exactamente como era antes, los elementos no han cambiado, el sueño no es diferente de la realidad. Sólo que, entre el momento en que se quedo dormido y el momento en el que se despierta, le han robado el cuerpo. Es como una máquina que vomita periódicos, millones y billones de ellos cada día, y la primera página esta llena de catástrofes , de disturbios, asesinatos, explosivos, colisiones, pero él no siente nada. Si alguien no gira el interruptor nunca sabrá lo que significa morir: no puedes morir, si te han robado el cuerpo. Puedes montar sobre una tía y magrearla como un macho cabrío hasta la eternidad: puedes ir a las trincheras y volar en pedazos; nada creará esa chispa de pasión sino interviene una mano humana. Alguien tiene que poner la mano en la máquina y forzarla para que los engranajes vuelvan a encajar bien. Alguien tiene que hacer eso sin esperar recompensas, sin preocuparse por los quince francos; alguien cuyo pecho sea tan delgado, que si le prendieran una medalla, quedaría jorobado. Y alguien tiene que dar de comer a una tía hambrienta sin temor de que se le vuelva a salir. De lo contrario, este espectáculo no acabará nunca. No hay forma de salir de este lío...


Henry Miller, Trópico de Cáncer, colección S.A.  traducida por ediciones Alfaguara, publicada en 2000 , Mostoles, Madrid, página 136.
seleccionado por Andrea Martín Bonifacio, primero de bachillerato, curso 2016- 2017.

Aventuras de Tom Sawyer, Twain



CAPITULO XXX

       La primera cosa que Tom oyó el viernes por la mañana fue una noticia alegre: la familia del juez Thatcher había vuelto a la ciudad la noche anterior. El indio Joe y el tesoro pasaron a un segundo plano de momento y Becky ocupó el primer lugar  en el interés del chico. La vio y se divirtieron enormemente jugando al escondite y a las cuatro esquinas con un montón de condiscípulos. El día fue completado y coronado de una manera especialmente satisfactoria. Becky pidió instantáneamente que fijara para el día siguiente la merienda, prometida y aplazada desde hacía tanto tiempo, y ella dio su consentimiento. La alegría de la niña no tenía límites, y la de Tom no era más moderada. Se enviaron las invitaciones antes del anochecer y la gente joven del pueblo fue invadida por la fiebre de los preparativos y una agradable expectación. La excitación de Tom le mantuvo despierto hasta muy tarde. Tenía esperanzas de oír el maullido de Huck y conseguir su tesoro para asombrar a Becky y a los participantes en la fiesta, al día siguiente; pero fue defraudado: no llegó ningún aviso aquella noche.
       La mañana llegó finalmente, y a las diez o las once una pandilla atolondrada y traviesa se reunió en la casa del juez Thatcher, donde todo estaba listo para la partida. NO era costumbre que los mayores echasen a perder la merienda con su presencia. Se consideraba que los niños estaban bastante seguros bajo las alas de unas cuantas señoritas de dieciocho años y unos cuantos señoritos, de más o menos, veintitrés. Se alquiló para esta ocasión el viejo vapor transbordador. De pronto el alegre tropel llenó la calle principal cargado de cestas de provisiones. Sid estaba enfermo y no pudo asistir. Mary se quedó en casa para hacerle compañía. La última cosa que la señora Thatcher dijo a Becky fue:
       -No volverás hasta tarde. Quizá sería mejor que pasases la noche con algunas de las chicas que viven cerca del embarcadero.
       -Entonces me quedaré en casa de Susy Haper, mamá.
       - De acuerdo. Pórtate bien y no des molestias a nadie.
        Luego, cuando iban andando, Tom dijo a Becky.
       -Oye: te diré lo que tienes que hacer. En vez de ir a casa de Joe Harper, subiremos a la colina y nos pararemos en casa de la viuda Douglas: ¡Tendrá helado! Tiene casi todos los días cantidades enormes. Y estará muy contenta de vernos.
       -¡Oh, sí que era divertido!
       Luego Becky reflexionó un rato y dijo:
       -Pero ¿qué dirá mamá?
       La niña volvió la cabeza y dijo a regañadientes:
       -Creo que está mal... pero...
       - Pero, ¡diablos! Tu madre no se enterará y, así, ¿qué hay de malo en ello? Todo lo que quieres es que no te pase nada, y estoy seguro de que te habría dicho que fueses allí, si hubiera pensado en ello. ¡Sé que lo habría hecho!




