jueves, 20 de octubre de 2016

Discursos II, "En favor del invalido", Lisias

Mi padre nada me dejo y a mi madre hace dos años que he dejado de alimentarla porque murió; y no tengo hijos todavía que se cuiden de mí. Poseo un oficio que poco puede ayudarme: lo ejerzo ya con dificultades yo solo no puedo conseguir a alguien que vaya a continuarlo. No tengo mas ingresos que este: si me lo quitáis correría el peligro de caer en el peor infortunio. Por tanto, consejeros, cuando podéis salvarme con justicia, no me arruinéis injustamente, ni lo que me disteis cuando era mas joven y virgoso vayáis a quitármelo cuando soy mas viejo y débil; ni quienes antes teníais fama de ser muy compasivos incluso con los que no tenia mal alguno, vayáis ahora por culpa de esta a tratar severamente a quienes son dignos de lastima incluso para sus enemigos; ni por atreveros a perjudicarme a mi, vayáis a sumir en el desanimo también a quienes se encuentran en situación parecida a la mía. Y es que seria extraño, consejeros, el que, cuando me desgracia era simple, entonces se me viera recibir este dinero; y que, en cambio, me vea privado precisamente ahora que tengo encima a la vejez, las enfermedades y cuantas calamidades les acompañan. Creo que el acusador podría mostraros mejor que nadie la magnitud de mi pobreza: si yo fuera nombrado corego para el concurso trágico y lo requiriese para un intercambio de bienes, el preferiría diez veces ser corego antes que realizar el intercambio una sola. Conque ¿cómo no va a ser terrible el que ahora me acuse de que pueda tratar en pie de igualdad con los mas ricos debido a mi desahogo económico, pero si sucediera algo de lo que digo me juzgaría tal como soy?¿Hay algo más perverso?


 Lisias, En favor del Invalido. Madrid, ed. Biblioteca Básica Gredos, col. Discursos II, pág. 156.
     Seleccionado por Javier Arjona Piñol. Primero de bachillerato. Curso 2016-2017.

Ricardo III, William Shakespeare

                                                                ACTO TERCERO
                                                                  Escena primera


     BUCKINGHAM.- Bien venido seáis a vuestra casa; A Londres, tierno príncipe.

     GLÓSTER.- Sobrino, Bien llegado. Ya rey te consideero. ¿Te entristeció lo largo del viaje?

     PRÍNCIPE.- No, tío. Más cansado, largo y triste hicieron nuestras cuitas el camino. Más tíos saludarme deberían.

     GLÓSTER.- De tu edad la pureza inmaculada no buceó del mundo de los engaños. Al hombre juzgas sólo por su aspecto, que el corazón refleja raras veces. Falaces eran tus ausentes tíos; A sus frases de almíbar atendías sin ver sus corazones ponzoñosos: De ellos y amigos falsos Dios es libre.

     PRÍNCIPE.- De amigos falsos sí, mas no de ellos.
 
     GLÓSTER.- Aquí el alcalde a saludarte llega.

     ALCALDE.- Dé a vuestra alteza Dios y dicha.

     PRÍNCIPE.- Gracias os doy, señor. Gracias a todos. Creía que mi madre y York, mi heermano, antes venido hubieran a abrazarme. ¡Y, el perezoso Hastines que no llega a decirme si vienen o no vienen!

     BUCKINGHAM.- Aquí se acerca y de sudor cubierto.

     PRÍNCIPE.- Bien venido seáis. ¿Vendrá mi madre?

     HASTINES.- Dios sabrá, que yo no, por qué la reina, vuestra madre, se acoge a santuario con vuestro herano York. El inocente venido hubiera a ver a vuestra alteza, mas su madre a la fuerza lo retuvo.

     BUCKINGHAM.- ¡Cuán torpe y cuán pueril camino toma! A la reina que mande a York, su hijo, para encontrar al pr,incipe su hermnao, decidle , cardenal. Si se negare..., Hastines, id con él, y a viva fuerza de sus celosos brazos arrancadlo.      
 



