Un lugar común de los estudiantes de Literatura Universal donde publicamos una antología de textos seleccionados por nosotros mismos con el fin de aprender a conocernos mejor a través de los más variados personajes que pueblan el universo literario.
lunes, 17 de febrero de 2014
Aventuras de Robinson Crusoe, Daniel Defoe
Capítulo VII
Observaciones acerca del movimiento de las estaciones.-Me convierte en cestero.-Segunda excursión.-Cojo un papagayo.-Nuevos descubrimientos.-Mi vuelta,inquietudes y dificultades.-Me hago alfarero.-Construcción de una piragua.-Mal cálculo, trabajo perdido.
Comencé a observar el movimiento regular de cada estación lluviosa o seca, y aprendí a preverlas y a tomar las precauciones necesarias; pero ese estudio me costó caro, y lo que voy a referir es una de las experiencias que me desanimó más. He dicho ya que había conservado un poco de cebada y arroz que había crecido casi de un modo milagroso; poco más o menos, tendría unas treinta espigas de arroz y unas veinte de cebada. Creí que pasada la estación de las lluvias sería el momento propicio para sembrar, entrando el Sol en el solsticio de verano y alejándose de mí.
Cavé, pues, el mejor modo que pude y supe con mi azadón de madera un trozo de tierra, en la cual hice dos divisiones, y empecé a sembrar el grano. Afortunadamente, en medio de la operación se me ocurrió que sería conveniente no sembrarlo todo la primera vez, pues ignoraba cuál fuera estación más propia para la siembra; no aventuré, pues más que las dos terceras partes de mi grano, reservando poco más de un puñada de cada especie.
Fue una sabia precaución. De todo lo que había sembrado no germinó ni un solo grano, porque los meses siguientes formaban parte de la estación seca, y se hallaba la tierra privada de agua y faltó la humedad necesaria para germinar la semilla. Nada, pues, germinó entonces; pero cuando vino la estación lluviosa, vi crecer esos granos como si acabara de sembrarlos.
Viendo que mi primera siembra había tenido tan mal éxito, y comprendiendo que la sequía era la única causa, busqué un terreno húmedo para hacer el segundo ensayo. Cavé una pieza de tierra cerca de mi tienda, y sembré el resto de grano en el mes de febrero, un poco antes del equinoccio de primavera. Esta siembra, humedecida con las aguas de marzo y abril, salió perfectamente y dio muy buena cosecha, cerca de un celemín, mitad de arroz y mitad de cebada. Por lo demás, aquella prueba me había hecho un experto en la materia : yo sabía ya cuando era necesario sembrar, y había descubierto que podía hacer en el año dos siembras y dos recolecciones.
Mientras que mi trigo crecía, hice un descubrimiento, que después me fue de mucha utilidad. Tan pronto como pasaron las lluvias y el tiempo comenzó a ser bueno, que fue hacia el mes de noviembre, hice una visita a mi casa de verano. Después de una ausencia de varios meses, lo encontré en el mismo estado que lo había dejado. No sólo se conserva en buen estado la doble empalizada que había formado, sino que las estacas que había cortado de algunos árboles cercanos habían echado largas ramas, como habría podido suceder con los sauces que se hubiesen podado de nuevo. Ignoro el nombre de los árboles de donde había cortado las estacas. Sorprendido y encantado de ver la rapidez con la que habían crecido aquellos jóvenes árboles, los podé lo mejor que me fue posible. Es difícil dar idea de su belleza al cabo de tres años : aunque el nuevo cercado tenía cerca de veinticinco varas de diámetro, aquellos árboles, pues ya podía darles este nombre, formaron pronto una sombra bastante espesa para guarecerme en ellas durante las épocas de los calores.
Daniel Defoe, Aventuras de Robinsón Crusoe, capítulo VII, colección austral, Madrid, 1981, páginas 98-99.
Seleccionado por Laura Tovar García, segundo de bachillerato, curso 2013-2014
lunes, 10 de febrero de 2014
Los viajes de Gulliver, cuarta parte, capítulo VI, Swift_Jonathan
Capítulo VI
Situación de Inglaterra bajo la reina Ana (continuación). Carácter de un primer ministro en las cortes europeas.