Twain, Aventuras de Tom Swayer, Barcelona, 1994, Bruguama S.A, páginas 219-220.
       Seleccionado por Rebeca Serradilla Martín. Primero de Bachillerato, Curso 2016/2017.

Las Aventuras de Huckleberry Finn, Mark Twain

   CAPÍTULO XV 

     Calculamos que en tres noches llegariamos al Cairo, al sur de Illinois, en la confluencia con el rio Ohio, y ésa era nuestra meta. Una vez allí pensabamos vender la balsa y con ello comprar un pasaje para el vapor y remontar el Ohio hasta lletgar a los Estados libres, donde ya no tendríamos problema.
     Bien, pues a la segunda noche vimos acercarse una espesa niebla y buscamos una ensenada para amarrar la balsa, porque con niebla y buscamos una ensenada para amarrar la balsa, porque con niebla no es bueno navegar. Me adelanté yo en la canoa con la amarra en la mano, pero no mas que pequeños serpollos para fijarla. Al fín me decidí y amarré la cuerda a uno de ellos, pero la corriente era muy fuerte, y vino una violenta sacudida que se llevo a la balsa, arrancando el arbusto de raiz. Vi como la niebla espesaba y me acercaba, y me entró tal pánico que estuve como medio minuto inmóvil,  sin capacidad para reaccionar, y entre tanto la balsa se esfumó en la niebla. No se podía ver a más de veinte metros de distancia. Salté a la canoa, me fui a la popa, empuñé el remo, y quise separarla de la orilla apoyandome en él, pero la canoa no cedía. Me dí cuenta de que con las prisas me habia olvidado de soltar la amarra. Volví a saltar a tierra e intenté desatarla, pero estaba tan nervioso y me temblaban tanto las manos que no daba pie con bola.
     En cuanto pude soltarla, me lancé con toda mi alma a la persecución de la balsa, siguiendo en línea recta desde el serpollo donde la había atado. Mientras navegué por la pequeña ensenada en que nos habiamos refugiado, todo fue bien porque lograba orientarme algo, pero ésta no tenía más de sesenta metros de largo, y en el momento en que la dejé atrás me vi sumergido en una espesa capa blanca, y perdí totalmente la noción de hacia dónde me dirigía.



Mark Twain, Las Aventuras de Huckleberry Finn. Madrid, ed. Magisterio Español, S. A., col. Clasicos Norteamericanos S. XIX, págs. 105.
     Seleccionado por Javier Arjona Piñol. Primero de bachillerato. Curso 2016-2017.

jueves, 26 de enero de 2017

Aventuras de Tom Sawyer, Twain

 CAPÍTULO V

       A eso de las diez y media empezó a tovcar la campana cascada de la vieja iglesia y en seguida empezó a congregarse la gente para el sermón  matutino. Los niños de la escuela dominical se distribuyeron por la casa y ocuparon los bancos con sus padres, para estar bajo vigilancia. Tía Polly llegó, y Tom, Sid y Mary se sentaron con ella... siendo Tom colocado lo más lejos posible de la ventana abierta y de las seductoras escenas del exterior. La muchedumbre llenaba las naves; el administrador de correos, el anciano, y necesitado, que había conocido mejores tiempos; el alcalde y su mujer (pues tenían un alcalde, entre otras cosas innecesarias); el juez de paz; la viuda de Douglas, rubia, elegante y cuarentona, alma generosa y de buen corazón, acomodada, con su caserón en la colina, que era el único palacio de la ciudad y el más hospitalario, y, con vidades de que se pudiese jactar San Petesburgo; el encorvado y venerable comandante Wards y señora; el abogado Riverson, personaje recién llegado de lejos. Seguía la bella del pueblo, perseguida por una tropa de Don Juanes vestidos de batista y cubiertos de cintas; luego venían en corporación todos los jóvenes empleados en la ciudad, que habían estado en el vestíbulo chupando los pomos de sus bastones y formando una muralla circular de admiradores parlanchines y de sonrisa simple, hasta que la última chica hubo pasado por las baquetas; y en último lugar venía el niño modelo. Willie Mufferson, cuidando atentamente a su madre como si fuera de cristal rompible. Siempre acompañaba a su madre a la iglesia y era el orgullo de todas las matronas. Todos los chicos le odiaban; era tan bueno y, además, había sido tan elogiado ante ellos... Su pañuelo blanco asomaba como por casualidad del bolsillo, como es costumbre los domingos. Tom no tenía pañuelo y consideraba que los chicos que lo tenían eran unos cursis. Ya que la congregación estaba completa, sonó otra vez la campana para advertir a los lentos y rezagados, y entonces un silencio solemne se extendió por la iglesia, sólo interrumpido por la  risa ahogada y el susurro del coro en la galería. El coro siempre reía a medias y susurraba durante todo el servicio divino.
       Hubo una vez un coro de iglesia que no estaba mal educado, pero he olvidado ahora dónde era.
Era hace muchísimos años y apenas puedo recordar algo de él, pero creo que era en algún país extranjero.
       El ministro anunció el himno y lo leyó todo con gusto. Y en un estilo peculiar que se admiraba mucho en aquella parte del país. Su voz empezó en un tono medio y subió constantemente, hasta alcanzar cierto punto en que pronunciaba con gran énfasis la palabra cumbre, y luego se lanzaba hacia abajo como si fuera desde un trampolín.    