William Shakespeare, Ricardo III, Madrid, EDAF, col. EDAF, número 215, 1ª ed., , pág.195. Selecccionado por Rodrigo Perdigón Sánchez. Primero de bachillerato. Curso 2016-2017

La visita del inspector, Joh .Boynton Priestley

    ¿Nos toca ya el oporto, verdad, Edna? Muy bien. Estoy seguro de que te gustará, Gerald. Finchley me dijo que era exactamente el mismo que le vende a tu padre. Entonces será excelente. Mi progenitor se precia de ser un buen juez en materia de oporto. Yo no pretendo saber mucho. Más te vale, Gerald. No me gustaría nada que supieras todo lo que hay que saber de oporto, como uno de esos viejos de cara congestionada. Oye, oye que yo no soy un viejo de cara congestionada. No, todavía no. Pero tampoco eres un entendido en oporto. Vamos, Sybil, esta noche tienes que acompañarnos. Sabes muy bien que es una ocasión especial. Sí, mamá, claro que sí. Has de beber a nuestra salud. En ese caso, de acuerdo. Pero sólo un poco; gracias. Edna, la llamaré desde el salón cuando queremos el café. Probablemente dentro de media hora.





Seleccionado por Ana María Frías Miguel. Primero de bachillerato. Curso 2016-2017.

Fausto, Johann W.Goethe.

                               HOMÚNCULO
   Haz que entre el guerrero en liza,
que las mozas se agolpen en tropel,
dispón pronto el terreno.
Me viene a mente que en este mismo instante 
es la noche clásica de Walburga.
Lo mejor que podía sucedernos.
¡Llévalo a su elemento! 

                                MEFISTÓFELES
Nunca había oido hablar de cosa parecida.

                                    HOMÚNCULO
    ¿Y cómo iba a llegar a vuestros oídos?
Conocéis unicamente espectros románticos;
un espectro genuino ha de ser también clásico.

                                                MEFISTÓFELES
   ¿En qué dirección hemos de emprender el viaje?
Me repugnan los colegas de la antigüedad.

HOMÚNCULO
   El noroeste, Satán, es tu coto privado,
pero esta vez emprenderemos rumbo hacia el sudeste.
Por una gran planicie se desliza libremente el Peneo,
entre matorrales y bosquecillos, serpenteando en la serena 
humedad,
la llanura se extiende hasta las escarpadas faldas de los montes,
y en las alturas descansa la antigua y nueva Farsalia.

                                MEFISTÓFELES

   ¡Ay! ¡Calla! Deja aquellas contiendas
entre la tiranía y la esclavitud.
Me aburre, pues apenas han concluido,
comienzan otra vez por el principio;
y nadie advierte que sólo es una burla
de Asmodeo, el gran instigador.


Wolfgang von Goethe, Fausto, Madrid, colección Millenium, Pág 287.
Seleccionado por: Marta Talaván González. Primero de bachillerato. Curso 2016-2017. 