A mi amo no le cabía en la cabeza qué motivos impulsaban a aquella raza de abogados para preocuparse, inquietarse y cansarse por formar una agrupación de injusticia, sólo con el propósito de dañar a sus congéneres animales. Tampoco captaba lo que significaba "hacerlo por dinero". En consecuencia me costó mucho trabajo explicarle el uso del dinero, las materias de que se componía y el valor de los materiales. Le dije que cuando un yahoo había acumulado una gran cantidad de aquella preciosa sustancia, podía comprar lo que se le antojara, los vestidos más refinados, las casas más soberbias, grandes extensiones de terreno, los alimentos, bebidas más caras, y escoger las mujeres más hermosas. Y ya que sólo con dinero se podía conseguir todo esto, nuestros yahoos pensaban que nunca tendrían suficiente para gastar o ahorrar, según se dejaba llevar por su natural propensión a la prodigalidad o avaricia. El rico sacaba provecho del trabajo del pobre y la proporción era de mil pobres por un rico. Que la mayoría de nuestro pueblo se veía obligado a vivir miserablemente, trabajando todos los días por una paga menguada para permitir que otros pormenores, todos tendentes al mismo fin. Pero su Honor seguía si verlo claro ya que suponía que tales animales, y especialmente los encargados de otros, tenían derecho a participar en los productos de tierra. En consecuencia manifestó que le hiciera saber en qué consistían estos alimentos caros y cómo era que los necesitábamos. Comencé a enumerar todos los que me pasaron por la cabeza, con las diversas formas de aderezarlos, subrayando que todo ello exigía el envío de barcos a todas partes del mundo, donde se adquirían licores para beber, salsas para condimentar y otros innumerables productos necesarios. Le aseguré se precisaba circunvalar tres veces el mundo para que una mujer yahoo de la alta sociedad tuviera lo preciso para su desayuno y una taza para tomarlo. Dijo que semejante país debía de ser muy pobre ya que era incapaz de producir alimentos para sus habitantes. Pero lo que más le extrañaba era que estas vastas extensiones que le había descrito estuviesen totalmente desprovista de agua potable y que la gente se viese precisada a enviar barcos a ultramar para poder beber. Le repliqué que Inglaterra (mi amado país natal) se había calculado producía el triple de la cantidad de alimentos que sus habitantes son capaces de consumir, así como de licores extraídos del grano, o prensando los frutos de algunos árboles , de los que se obtenían excelentes bebidas; la misma abundancia se daba en todos los bienes necesarios para vivir. Pero satisfacer la sensualidad e intemperancia de los hombres y la vanidad de las mujeres, despachábamos la mejor parte de nuestra producción útil a otros países. A cambio, importábamos muchas que originaban enfermedades, locuras y vicios, para nuestros compatriotas, por necesidad, han de ganarse la vida mendigando, robando, hurtando, estafando, chuleando, perjurando, adulando , sobornando, falsificando, apostando, mintiendo, adulando, intimidando, votando, garabateando, haciendo astrólogo, envenenando, prostituyéndose, camanduleando, difamando, haciendo de librepensador y otras ocupaciones por el estilo. Me las vi y deseé para hacérselo entender.
Le dije que el vino no lo importábamos del extranjero por falta de agua o de otras bebidas, sino porque era un líquido especial que nos alegraba haciéndonos perder la razón; disipaba todos los pensamientos melancólicos, engendraba en nuestra mente imágenes desordenadas; alimentaba nuestras esperanzas y disipaba los temores, nos privaba completamente, de modo transitorio, del uso de la razón, y de nuestros miembros hasta que caíamos en un profundo sueño. Con todo debe reconocerse que siempre nos despertábamos enfermos y abatidos y que el hábito de esta bebida producía enfermedades que abreviaban e incomodaban la vida.
Jonathan Swift,Los viajes de Gulliver.Cuarta parte, capítulo VI,ed.Planeta,Barcelona,1994,páginas 224-225. Seleccionado por: Paloma Montero Jiménez, segundo de bachillerato, curso 2013-2014.
Le dije que el vino no lo importábamos del extranjero por falta de agua o de otras bebidas, sino porque era un líquido especial que nos alegraba haciéndonos perder la razón; disipaba todos los pensamientos melancólicos, engendraba en nuestra mente imágenes desordenadas; alimentaba nuestras esperanzas y disipaba los temores, nos privaba completamente, de modo transitorio, del uso de la razón, y de nuestros miembros hasta que caíamos en un profundo sueño. Con todo debe reconocerse que siempre nos despertábamos enfermos y abatidos y que el hábito de esta bebida producía enfermedades que abreviaban e incomodaban la vida.
Jonathan Swift,Los viajes de Gulliver.Cuarta parte, capítulo VI,ed.Planeta,Barcelona,1994,páginas 224-225. Seleccionado por: Paloma Montero Jiménez, segundo de bachillerato, curso 2013-2014.
Werther,Goethe
10 de septiembre.
¡Quénoche,Wilhelm! Ahora ya puedo aguantar lo que venga. ¡No volveré a verla más! ¡Ah!,¡si pudiera volar y arrojarme en tus brazos y expresarte con lágrimas y arrebatos,mi buen amigo, todos los sentimientos que asaltan mi corazón! Aquí me tienes sentado recobrando aliento, intento serenare, espero el amanecer y a la salida del sol están los caballos ya dispuestos.
¡Ay!,Lotte duerme tranquila sin pensar que no volveráaverme jamás. Me he separado de ella,he sido lo suficiente fuerte para en una conversación de dos horas no dejar traslucir mi propósito. ¡Y qué conversación, Diosmío!
Albert me había prometido salircon Lotte al jardín inmediatamentedespués de la cena. Yo estaba en la terraza debajo de los gigantescos castaños y contemplando por última vez ponerse el sol al otro lado del ameno valle y del manso río. ¡Cuántas veces había estado con ella en este mismo lugar contemplando este magnífico espectáculo! y ahora... Estuve paseando deacá para allá en aquella avenida de árboles tan querida para mí; un secreto recíproco atractivo me había retenido allí tantas veces antes de conocer a Lotte,y qué alegría nos produjo cuando descubrimos al principio de nuestra amistad la mutua atracción que sentíamos por este sitio,uno de los más románticos, entre los creados por el arte,que yo hubiese visto.