       Twain, Aventuras de Tom Swayer, Barcelona, 1994, Bruguama S.A, páginas 40-41.
       Seleccionado por Rebeca Serradilla Martín. Primero de Bachillerato, Curso 2016/2017.

Los caballeros, Aristófanes

     En una segunda fase (vv. 1358-1380) Agorácrito indaga el cambio de actitud de Demo en lo tocante al respeto de los derechos individuales, a la retribución de las prestaciones recibidas, a la política militar y educativa. Aristófanes ha sabido ha sabido captar bien el menoscabo que padece de justicia, cuando sobre los jueces se ejerce la presion social excitada por la acción de un demagogo. Los versos 1359-1360 delatan la tendencia de los tribunales a prodigar las penas de confiscación de bienes cuando las arcas del fisco están vacías. A quien se le ocurra en adelante aconsejar suplir el déficit público de esa manera, Demo amenaza con arrojarle al bárato colgándole del cuello a Hipérbolo, lo que arroja cierta luz sobre el tipo de procesos en que se dio a conocer este sujeto a comienzos de su carrera política (cf. Acarnienses, 847). Que en lo venidero Demo prometa pagar religiosamente a los remeros nada más terminada la misión de las trirremes (v. 1366-1367), guarda relación con la política de construcción naval apuntada en los vv. 1351-1353 y permite matizar el supuesto "pacifismo" de Aristófanes, que en ningún momento es antiarmamentista.


Aristófanes,Comedias. Barcelona, ed. Gredos, S.A., col. Biblioteca Básica Gredos, pág 152.
 Seleccionado por David Francisco Blanco. Primero de bachillerato. Curso 2016-2017.

El banquete, Platón

       En primer lugar, tres eran los sexos de los hombres, no dos como ahora, masculino y femenino, sino que había además un tercero que era común a esos dos, del cual perdura aún el nombre, aunque él mismo haya desaparecido. El andrógino, en efecto, era entonces una sola cosa en cuanto a figura y nombre, que participaba de uno y otro sexo, masculino y femenino, mientras que ahora no es sino un nombre que yace en la ignominia. En segundo lugar, la figura de cada individuo era por completo esférica, con la espalda y los costados en forma de círculo; tenía cuatro brazos e igual número de piernas que de brazos, y dos rostros sobre un cuello circular, iguales en todo; y una cabeza, una sola, sobre estos dos rostros, situados en direcciones opuestas, y también cuatro orejas, dos órganos sexuales y todo lo demás según puede uno imaginarse de acuerdo con lo descrito hasta aquí. Caminaba además erecto. como ahora, en cualquiera de las dos direcciones que quisiera; mas cada vez que se lanzaba a correr rápidamente, del mismo modo que ahora los saltimbanquis dan volteretas haciendo girar sus piernas hasta alcanzar la posición vertical, avanzaba rápidamente dando vueltas, apoyándose en los ocho miembros que tenía entonces.