La edad de la inocencia, Edith Wharton

19

Era un día fresco, con un viento primaveral vivaz y polvoriento. Todas las ancianas de ambas familias habían sacado sus viejas martas y amarillentos armiños, y el olor a alcanfor de los primeros bancos casi ahogaba el ligero aroma primaveral de los lirios que cubrían el altar.
     Newland Archer había salido de la sacristía a una señal de sacristán, situándose con su padrino en los escalones del entrecoro de la iglesia de la Gracia.
     La señal significaba que el brougham que traía la novia y su padre estaba a la vista: peros sin duda habría un considerable intervalo de ajuste y consultas en el vestíbulo, donde las damas de honor revoloteaban ya como un manojo de flores de Pascua. Se suponía que , durante este inevitable periodo de tiempo, el novio, en prueba de su ansiedad, debía exhibirse en solitario ante los asistentes reunidos; y Archer había cumplido esta formalidad con la misma resignación que todas las otras, que, en conjunto convertían una boda neoyorquina en el siglo XIX en un rito que comprometido a recorrer, todo era igualmente fácil--o igualmente doloroso, según las preferencias de cada cual_y, Archer había obedecido las nerviosas instrucciones de su padrino con la misma mansedumbre con que otros novios habían obedecido las suyas cuando les correspondió guiarles por el laberinto.
       Hasta el momento estaba razonablemente convencido de haber cumplido con todas sus obligaciones. Los ramilletes de lilas blancas y lirios silvestres de las ochos damas de honor se habían enviado puntualmente, así como los gemelos de oro y zafiro de los ocho mozos de honor y el alfiler de corbata de ojo de gato del padrino; Archer había pasado media noche en vela tratando de dar cierta variedad a sus palabras de agradecimiento por el último contingente de regalos de amigos y ex-amadas; los emolumentos del obispo y el rector reposaban seguros en el bolsillo de su padrino; su equipaje estaba ya en casa de Mrs Manson Mingott, donde había de celebrarse el desayuno nupcial, y también estaban allí las ropas de viaje para después; y se había reservado un comportamiento en el tren que había de transportar a la joven pareja a su secreto destino... pues la ocultación del lugar donde transcurriría la noche de bodas era uno de los más sagrados tabús del prehistórico ritual.
      --¿Seguro que llevas el anillo? --susurró el joven van der Luyden Newland, que era inexperto en las labores de padrino y estaba abrumado por el peso de su responsabilidad.
       Archer hizo el gesto que había visto hacer a incontables novios; con la mano derecaha, desnuda, palpó el bolsillo de su chaleco gris oscuro, asegurándose de que el pequeño anillo de oro (en cuyo interior se había  grabado Newland a May, ... abril, 187...) estaba en su sitio; después, recomponiendo su anterior postura, el sombrero de copa y los guantes gris perla con puntadas negras firmemente sujetos en la mano izquierda, miró a la puerta de la iglesia.
       Por encima de sus cabezas, la Marcha de Händel se hinchó pomposa por las bóvedas de piedra falsa, portando en sus ondas el desvaído paso de las muchas bodas en las que Archer  se había plantado, con alegre indiferencia, en la misma escalera de antecoro, observando a otras novias flotar nave arriba hacia otros novios.
     

       Edith Wharton, La edad de la inocencia, Barcelona, 1920, Appleton & Company, Narrativa Actual, pág 115-116

       Seleccionado por Rebeca Serradilla Martín. Primero de Bachillerato. Curso 2016/2017.

jueves, 29 de septiembre de 2016

El Infinito "Canto XII", Giacomo Leopardi

          Amé siempre esta colina,
     y el cerco que me impide ver
     más allá del horizonte.
     Mirando a lo lejos los espacios ilimitados,
     los sobrehumanos silencios y su profunda quietud,
     me encuentro con mis pensamientos,
     y mi corazón no se asusta.

          Escucho los silbidos del viento sobre los campos,
     y en medio del infinito silencio tanteo mi voz:
     me subyuga lo muerto, las estaciones muertas,
     la realidad presente y todos sus sonidos.
     Así, a través de esta inmensidad se ahoga mi pensamiento:
     y naufrago dulcemente en este mar.

       Giacomo Leopardi, El Infinitohttp://amediavoz.com/leopardi.htm#El primer amor
       Seleccionado por Andrea Sánchez Clemente. Primero de Bachillerato. Curso 2016/2017.