En primer lugar, a través de los castaños tiene una amplia panorámica... ¡Ah!,creo recordar, me parece,que ya te he hablado bastante de él, queuna alta muralla de hayas acaba rodeándote y un bosquecillo próximo va haciendo cada vez más sombrío el paseo, hasta acabar al fin en un recinto angosto rodeado de misterioy soledad. Siento todavía la extraña impresión que experimenté la primera vez que penetré allí en plenomediodía; presentísya vagamente qué escenario de dicha y sufrimiento iba a ser aquel lugar.
Johann Wolfgang Von Goethe, Werther, páginas 107- 108. Seleccionado por Paula Sánchez Gómez, segundo de bachillerato, curso 2013-2014.
¡Quénoche,Wilhelm! Ahora ya puedo aguantar lo que venga. ¡No volveré a verla más! ¡Ah!,¡si pudiera volar y arrojarme en tus brazos y expresarte con lágrimas y arrebatos,mi buen amigo, todos los sentimientos que asaltan mi corazón! Aquí me tienes sentado recobrando aliento, intento serenare, espero el amanecer y a la salida del sol están los caballos ya dispuestos.
¡Ay!,Lotte duerme tranquila sin pensar que no volveráaverme jamás. Me he separado de ella,he sido lo suficiente fuerte para en una conversación de dos horas no dejar traslucir mi propósito. ¡Y qué conversación, Diosmío!
Albert me había prometido salircon Lotte al jardín inmediatamentedespués de la cena. Yo estaba en la terraza debajo de los gigantescos castaños y contemplando por última vez ponerse el sol al otro lado del ameno valle y del manso río. ¡Cuántas veces había estado con ella en este mismo lugar contemplando este magnífico espectáculo! y ahora... Estuve paseando deacá para allá en aquella avenida de árboles tan querida para mí; un secreto recíproco atractivo me había retenido allí tantas veces antes de conocer a Lotte,y qué alegría nos produjo cuando descubrimos al principio de nuestra amistad la mutua atracción que sentíamos por este sitio,uno de los más románticos, entre los creados por el arte,que yo hubiese visto.
En primer lugar, a través de los castaños tiene una amplia panorámica... ¡Ah!,creo recordar, me parece,que ya te he hablado bastante de él, queuna alta muralla de hayas acaba rodeándote y un bosquecillo próximo va haciendo cada vez más sombrío el paseo, hasta acabar al fin en un recinto angosto rodeado de misterioy soledad. Siento todavía la extraña impresión que experimenté la primera vez que penetré allí en plenomediodía; presentísya vagamente qué escenario de dicha y sufrimiento iba a ser aquel lugar.
Johann Wolfgang Von Goethe, Werther, páginas 107- 108. Seleccionado por Paula Sánchez Gómez, segundo de bachillerato, curso 2013-2014.
El castillo, Franz Kafka
Cuando K. llegó ya era tarde. Una espesa nieve cubría la aldea. La niebla y la noche ocultaban la colina, y ni un rayo de luz revelaba el gran castillo. K. permaneció largo tiempo sobre el puente de madera, que llevaba de la carretera general al pueblo, con los ojos levantados hacia aquellas alturas que parecían vacías.
Después se dirigió a buscar alojamiento; los huéspedes no se habían acostado aún; no quedaba habitación, pero, sorprendido y desconcertado por un cliente que llegaba tan tarde, el mesonero le propuso acondicionar un jergón en la sala. K. aceptó. Permanecían todavía allí algunos campesinos sentados a la mesa alrededor de sus jarras de cerveza, pero no deseaban hablar con nadie; él mismo fue a buscar el jergón al granero y se acostó cerca de la estufa. Hacía calor, los campesinos callaban; los miró parpadeando fatigosamente y después se durmió.
Mas no tardó en despertarse. el mesonero se encontraba junto a lecho en compañía de un joven con aire de actor que tenía los ojos estrechos, de gruesas cejas y vestimenta ciudadana. Los labriegos seguían allí, algunos habían vuelto a sus sillas para ver mejor. El joven se excusó muy educadamente por haber despertado a K. y se presentó como el hijo del alcaide del castillo, declarando después:
- Esta aldea pertenece al castillo; vivir o permanecer aquí es en cierto modo hacerlo en el castillo. Nadie tiene derecho a ello sin autorización del conde. Usted no posee dicha autorización o, por lo menos, no la ha mostrado.
K., habiéndose semiincorporado, pasó la mano por sus cabellos como para peinarse, alzó los ojos hacia los dos hombres y dijo:
-¿En que pueblo me he extraviado? ¿Existe, pues, un castillo aquí?
-Por supuesto -dijo pausadamente el joven, y algunos de los campesinos asintieron con la cabeza-, es el castillo del conde Westwest.
Franz Kafka, El castillo, ed. EDAF, Madrid, 1996, páginas 29-30. Seleccionado por Sara Paniagua Núñez, segundo de bachillerato, curso 2013-2014.
Después se dirigió a buscar alojamiento; los huéspedes no se habían acostado aún; no quedaba habitación, pero, sorprendido y desconcertado por un cliente que llegaba tan tarde, el mesonero le propuso acondicionar un jergón en la sala. K. aceptó. Permanecían todavía allí algunos campesinos sentados a la mesa alrededor de sus jarras de cerveza, pero no deseaban hablar con nadie; él mismo fue a buscar el jergón al granero y se acostó cerca de la estufa. Hacía calor, los campesinos callaban; los miró parpadeando fatigosamente y después se durmió.