       Platón, El banquete. Madrid, Alianza. Clásicos de Grecia y Roma, octava edición, 2006. Pagina 81.
       Seleccionado por Andrea Alejo Sánchez. Primero de bachillerato, curso 2016-2017.

Los conquistadores, Malraux


         A cada cual su turno.
         Noticias de Shanghai:
     Siguiendo las directivas del Kuomintamg, la Cámara de Comercio china decreta la confiscación de las mercancías británicas que se encuentran en manos de los chinos. Prohíbe, a partir del 30 de junio y durante el plazo de un año, la compra de toda mercancía inglesa, el transporte de toda mercancía por un navío inglés.
        Los periódicos de Shanghai declaran que el tráfico británico se reducirá en un ochenta por ciento.
        Dicho tráfico (dejando aparte Hong Kong) se evaluó el año pasado en veinte millones de libras.
        Hong Kong sólo puede contar ya con el ejército de Cheng-tiung Ming.

        Nicolaiev ha recibido las palabras siguientes, escritas en mayúsculas; ''¿Están verdaderamente en posesión de rehenes los terroristas?'' Nicolaiev no lo cree así. Pero muchos de los nuestros se encuentran en misión y carecemos de todo medio de control.
Las seis
   
        Un ordenanza de la prisión trae a Garín unos pales. el interrogatorio de Ling.
        -¿Ha hablado?
        -Uno más que da la razón a Nicolaiev - responde Garín -. ¡Ah! No hay muchos hombres que resistan tal sufrimiento... 
        -Y... ¿ha sido largo?
        -¡Imagínalo!
        -¿Qué vamos a hacer?
        -¿Qué diablos quieres que hagamos? No se puede poner en libertad a un jefe terrorista.
        -¿Entones?
        -Las prisiones están llenas, claro está... Y, en fin, será juzgado por un tribunal especial. Sí, todo se sabe, como dice Nicolaiev: primero, dónde está Hong; segundo, que efectivamente han matado a Cheng-dai por orden suya. El asesino es uno de los boys.
       -Pero ¿no teníamos confidentes en el interior?
       -Uno solo: ese boy, confidente doble. Nos ha engañado, pero no por mucho tiempo. Lo hemos cogido ya, naturalmente. Un poco más tarde nos servirá para un proceso, si ha lugar...
       -Un poco peligroso, ¿no?
       -Si Nicolaiev le suprime la droga durante unos días y le promete que no será ejecutado, hablará como nos convenga...
       -Pero dime, ¿queda todavía alguien que confíe en las promesas de ese tipo?
       -La supresión del opio bastará...
Se detiene, se encoge lentamente de hombros.
       -Es terriblemente sencillo, un hombre que va a morir...
Y unos minutos más tarde, como si prosiguiese su pensamiento:
       -Además, casi todas mis promesas han sido mantenidas...
       -Pero, ¿cómo quieres que distingan...?
       -¿Y qué quieres que haga yo?

     8  de agosto

Hong ha sido detenido ayer por la noche.

Malraux, Los conquistadores, Móstoles-Madrid, Editorial Argos Vergara, páginas 161,162 y 163.
 Seleccionado por Andrea Sánchez Clemente. Primero de Bachillerato. Curso 2016/2017

El banquete, Platón

       - En verdad, Erixímaco -dijo Aristófanes-, tengo en mente hablar de manera algo diferente a como tú y Pausanias habéis hablado. A mí, en efecto, me parece que los hombres no se dan cuenta en absoluto del poder del amor, ya que, si se hubieran dado cuenta, le habrían construido los más grandes santuarios y altares, y le harían los sacrificios más grandes, no como ahora, que no sucede nada de esto acerca de él, cuando debí suceder por encima de todo. Pues es, de los dioses, el más amigo de los hombres, ya que los ayuda y es su médico en enfermedades de las que, una vez curados, provendría la mayor felicidad para el género humano. Yo, pues, trataré de exponeros su poder, y vosotros, por vuestra parte, seréis maestros de otros. Pero debéis, en primer lugar, conocer la naturaleza humana y sus vicisitudes, ya que nuestra naturaleza de antaño no era la misma de ahora, sino distinta.