Cartas de mi molino, Alphonse Daudet

       Esta noche no he podido dormir. El mistral estaba furioso,, y el fragor de su clamor me ha tenido desvelado hasta el amanecer. Balanceando pesadamente sus mutiladas aspas, que silbaban al cierzo como los aparejos de un navío, todo molino crujía. Las tejas se desprendían de su deteriorada techumbre. A lo lejos, apretadas filas de pinos que cubren la colina se agitaban y zumbaban entre las sombras. Parecía que nos encontrábamos en alta mar...
       Ello me ha traído a la memoria mis grandes insomnios de hace tres años, cuando vivía en el faro de los Sanguinarios, allá sobre la costa de Córcega, a la entrada del golfo de Ajaccio.
       Otro bonito rincón que había encontrado allí, para soñar y estar solo.
       Imaginaos una isla rojiza y de aspecto poco acogedor; el faro en una punta y, en la otra, una vieja torre genovesa en la que, en mis tiempos, anidaba un águila. Abajo, al borde del agua, un lazareto en ruinas, totalmente invadido por las hierbas; luego barrancos, monte bajo, grandes rocas algunas cabras montesas, caballitos corsos brincando con las crines al viento; por último, allá arriba, en lo más alto, entre un torbellino de aves marinas, la casa del faro, con su plataforma de mampostería blanca por donde se pasean los guardas de un lado a otro, la verde puerta ojival, la torrecilla de hierro fundido, y por encima el gran farol con facetas, que resplandece al sol y proporciona luz durante el día... Así es como he recordado esta noche la isla de los Sanguinarios, mientras oía el rugido de los pinos. Allí, en aquella isla encantada, es donde yo me recluía antes de poseer un molino, cuando necesitado de soledad y el aire libre.
       ¿Y qué es lo que hacía?
       Pues lo mismo que hago aquí, o incluso menos. Cuando el mistral o la tramontana no soplaban demasiado fuerte, me instalaba entre dos rocas a ras del agua, en medio de las gaviotas, mirlos y golondrinas, allí permanecía durante casi todo el día en esta especie de estupor y deliciosa postración que produce contemplación del mar. ¿Verdad que conocéis esa hermosa embriaguez del espíritu? No se piensa, ni tampoco se sueña. Todo vuestro ser se os escapa, vuela se diluye. Somos la gaviota que se sumerge, la espuma pulverizada que flota al sol entre dos olas, la blanca humareda de aquel paquebote que se aleja, ese pequeño coralero, de roja vela, aquella perla de agua, ese copo de bruma, todo, excepto uno mismo... ¡Oh! ¡Cuántas buenas horas de duermevela y esparcimiento de pasado en mi isla!...
 


       Alphonse Daudet, Cartas a mi molino, Madrid, E.M.E.S.A, Ed 12., 1995, pág 65
       Seleccionado por Delia Marinela Bulau, Primero de Bachillerato, curso 2015-2016

lunes, 13 de junio de 2016

Nana, Emile Zola

       Nana hizo una mueca de asco. No comprendía aquello. Y eso que decía, con su voz razonable, que sobre gustos no hay nada escritos, porque, ¿quién sabe lo que puede gustarle en un día? Por eso se comía su plato de crema con aire filosófico, dándose perfecta cuenta de que Satin tenía revolucionadas las mesas vecinas con sus grandes ojos azules de virgen. Sobre todo, había cerca de ella una rubia gorda muy amable; estaba como sobre ascuas y se arrimaba tanto que Nana estuvo apunto de intervenir, Pero en aquel momento la dejó sorprendida una mujer que acababa de entrar. Había reconocido a la señora Robert. Esta, con su linda cara de ratoncito gris, saludó familiarmente con un movimiento de cabeza a la criada alta y flaca; luego fue a apoyarse al mostrador de Laure.