Mas no tardó en despertarse. el mesonero se encontraba junto a lecho en compañía de un joven con aire de actor que tenía los ojos estrechos, de gruesas cejas y vestimenta ciudadana. Los labriegos seguían allí, algunos habían vuelto a sus sillas para ver mejor. El joven se excusó muy educadamente por haber despertado a K. y se presentó como el hijo del alcaide del castillo, declarando después:
- Esta aldea pertenece al castillo; vivir o permanecer aquí es en cierto modo hacerlo en el castillo. Nadie tiene derecho a ello sin autorización del conde. Usted no posee dicha autorización o, por lo menos, no la ha mostrado.
K., habiéndose semiincorporado, pasó la mano por sus cabellos como para peinarse, alzó los ojos hacia los dos hombres y dijo:
-¿En que pueblo me he extraviado? ¿Existe, pues, un castillo aquí?
-Por supuesto -dijo pausadamente el joven, y algunos de los campesinos asintieron con la cabeza-, es el castillo del conde Westwest.
Franz Kafka, El castillo, ed. EDAF, Madrid, 1996, páginas 29-30. Seleccionado por Sara Paniagua Núñez, segundo de bachillerato, curso 2013-2014.
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El castillo,
Kafka_Franz (1883-1924),
Literatura del siglo XX
lunes, 27 de enero de 2014
El grillo del hogar, Dickens_Charles
Primer canto del grillo
¡EMPEZÓ la marmita! No me vengáis con lo que dijo la señora Peerybingle. Yo estoy mejor informado. La señora Peerybingle podrá porfiar hasta el fin de los tiempos que no sabría decir cuál de los dos empezó primero; pero yo os digo que fue la marmita. ¡Si lo sabré yo! Empezó la marmita, cinco minutos cumplidos, por el relojito holandés del rincón, reluciente de cera, antes que el grillo dejara oír su canto.
¡Como si el reloj no hubiera dejado ya de tocar, y el convulso segadorcito que lo corona, moviéndose a sacudidas a derecha e izquierda con su guadaña, frente a un palacio moruno, no hubiera segado medio acre de imaginaria hierba antes de que el grillo se uniese al concierto!
Vamos, yo no soy de los que pretenden tener siempre razón. Todo el mundo lo sabe. No querría hacer valer mi opinión contra la de la señora Peerybingle si no estuviera completamente seguro. De ningún modo haría tal cosa. Pero está es una cuestión de hecho. Y el hecho es que fue la marmita la que empezó, al menos cinco minutos antes de que el grillo diera señales de vida. Contradecidme, y diré que fueron diez.
Permítaseme narra exactamente cómo sucedió todo. Debiera haber procedido a hacerlo así de primerísima palabra, aunque solo fuera por esta simple consideración:si voy a referir una historia, debo comenzar por el principio, ¿y cómo es posible comenzar por el principio sin comenzar por la marmita?
Fue como si hubiera entablado una especie de competición, o prueba de destreza, entiéndaseme, entre la marmita y el grillo. Y esto fue lo que llevo a los hechos y al modo en que se desarrollaron.
La señora Peerybingle salió a la frialdad del escrúpulo y, taconeando por las mojadas losas con un par de chanclos cuyas numerosas y toscas huellas reproducían la primera proposición de Euclides por todo el patio, lleno la marmita el aljibe. De vuelta al poco rato, ya sin los chanclos ( merma bien notable, pues los chanclo eran altos y la señora Peerybingle bajita), puso la marmita al fuego.
Charles Dickens, el grillo del hogar. Primer canto del grillo, Acento editorial, Madrid,
1998, páginas 9-10. Seleccionado por: Laura Tovar García, segundo de bachillerato,
curso 2013/2014.
Odisea " CANTO XIV", Horacio
CANTO XIV
[Conversación de Odiseo con Eumeo]
Desde el puerto, por sitios selvosos, tomó ásperas ruta, entre algunas colinas, adonde le dijo Atenea que hallaría al porquero, el cual era de todos los siervos de Odiseo divino el que más por sus bienes miraba. Y sentado lo halló ante la puerta de un bello chiquero grande y bien construido, en un sitio de vista apacible, alto y que rodearse podía; y el mismo porquero lo hizo para los cerdos del rey que encontrábase ausente, sin que de ello supieran el alma ni el viejo Laertes, con molones, cercándolo todo de un seto espinoso; puso fuera, de un lado a otro lado, una serie de estacas muy espesas y juntas, cortadas del alma de un roble; construyó luego doce pocilgas adentro, muy juntas, dormideros de cerdas de cría, y en cada uno de ellos, sobre el suelo, se echaban cincuenta marranas , y todas parideras, y afuera los machos pasaban la noche, y eran menos, pues los pretendientes divinos, su número, al comerlos menguaban, pues siempre el porquero enviaba el mejor y más gordo de todos los cerdos que había; y trescientos sesentas eran entonces el número de ellos. Siempre hallábanse allí cuatro perros lo mismo que fieras que el porquero crió, el mayoral de los mozos pastores. A sus pies ajustábanse entonces un par de sandalias que cortaba del cuero de un buey, de color muy hermoso; de los otros, tres fuéronse con las piaras errantes, y él al cuarto lo había enviado a llevar a la villa ese cerdo obligado que los pretendientes soberbios inmolaban y luego con él su apetito saciaban.