       Platón, El banquete. Madrid, Alianza. Clásicos de Grecia y Roma, octava edición, 2006. Página 80.
       Seleccionado por Andrea Alejo Sánchez. Primero de bachillerato, curso 2016-2017.

Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación.

     Después del regreso a Roma y de la reapertura de los tribunales, se vio arder el cielo en numerosos puntos, y otros prodigios fueron realmente vistos o mostraron ilusiones sin fundamento a las mentes aterradas. Para ahuyentar tales temores, se dispuso la celebracion de un triduo de fiestas, durante el cual todos los templos se veian abarrotados de un tropel de hombrfes y mujeres que imploraban la clemencia de los dioses. Despues, las cohortes latinas y hrnicas recibieron el agradecimiento del senado por su esforzado comportamiento como soldados y fueron enviadas a casa. Mil soldados de Ancio, por lo tardío de su ayuda, posterior a la batalla, fueron objeto de una despedida casi afrentosa.
     A continuación se celebraron los comicios. Fueron  elegidos cónsules Lucio Ebucio y Publio Servilio. El primero de agosto, que era cuando comenzaba entonces el año, entran en funciones. Hacia un tiempo malsano y coincidio un año de epidemia en la ciudad y en el campo, tanto entre los hombres como entre el ganado, viniendose, ademas, incrementada la virulencia de la enfermedad al dar acogida en la ciudad a hombres y animales por temor al pillaje. Aquella confusion de seres de toda especie en promiscuidad atormentaba, con su olor desacostumbrando, a los habitantes de la ciudad, y a los campesinos apretujados en angosos alojamientos los atormentaba con el calor y el insomnio; los cuidadanos mutuos y el propio contacto propagaban la enfermedad.



Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación. Barcelona, ed. Gredos, S.A., col. Biblioteca Básica Gredos, págs. 328.
     Seleccionado por Javier Arjona Piñol. Primero de bachillerato. Curso 2016-2017.

Trópico de Cáncer, Henry Miller


      A la una y media fui a ver a Van Norden, como habíamos quedado. Me había avisado de que, si no respondía querría decir que estaba durmiendo con alguien, probablemente con su gachí Georgia.
      El caso es que allí estaba, cómodamente arrebujado, pero con su aspecto de cansancio habitual . Se  despierta maldiciéndose, o maldiciendo su trabajo,o maldiciendo su vida.  Se despierta totalmente aburrido y frustrado, disgustado de pensar que no ha muerto durante la noche.
      Me siento junto la ventana y lo animo todo lo que puedo. Es una tarea tediosa. La verdad es que hay que engatusarlo para que salga de la cama. Por la mañana - para él la mañana va de la una a las cinco de la tarde -, por la mañana, como digo, se entrega a los ensueños. Sobre todo, sueña con el pasado. Con sus <>. Se esfuerza por recordar lo que sentía, lo que decían en determinados momentos críticos, donde se las tiraba, etcétera. Mientras esta ahí echado sonriendo y maldiciendo  mueve los dedos de ese modo suyo, tan curioso y aburrido, como para dar la impresión de que su hastío es demasiado intenso para expresarlo en palabras. Sobre la cama cuelga un irrigador que guarda para los casos de urgencia: para las vírgenes a las que persigue como un sabueso. Incluso después de haberse acostado con una de esas criaturas míticas, sigue llamándola virgen,  casi nunca por su nombre. 



Henry Miller, Trópico de Cáncer, colección S.A.  traducida por ediciones Alfaguara, publicada en 2000 , Mostoles, Madrid, página 97.
seleccionado por Andrea Martín Bonifacio, primero de bachillerato, curso 2016- 2017.

jueves, 19 de enero de 2017



                                                      ZEUS Y HELIOS.