     Émile Zola, Nana. Barcelona, ed. Planeta, col. Clásicos Universales Planeta, 106, pág. 245.
     Seleccionado por Coral García Domínguez. Primero de bachillerato. Curso 2015-2016.

lunes, 6 de junio de 2016

Una mujer sin importancia, Oscar Wilde

       Señora Arbuthnot. No lo sé. No lo siento, ni voy a presentarme ante el altar de Dios para pedir la bendición de El para una farsa tan repulsiva como un matrimonio entre George Hardford  y -yo. No pronunciaré las palabras de la Iglesia nos manda decir. No las diré. No me atrevo. ¿Cómo podría jurar que amaré al hombre que aborrezco, que honraré al que te trajo la deshonra, que obedeceré al que, valiéndose de su ascendiente, me hizo pecar? No; el matrimonio es un sacramento para los que se aman. No es para personas como yo o como él. Gerald, para salvarte del desprecio del mundo y de sus sarcasmos, le he mentido al mundo. No podría decirle la verdad al mundo. ¿Quién  puede hacerlo? Pero por interés mío no voy a mentir en presencia de Dios. No, Gerald ninguna ceremonia, santificada por la Iglesia o instituida por el Estado, me unirá jamás a George Hardford. Es posible que yo esté ya unida al que me robó, pero me dejó más rica que antes, de modo que en el cieno de mi vida encontraré la perla valiosa, o lo que a mí me pareció que lo era.
        Gerald. Ahora no te entiendo.
      Senora Arbuthnot. Los hombres no entienden lo que son las madres. Yo no soy distinta de las demás mujeres, excepto en el mal que se me causó y el mal que hice, y en mis muy pesados castigados y en mi vergüenza.
       
     Oscar Wilde, Una mujer sin importancia, Barcelona, Andrés Bello, ed. 5, pág. 194-195.
     Seleccionado por: Coral García Domínguez, Primero de Bachillerato, curso 2015-2016

lunes, 30 de mayo de 2016

Los tres mosqueteros, Alejandro Dumas

      Aramis vivía en un pequeño apartamento, compuesto de un gabinete, un comedor y una alcoba; ésta, situada, al igual que el resto, en la planta baja, daba a un jardincito, fresco, verde, frondoso y que ocultaba la ventana de los ojos del vecindario.
       En cuanto a D'Artagnan, ya conocemos su alojamiento y a Planchet, su lacayo.
       D'Artagnan, que era muy curioso por naturaleza, como acostumbran a serlo las gentes poseedoras del genio de la intriga, no se ahorró esfuerzos para averiguar quiénes eran de verdad Athos, Porthos y Aramis. Porque  no cabía duda de que. bajo esos nombres de batalla, cada uno de ellos ocultaba los propios de su linaje, especialmente Athos, que olía a gran señor a una legua de distancia. D'Artagnan se dirigió a Porthos para obtener información acerca de Athos y Aramis, y lo mismo hizo con Aramis para conocer a Porthos.
       Desgraciadamente, Porthos no sabía de su silencioso camarada sino lo que éste dejaba traslucir. Se comentaba que había sufrido grandes desengaños amorosos y que una afrentosa traición había envenenado para siempre la vida del caballero. ¿En qué había consistido esa traición? Todo el mundo lo ignoraba.
     En lo referente a Porthos, a excepción de su nombre verdadero, sólo conocido por el señor De Tréville -quien también conocía el de sus compañeros-, su vida no tenía ningún secreto. Vanidoso e indiscreto, podía verse en él como a través de un cristal.

        Alejandro Dumas, Los tres mosqueteros, León , Everest, ed. 2, 2006, pág. 55
        Selecionado por Coral García Domínguez, Primero de Bachillerato, curso 2015-2016

La cantante calva, Eugène Ionesco

                                         
SR. MARTIN:
– Edward es empleado de oficina, su hermana Nancy, mecanógrafa, y su hermano William, ayudante de tienda.

SRA. SMITH:
– ¡Qué familia divertida!

SRA. MARTIN:
– Prefiero un pájaro en el campo a un calcetín en una carretilla.

SR. SMITH:
– Es preferible un filete en una cabaña que leche en un palacio.

SR. MARTIN:
– La casa de un inglés es su verdadero palacio.

SRA. SMITH:
– No sé hablar en español lo bastante bien para hacerme comprender.

SRA. MARTIN:
– Te daré las zapatillas de mi suegra si me das el ataúd de tu marido.

SR. SMITH:
– Busco un sacerdote monofisita para casarlo con nuestra criada.