Y de pronto a Odiseo advirtieron los perros ladrantes, y, ladrando, lanzáronse a él, mas sentóse Odiseo con astucia , y dejo, que el callado en el suelo cayera. Tal vez junto a su establo un azar vergonzoso pasara si no hubiese acudido veloz el porquero, apartándolos, tan de prisa que el cuero teñido escapó de sus manos. Dando voces y echándoles piedras logró que los perros dispersáranse por la zahúrda y habló así a su amo:
Homero, La Odisea, Canto XIV, Barcelona, Editorial Planeta, año 1995, páginas 218-219. Seleccionado por: Paloma Montero Jiménez, segundo de bachillerato, curso 2013/2014.
Y de pronto a Odiseo advirtieron los perros ladrantes, y, ladrando, lanzáronse a él, mas sentóse Odiseo con astucia , y dejo, que el callado en el suelo cayera. Tal vez junto a su establo un azar vergonzoso pasara si no hubiese acudido veloz el porquero, apartándolos, tan de prisa que el cuero teñido escapó de sus manos. Dando voces y echándoles piedras logró que los perros dispersáranse por la zahúrda y habló así a su amo:
Homero, La Odisea, Canto XIV, Barcelona, Editorial Planeta, año 1995, páginas 218-219. Seleccionado por: Paloma Montero Jiménez, segundo de bachillerato, curso 2013/2014.
Los cuentos de así fue, Rudyard Kipling
El cangrejo que jugó con el mar.
ASTANTE antes de los remotos y lejanísimos tiempos, mi queridísimo niño, era el Tiempo de los Verdaderos Comienzos; era por aquellos días cuando el más antiguo de los magos estaba preparando las cosas. Primero preparó la tierra; luego el mar; y finalmente dijo a todos los animales que salieran a jugar. Y los animales dijeron:
-¡Oh tú, el más antiguo de los magos! ¿A qué podemos jugar?
Y el mago les respondió: -Yo os lo enseñaré.
Se dirigió al elefante( el único elefante que había ) y le dijo:
-Juega a ser un elefante- y el único elefante que había jugó.
Se dirigió al castor (el único castor que había) y le dijo:
-Juega a ser un castor -y el único castor castor que había jugó.
Se dirigió a la vaca (la única vaca que había) y le dijo:
-Juega a ser una vaca -y la única vaca que había jugó.
Se dirigió a la tortuga (la única tortuga que había) y le dijo:
Juega a ser una tortuga -y la única tortuga que había jugó. Uno por uno se dirigió a todos los animales de tierra, a las aves y a los peces y les indicó a qué debían jugar.
Mas cuando estaba atardeciendo, en ese momento en el que las personas y las cosas se sientes inquietas y cansadas, llegó el hombre. (¿Piensas que con su propia hijita?) Pues sí, con su queridísima hijita sentada en su hombro, y dijo el hombre:
-¿Cuál es este juego, oh tú el más antiguo de los magos?
El más antiguo de los magos le respondió: -Oh hijo de Adán, este es el juego del verdadero comienzo; pero tú eres demasiado sabio para jugar a él.
Entonces el hombre le devolvió el saludo y le respondió: -Cierto, soy demasiado sabio para este juego; pero haz que todos los animales me obedezcan.
Mientras los dos se hallaban hablando, Pau Amma el cangrejo, que tenía el turno siguiente para el juego, pensó para sí: <>. Nadie lo vio irse salvo la hijita, que se hallaba inclinada sobre el hombro del hombre. Y el juego prosiguió hasta que ya no quedó animal alguno sin su orden; entonces el más antiguo de los magos se sacudió el polvo de las manos y paseó por el mundo para ver cómo jugaban los animales.
Fue al norte, queridísimo niño, donde encontró al único elefante, que hurgaba con los colmillos y pateaba con las patas la hermosa y limpia tierra que se había preparado para él.
-¿Kun?- preguntó el elefante, lo que quería decir:<<¿Lo estoy haciendo bien?>>.
-Payab kun- le respondió el más antiguo de los magos, lo que quería decir: <>. Entonces echó el aliento sobre las grandes rocas y terrones de tierras que el único elefante había levantado al jugar, convirtiéndolos en la enorme Cordillera Himalaya, que tú puedes ver en cualquier mapa.
Rudyard Kipling, Los cuentos de así fue, El cangrejo que jugó con el mar, Akal, páginas 169, 170, 171. Seleccionado por Paula Sánchez Gómez, segundo de bachillerato, curso 2013-2014.
ASTANTE antes de los remotos y lejanísimos tiempos, mi queridísimo niño, era el Tiempo de los Verdaderos Comienzos; era por aquellos días cuando el más antiguo de los magos estaba preparando las cosas. Primero preparó la tierra; luego el mar; y finalmente dijo a todos los animales que salieran a jugar. Y los animales dijeron:
-¡Oh tú, el más antiguo de los magos! ¿A qué podemos jugar?
Y el mago les respondió: -Yo os lo enseñaré.
Se dirigió al elefante( el único elefante que había ) y le dijo:
-Juega a ser un elefante- y el único elefante que había jugó.
Se dirigió al castor (el único castor que había) y le dijo:
-Juega a ser un castor -y el único castor castor que había jugó.
Se dirigió a la vaca (la única vaca que había) y le dijo:
-Juega a ser una vaca -y la única vaca que había jugó.