ZEUS.   ¿Qué es lo que has hecho, oh el peor de los Titanes? Has destruido todo lo que hay en la tierra al confiar tu carro a un muchacho irreflexivo, que ha abrasado una parte de ella para acercársele demasiado, mientras que a la otra la ha hecho morir del frío al alejar de ella demasiado el fuego, y, en una palabra, todo lo que ha confundido y trastornado, y si yo, al ver lo que ocurría, no lo hubiera derribado con mi rayo, no habría quedado ni rastro de los hombres. ¡Bonito auriga y cochero nos has enviado!
HELIOS.   He faltado, Zeus, pero no te enfades si he cedido a las insistentes súplicas de mi hijo. ¿Cómo iba yo a suponer que ocurriría tal desgracia?
ZEUS.      ¿Acaso no sabías la atención y cuidado que la cosa requiere y que, por poco que uno se desvíe del camino, se acabó todo? ¿Ignorabas acaso la fogosidad de tus caballos, y que es preciso tirar del freno con fuerza? Porque, en cuanto uno lo afloja, al instante se desenfrenan; que es lo que han hecho con él: se lo han llevado a la derecha y después a la izquierda, en dirección contraria a la ruta, arriba y abajo, en una palabra, donde han querido; y él no sabía qué hacer con ellos.
HELIOS.   Todo eso lo sabía, y por ello me he resistido largo tiempo y me negaba a confiarle la dirección del carro. Pero como insistía tanto con las lágrimas en los ojos, y su madre Clímene con él, lo hice montar al carro advirtiéndole cómo había que mantenerse en él, hasta qué punto debía aflojar las riendas en la subida y tirar de ellas en la bajada; que debía dominar las bridas y no ceder jamás al ímpetu de los caballos. Pero él - que no es más que un niño-, cuando hubo montado en aquel carro de fuego y vio el abismo que se abría a sus pies, como es lógico, se sobrecogió. Y los caballos, conociendo que no era yo quien había montado en él, despreciaron al muchacho y se desviaron de la ruta cometiendo todas esas atrocidades. En cuanto a él, abandonó las riendas, por temor a caerse, creo, y agarróse al borde delantero del carro. Pero ahora ha pagado ya su falta; y yo tengo ya bastante con mi pena, oh, Zeus.
ZEUS.     ¿Bastante dices, después de tu atrevimiento? Sin embargo, por esta vez te perdono; pero si en un futuro cometes una falta parecida o nos mandas un sustituto como éste, al instante sabrás cuánto más abrasador que el fuego es el rayo. Y ahora, que sus hermanas lo entierren a orillas del Erídamo, donde fue a parar al caerse del carro; que viertan ámbar en su llanto por él y que se conviertan ellas mismas en álamos en memoria de este suceso.


Luciano de Samósata, Diálogos, Barcelona, Editorial Planeta, S.A 1988, Primera edición en clásicos universales Planeta, Página 42.
Seleccionado por: Marta Talaván González, Primero de bachillerato, Curso 2016-2017.

Montesquieu, Del Espíritu de las Leyes


Sexta parte
Libro XXVIII
Del origen y cambios de las leyes civiles francesas
Capítulo III : Diferencia capital entre las leyes sálicas y las leyes de los visigodos y borgoñes.

   He dicho anteriormente que la ley de los borgoñones y la de los visigodos eran imparciales: no así la ley sálica, que estableció entre los francos y los romanos las distinciones más humillantes. El que había matado a un franco, a un bárbaro o a un hombre sujeto a la ley sálica, debía pagar a los parientes una composición de doscientos sueldos: pero sólo pagaban cien, si había matado a un romano propietario y cuarenta y cinco si había matado a un romano tributario: la composición por el por el asesinato de un franco vasallo del rey era de seiscientos sueldos, mientras que la del asesinato de un romano comensal del rey no era más que de trescientos.
   Había pues una diferencia cruel ente el señor franco y el señor romano, así como entre el franco y el romano de condición media.
    No es todo: si se reunía gente para asaltar a un franco en su casa y lo mataban, la ley sálica señalaba una composición de seiscientos sueldos, pero si el asaltado era un romano o un liberto no se pagaba más que la mitad de la composición. Según la misma ley, si un romano encadenaba a un franco, debía treinta sueldos de composición, pero si un franco encadenaba a un romano, sólo debía quince. Un franco despojado por un romano tenía sesenta y dos sueldos y medio de composición, mientras que un romano despojado por un franco no recibía más que treinta. Todo lo cual debía ser abrumador para los romanos.   


Montesquieu, Del Espíritu de las Leyes, colección clásicos del pensamiento, 5º edición publicada en 2002, editorial Tecnos, pag 349, sexta parte, libro XXVIII.
Seleccionado por Lara Esteban González, primero de bachillerato, curso 2016-2017.