SR. MARTIN:
– El pan es un árbol, en tanto que el pan es también un árbol, y de la
encina nace la encina, todas las mañanas, al alba.

SRA. SMITH:
– Mi tío vive en el campo, pero eso no le atañe a la comadrona.

SR. MARTIN:
– El papel es para escribir, el gato para la rata, y el queso para echarle la
zarpa.

SRA. SMITH
:– El automóvil corre mucho, pero la cocinera prepara mejor los platos.

SR. SMITH:
– No sean pavos y abracen al conspirador.

SR. MARTIN:
– Charity begins at home.

SRA. SMITH:
– Espero que el acueducto venga a verme en mi molino.

SR. MARTIN:
– Se puede demostrar que el progreso social está mucho mejor con azúcar.


    Ionesco Eugenè, La cantante calva, Paris, Gallimard, Losada, 1965, pág. 25, ed. 5
    Seleccionado por Delia Marinela Bulau, Primero de Bachillerato, curso 2015-2016.

La línea de sombra, Joseph Conrad

         Sólo los jovénes conocen momentos semejantes. No quiero decir los muy jovénes, no; pues éstos, a decir verdad, no tienen momentos.Vivir más allá de sus días,en esa magnífica continuidad de esperanza que ignora toda pausa y toda introspección, es privilegio de la primera juventud.
         Cierra uno tras sí la puertecita de la infancia, y penetra en un jardín encantado.Hasta sus mismas sombras tienen un resplandor de promesa.Cada recodo del sendero posee su seducción.Y no a causa del atractivo que ofrece un país desconocido, pues de sobra sabe uno que por allí ha pasado la corriente de la humanidad entera.Es el encantado de una experiencia universal, de la esperamos una sensación extraordinaria y personal, la revelación de un algo de nuestro yo.
         Llenos de ardor y de alegría, caminamos, reconociendo las lindes de nuestro predecesores, aceptando tal como se presentan la buena suerte y la mala-las duras-las duras y las maduras, como suele decirse-, el pintoresco destino común que tantas posibilidades guarda para el que las merece, cuando no simplemente para el afortunado. Sí, caminamos, y el tiempo también camina, hasta que, de pronto, vemos ante nosotros una línea de sombra advirtiéndonos que también habrá que dejar tras de nosotros la región de nuestra primera juventud.
          Este periodo de la vida en que suelen sobrevenir aquellos momentos de que hablaba. ¿Cuáles? ¡Cuáles van a ser!: esos momentos de hastío, de cansancio, de descontento; momentos de irreflexión. Es decir, esos momentos en que los aún mozos propenden a cometer actos irreflexivos, tales como el matrimonio improvisado o el abandono de un empleo, sin razón alguna para ello.


     Joseph Conrad, La línea de sombra, Madrid, Brugueras, Cátedra, 1998, pág 197.
     Seleccionado por Jennifer Garrido Gutiérrez, Primero de bachillerato, curso 2015-2016

La perla, John Steinkeck


     Como vemos, la educación del hijo también liberará simbólicamente a su pueblo, idea sobre la que se insiste  en mas de una ocasión: "Estaba atrapado, como siempre lo estaban los suyos. Y seguirá siendo así...hasta que estuvieran seguros de que las cosas de los libros estaban de veras en los libros". Sin embargo, Kino no lograr cumplir su deseo y su hijo no supera el estado de ignorancia que su nombre simbólicamente revela: al final, los rastreadores creen disparar a un " cachorro de coyote".
     La formación que Kino no desea para su hijo se resuelve, paradójicamente , en él mismo. A lo largo de la novela , el pobre pescador, indio pasa por un proceso de aprendizaje que comporta, simbólicamente, la pérdida de la inocencia o del paraíso, tema que, como ya sabemos, es recurrente de Steinbeck. Este tema clave del libro se advierte en las imágenes con que se abre y cierra la novela: mientras que al principio se nos hace una descripción casi edénica de la familia y de su entorno, al final, expulsados simbólicamente, de ese paraíso, Kino y Juana son "dos torres oscuras...que habían conocido el dolor.