Se dirigió a la tortuga (la única tortuga que había) y le dijo:
Juega a ser una tortuga -y la única tortuga que había jugó. Uno por uno se dirigió a todos los animales de tierra, a las aves y a los peces y les indicó a qué debían jugar.
Mas cuando estaba atardeciendo, en ese momento en el que las personas y las cosas se sientes inquietas y cansadas, llegó el hombre. (¿Piensas que con su propia hijita?) Pues sí, con su queridísima hijita sentada en su hombro, y dijo el hombre:
-¿Cuál es este juego, oh tú el más antiguo de los magos?
El más antiguo de los magos le respondió: -Oh hijo de Adán, este es el juego del verdadero comienzo; pero tú eres demasiado sabio para jugar a él.
Entonces el hombre le devolvió el saludo y le respondió: -Cierto, soy demasiado sabio para este juego; pero haz que todos los animales me obedezcan.
Mientras los dos se hallaban hablando, Pau Amma el cangrejo, que tenía el turno siguiente para el juego, pensó para sí: <
Fue al norte, queridísimo niño, donde encontró al único elefante, que hurgaba con los colmillos y pateaba con las patas la hermosa y limpia tierra que se había preparado para él.
-¿Kun?- preguntó el elefante, lo que quería decir:<<¿Lo estoy haciendo bien?>>.
-Payab kun- le respondió el más antiguo de los magos, lo que quería decir: <
Rudyard Kipling, Los cuentos de así fue, El cangrejo que jugó con el mar, Akal, páginas 169, 170, 171. Seleccionado por Paula Sánchez Gómez, segundo de bachillerato, curso 2013-2014.
La Odisea, Homero, "Canto XII"
Nuestro barco las aguas dejó del océano, el gran rio, y salió nuevamente a las olas del mar anchuroso avanzando a la isla de Eea, en que tiene sus casas y sus coros la Aurora temprana y el sol sus salidas. arribados, hicimos que el barco encallase en la arena y, saliendo nosotros de él, nos rendimos al sueño en la misma rompiente aguardando la Aurora divina.
Al mostrarse la Aurora temprana de dedos de rosa, envié por delante a mis hombres a casa de Circe que el cadáver trajeran de Élpenor mi amigo. Cortamos presurosos los leños y allá, sobre un gran promontorio que avanzaba en el mar, lo quemamos con lloros sin cuento.
Reducido a cenizas que fue con sus armas y arreos, levantamos el túmulo y, puesta la estela, clavamos erigido en la cúspide el remo que vivo empuñara.
En tal forma atendíamos nosotros a todo; mas Circe, al saber nuestra vuelta del Hades, llegó bien compuesta y solícita. Escolta le daban sus siervas cargadas de abundancia de pan y de carne y de vino espumoso.
Colocándose en medio nos dijo la diosa entre diosas:
'!Desdichados que en vida bajasteis a casa de Hades sometidos dos veces a muerte cuando una vez sola la padecen los otros! Mas, !ea¡ , bebed dulce vino y comed todo el dia; llegada la noche saldréis en la nave, que yo os mostraré vuestra ruta y remedio os daré contra toda funesta añagaza que os pueda producir nuevos daños en tierra o en mar.' Así dijo, persuadido quedó por su voz nuestro espíritu prócer y estuvimos sentados alli hasta el ocaso comiendo tasajos sin fin y bebiendo del vino esquisito.
Homero, La Odisea, Canto XII, Madrid, Editorial Gredos, 2000, páginas 189-190.
Seleccionado por Adrián Hernández García, segundo de bachillerato, curso 2013-2014.
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Homero (s.VIII a. C.),
Literatura griega,
Odisea
El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, R.L. Stevenson
Serían las nueve de la mañana, y sobre la ciudad flotaba la primera niebla de la temporada. Un gran palio color chocolate colgaba bajo del cielo, pero el viento cargaba continuamente contra él y le arrancaba jirones; y así, mientras el coche avanzaba calle tras calle, Mr. Utterson captó una maravillosa profusión de grados y tonos de luz; porque aquí estaba tan oscuro como a última hora del atardecer; y allí se divisaba un resplandor de un intenso y pálido color pardo, como la luz de alguna extraña configuración; y más allá, por un momento, la bruma se desgarraba, y por entre los remolinos que formaba miraba un haz perdido de rayos de luz. El deprimente barrio del Soho, visto bajo aquellos cambiantes atisbos, con sus lodosas calles y sus desaseados transeúntes y sus farolas de gas, que no se habían apagado quizá para combatir aquella lúgubre y nueva invasión de la oscuridad, parecía, a los ojos del abogado, como un distrito de alguna ciudad de pesadilla. Sus pensamientos, además, estaban teñidos de colores más sombríos; y cuando miró a su compañero de viaje, fue consciente del ligero miedo hacia la ley y sus agentes que muchas veces asalta incluso a la persona más honesta.
R. L. Stevenson, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, El caso del asesinato de Carew, ed. el Mundo, col. Millenium las 100 joyas del milenio, Madrid, 1999, páginas 34-35. Seleccionado por Sara Paniagua Núñez,
segundo de bachillerato, curso 2013-2014.
Cuentos de Navidad, Charles Dickens
Estrofa Segunda, El primero de los tres Espíritus.
Cuando Scrooge se despertó, era tan oscuro que, mirando desde la cama, apenas si podía distinguir la transparencia de la ventana de las paredes opacas de su cuarto. Se esforzaba en atravesar la oscuridad con sus ojos aguzados, cuando oyó las campanas de la iglesia vecina dando los cuatro toques de los cuartos. Así que esperó que las campanas, después, le indicaran la hora.
Se quedó sorprendido cuando la campana pasó de seis a siete toques, y de siete a ocho, y continuó su marcha normal hasta doce. Luego se detuvo. ¡Las doce! Se había ido a la cama a las dos y media. La campana debía estar equivocada. Un carámbano de hielo debía haber obstruido su maquinaria. ¡Las doce!
Tocó el resorte de su despertador, para corregir a ese reloj de la iglesia tan creído. Su pulso rápido dio doce sonidos, y luego se detuvo.
- ¡No! ¡No es posible!- dijo Scrooge- que haya dormido todo un día, y esté ahora a media noche del día siguiente. ¡No es posible que algo le haya ocurrido al sol, y que ahora sean las doce del mediodía!
Charles Dickens, Cuentos de Navidad, Segunda Estrofa, El primero de los tres espíritus, Evergráficas, 2005, página 33 . Seleccionado por Paula Sánchez Gómez, segundo de bachillerato, curso 2013-2014
lunes, 16 de diciembre de 2013
Amores, Ovidio
"Era de noche y el sueño me hizo cerrar los ojos cansados. Entonces aterrorizaron mi espíritu las visiones que diré a continuación. Al pie de un cerro soleado se erguía un bosque sagrado pobladísimo de encinas y muchos pájaros se ocultaban entre sus ramas. Debajo había una muy verde extensión cubierta por una pradera de césped, húmeda del rocío del agua que resonaba suavemente. Yo mismo esquivaba el calor bajo las ramas de los árboles, pero incluso bajo el ramaje hacía calor. Veo venir, en pos de las hierbas salpicadas de flores variadas, una vaca blanca que se paró ante mis ojos: más blanca que la nieve cuando ha caído y está reciente, y todavía no ha tenido tiempo de convertirse en líquida agua; más blanca que la leche que aún blanquea con borbolleante espuma y acaba de dejar enjuta a la oveja. Un toro la acompañaba, su feliz pareja, y se echó sobre el blando suelo junto con su compañera.
Mientras estaba tumbado y rumiaba parsimoniosamente las hierbas volviéndolas a mascar y comiendo por segunda vez el alimento que había comido antes, me pareció que había apoyado en el suelo su cornígera cabeza, porque el sueño le había privado de fuerzas para sostenerla.
A ese lugar llegó volando por los aires con alas ligeras una corneja y se posó parloteando en el verde suelo. Por tres veces escarbó con su pico audaz en el pecho de la vaca color de nieve y le arrancó mechones de pelo blanco.
Ella, después de algún tiempo de duda, dejó aquel lugar y al toro, pero ya tenía una obscura mancha en el pecho. Y cuando vio desde lejos toros pastando (pues unos toros pastaban a lo lejos en la herbosa dehesa), marchosé rápida hacia ellos, se juntó a la manada y buscó un suelo de hierba más abundante.
Ovideo, Amores, Libro III, Capítulo 5, Madird, editorial Gredos, S.A.,colección Biblioteca básica de Gredos, 2001, páginas 105-106. Seleccionado por: Paloma Montero Jiménez,segundo de bachilletaro, curso 2013-2014.
Mientras estaba tumbado y rumiaba parsimoniosamente las hierbas volviéndolas a mascar y comiendo por segunda vez el alimento que había comido antes, me pareció que había apoyado en el suelo su cornígera cabeza, porque el sueño le había privado de fuerzas para sostenerla.
A ese lugar llegó volando por los aires con alas ligeras una corneja y se posó parloteando en el verde suelo. Por tres veces escarbó con su pico audaz en el pecho de la vaca color de nieve y le arrancó mechones de pelo blanco.
Ella, después de algún tiempo de duda, dejó aquel lugar y al toro, pero ya tenía una obscura mancha en el pecho. Y cuando vio desde lejos toros pastando (pues unos toros pastaban a lo lejos en la herbosa dehesa), marchosé rápida hacia ellos, se juntó a la manada y buscó un suelo de hierba más abundante.
Ovideo, Amores, Libro III, Capítulo 5, Madird, editorial Gredos, S.A.,colección Biblioteca básica de Gredos, 2001, páginas 105-106. Seleccionado por: Paloma Montero Jiménez,segundo de bachilletaro, curso 2013-2014.
Tragedias, 'Heracles', Eurípides:
Anfitrión. --- ¿Quién de los hombres no conoce al que compartió el lecho con Zeus, al argivo Anfitrión, Heracles? Soy yo, que poseí esta ciudad de Tebas donde floreció la espiga terrena de los "Hombres Sembrados". Ares salvó un pequeño número de su estirpe y estos llenaron la ciudad de Tebas con los hijos de sus hijos. De ellos nació Creonte, el hijo de Meneceo, soberano de esta tierra. Y Creonte fue el padre de Mégara, aquí presente, a la que un dia todos los Cadmeos celebraron con cantos de esponsales, al son de la flauta, cuando el ilustre Heracles la trajo a mi casa como esposa.