          John Steinbeck, La perla ,Barcelona, Vicens Vives, página 31.
          Seleccionado por Marta Pino Blanco. Segundo de bachillerato, curso 2015-2016.

lunes, 23 de mayo de 2016

El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad

CAPÍTULO II

     >>Una tarde, estando yo tumbado en la cubierta de mi vapor, oí unas voces que se aproximaban, y allí estaban el sobrino y el tío deambulando por la orilla. Recliné de nuevo la cabeza sobre el brazo, y ya me había quedado medio dormido cuando alguien dijo, casi en mi oído: "Soy tan inofensivo como un niño pequeño, pero no me gusta estar a las órdenes de nadie. Soy el director, ¿no es así? Se me ha ordenado enviarle allí. Es increíble"... Me di cuenta de que los dos estaban de pie en la orilla al lado de la proa de vapor, justamente debajo de mi cabeza. No me moví; no se me ocurrió moverme: estaba medio dormido. "Es muy desagradable", gruñó el tío. "Ha perdido a la Administración que le envíen aquí -dijo el otro- con la intención de demostrar de lo que era capaz: y a mí se me han dado instrucciones en ese sentido. Date cuenta de la influencia que debe tener ese hombre, ¿no es terrible?" Los dos convinieron en que era terrible, después hicieron varias observaciones extrañas: "Hacer lluvia y buen tiempo..., un hombre..., el Consejo..., a su antojo..." fragmentos de frases absurdas que vencieron mi somnolencia, de manera que ya había recuperado casi por completo la lucidez cuando el tío dijo: "El clima puede resolverte esa dificultad. ¿Está él solo allí? "Sí -respondió el director-; envió a su ayudante río abajo con una nota para mí en estos términos: 'Eche a este pobre diablo del país y no se moleste en enviarme más de esta clase. Prefiero estar solo a tener junto a mí al tipo de hombres de que usted puede disponer' Esto fue hace más de un año. ¿Puedes imaginarte semejante insolencia?" "¿Algo más desde entonces?", preguntó el otro, con voz ronca. "Marfil -respondió bruscamente el tío- a montones, y de primera clase, a montones. Sumamente fastidioso de su parte." "¿Y con ello?", preguntó la voz grave y sorda. "Factura", fue la respuesta disparada, por así decirlo. Después un silencio. Habían estado hablando de Kurtz.
     >>Yo ya estaba bien despierto para entonces, pero como me hallaba comodísimamente tumbado, permanecí así, puesto que nada me inducía a cambiar de postura. "¿Cómo llegó ese marfil hasta aquí?", refunfuñó el de más edad, que parecía muy enojado. El otro explicó que había venido con una flota de canoas a cargo de un oficinista inglés mestizo que Kurtz tenía con él; que Kurtz al parecer había tenido la intención de venir él mismo, ya que la estación estaba por aquella época escasa de mercancías y reservas, pero que, después de recorrer trescientas millas había decidido repentinamente volver atrás, lo que empezó a hacer él solo en una pequeña piragua con cuatro remeros, dejando que el mestizo continuara río abajo con el marfil. Los dos individuos parecían maravillados de que alguien intentara tal cosa. No lograban dar con un motivo que la justificara. En cuanto a mí, me pareció ver a Kurtz por primera vez. Lo vislumbré un instante: la piragua, cuatro salvajes remando y el blanco solitario volviendo de repente la espalda a la oficina central, al descanso, a la idea del hogar tal vez; dirigiendo su mirada hacia las profundidades de la selva, hacia su vacía y desolada estación. Yo no conocía el motivo. Tal vez era simplemente un tipo estupendo que se aferraba a su trabajo por amor a él. Su nombre, os dais cuenta, no había sido pronunciado ni una sola vez. Era "ese hombre". Al mestizo, que por lo que pude ver había dirigido un difícil viaje con gran prudencia y valor, se hacía invariablemente alusión como a "ese canalla". El "canalla" había informado de que el "hombre" había estado muy enfermo y no se había recuperado del todo..., los dos que estaban debajo de mí se alejaron unos pasos y pasearon de acá para allá a corta distancia.

       Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, Madrid, Catedra, Letras Universales, 2005, pág. 176-178.
        Seleccionado por Paula Ginarte Pérez, Primero de Bachillerato, curso 2015-16.

Relato de Arthur Gordon Pym, Edgar Allan Poe

       

                                                           CAPÍTULO XIX

     

      Tardamos cerca de tres horas en llegar a la aldea, que estaba a más de tres millas en el interior, y el camino atravesaba una región escarpada. Mientras caminábamos, el grupo Too-wit (los ciento diez salvajes, en total, de las canoas) fue siendo reforzado de instante en instante pequeños destacamentos de dos, de seis o de siete individuos, que se nos unían, como por casualidad, en las diferentes revueltas del camino. Había en aquella conducta como un propósito sistemático que no pude dejar de mirar con recelo, y entonces hablé de mis inquietudes al capitán Guy. Pero era ahora demasiado tarde para retroceder, y convinimos, finalmente, en que nuestra mejor seguridad estaba en demostrar una confianza perfecta en la buena fe de Too-wit. En consecuencia, seguimos adelante, conservando los ojos muy abiertos ante los manejos de los salvajes y no permitiéndoles dividir nuestras filas por los empujones repentinos. Habiendo cruzado así un desfiladero escabrosos, llegamos al cabo de un grupo de viviendas que, según nos dijeron, eran las únicas existentes en la isla. Cuando estábamos a la vista de ellas, el jefe lanzó un grito, repitiendo con frecuencia la palabra Klock-klock, que supusimos sería el nombre de aquella aldea, o quizá el genérico empleado allí para todas las aldeas.
       Las casas eran del aspecto más miserable que puede imaginarse y diferenciándose en eso de las razas salvajes más inferiores que conozca nuestra humanidad, y no estaban construidas siguiendo un plan uniforme. Algunas de ellas (éstas pertenecían a los Wampoos o Yampoos, los grandes personajes de la isla) consistían en un árbol cortado a unos cuatro pies de la raíz, con una gran piel negra colocada por encima, que caía en blandos pliegues sobre la tierra. Allí debajo moraba el salvaje. Otras estaban hechas con ramas de árboles sin desbastar, conservando aún su follaje seco, colocadas de modo que se apoyasen inclinadas, en un ángulo de cuarenta y cinco grados, sobre un banco de barro amontonado sin la menor preocupación de forma regular, a una altura de cinco o seis pies. Otras eran simples agujeros abiertos perpendicularmente en la tierra y recubiertos de ramaje semejante, que el habitante de la vivienda tenía que apartar para entrar, y que debía después volver a colocar.
      Algunas estaban hechas con las ramas ahorquilladas de los árboles, tal como crecían, estando las ramas superiores cortadas a medias y cayendo sobre las inferiores, de manera a formar un cobijo más espeso contra el mal tiempo. La mayor parte, sin embargo, consistía en pequeñas y poco profundas cavernas cavadas, al parecer, en la superficie de una áspera pared de piedra negra, semejante a la tierra de batán, con que estaban circundados tres de los lados de la aldea. A la entrada de cada una de aquellas cavernas primitivas había una pequeña roca, que el morador colocaba cuidadosamente ante la abertura cada vez que abandonaba su vivienda -no pude saber con qué propósito-, pues la piedra no era nunca del suficiente tamaño para cerrar más que una tercera parte de la abertura.



    Edgar Allan Poe, Relato de Arthur Gordon Pym, Barcelona, Planeta, 1987, pág. 171
    Seleccionado por Delia Marinela Bulau, Primero de Bachillerato, Curso 2015-2016