Abandonando Tebas, donde yo habito, y dejando aquí a Mégara y a sus suegros, mi hijo se ha dirigido a la ciudad amurallada de Argos, a la ciudad ciclópea de donde yo estoy exiliado por haber matado a Electrión. Por aligerar mi infortunio y querer que yo vuelva a habitar en mi patria, está pagando a Euristeo un gran precio por mi retorno, librar de monstruos a la tierra, sometido por los aguijones de Hera o impelido por el destino.
Ya ha llevado a cabo los demás trabajos y ahora, para terminar, ha bajado al Hades, a través de la abertura del Ténaro, para traerse a la luz al Can de tres cuerpos y no ha regresado de allí.
Pues bien, según una antigua tradición tebana, existió un tal Lico, esposo de Dirce, que tenia tiranizada a esta ciudad de siete puertas antes de que la rigieran los blancos potros gemelos Anfión y Zeto, hijos de Zeus.
Un hijo de Lico, del mismo nombre que su padre, que no es Cadmeo, sino procedente de Eubea, ha matado a Creonte y, tras el crimen, domina esta tierra. Ha caido sobre esta ciudad enferma y dividida en facciones. Así que el parentesco que nos une a Creonte se nos ha tornado en terrible mal, como es obvio.
Eurípides, Tragedias II, Heracles
Madrid,Editorial Gredos, Colección Biblioteca Clásica Gredos 7 , 2000, páginas 23-24-25
Seleccionado por: Adrián Hernández García, segundo de bachillerato, curso 2013-2014
Etiquetas:
Eurípides (480-406 a. C.),
Heracles,
Literatura griega
lunes, 25 de noviembre de 2013
En el camino, Jack Kerouac
Caminé hasta Sabinal autopista abajo comiendo nueces negras de un nogal. Me dirigí a las vías del tren y seguí por ellas haciendo equilibrios. Pasé por delante del depósito de agua y de una fábrica. Era el final de algo. Fui a la oficina de telégrafos de la estación en busca de mi giro de Nueva York. Estaba cerrada. Lancé un juramento y me senté en las escaleras a esperar. El que vendía los billetes me invitó a entrar. El dinero había llegado; mi tía me había salvado de nuevo.
-¿Quién cree usted que ganará el campeonato mundial este año?- dijo el viejo y flaco empleado. De repente, comprendí que había llegado el otoño y regresaba a Nueva York.
Caminé de nuevo por las vías a la triste luz de octubre del valle, con la esperanza de que pasara un tren de carga y unirme así a los vagabundos que comían uvas y leían tebeos. No pasó ningún tren. Bajé hasta la autopista y me recogieron enseguida. Fue el más rápido y estimulante trayecto de toda mi vida. El conductor era un violinista de una orquesta californiana de vaqueros. Tenía un coche último modelo y corría a ciento treinta por hora.
-No bebo cuando conduzco- dijo, tendiéndome una botella. Tomé un trago y se la pasé-. ¡Qué coño!- añadió, y bebió.
Cubrimos la distancia de Sabinal a LA en el tiempo asombroso de cuatro horas justas para los cuatrocientos kilómetros. Me dejó exactamente delante de la Columbia Pictures de Hollywood; tuve el tiempo justo de entrar y recoger mi guión rechazado. Entonces compré un billete de autobús hasta Pittsburgh. No tenía bastante dinero para ir hasta Nueva York. Ya me preocuparía de ello cuando llegara a Pittsburgh.
Como el autobús salía a las diez, tenía cuatro horas para recorrer Hollywood solo. Primero compré una hogaza de pan y salchichón y me hice diez emparedados para mantenerme durante el camino. Me quedaba un dólar. Me senté en la valla de cemento de un aparcamiento y me hice los emparedados. Mientras llevaba a cabo esta absurda tarea, grandes haces de focos de un estreno de Hollywood surcaban el cielo, el susurrante cielo de la Costa Oeste. A mi alrededor oía los ruidos de esta frenética ciudad de la costa de oro. Y a esto se redujo mi carrera en Hollywood... Era mi última noche en Hollywood, y estaba extendiendo mostaza sobre pan en la parte trasera de un aparcamiento.
Jack Kerouac, En el camino, ed. Anagrama, col. Compactos, Barcelona, 2004, páginas 123-124. Seleccionado por Sara Paniagua Núñez, segundo de bachillerato, curso 2013-2014.
Las aventuras de Tom Sawyer, Mark Twain
Capítulo XVIII
Aquél era el gran secreto de Tom: la idea de regresar con sus compañeros en piratería y asistir a sus propios funerales. Habían remado hasta la orilla del Missouri, a horcajadas sobre un tronco, al atardecer del sábado, tomando tierra a cinco o seis millas más abajo del pueblo; habían dormido en los bosques, a poca distancia de las casas, hasta la hora del alba, y entonces se habían deslizado por entre callejuelas desiertas y habían dormido lo que les faltaba de sueño en la galería de la iglesia, entre un caos de bancos perniquebrados.
Durante el desayuno, el lunes por la mañana, tía Polly y Mary se deshicieron en amabilidad con Tom y en agasajarle y servirle. Se habló mucho, y en el curso de la conversación dijo tía Polly:
-La verdad es que no puede negarse que ha sido un buen bromazo, Tom, tenernos sufriendo a todos casi una semana, mientras vosotros lo pasabais en grande, pero ¡qué pena que hayas tenido tan mal corazón para dejarme sufrir a mí de esa manera! Si podías venirte sobre un tronco para ver tu funeral, también podías haber venido y haberme dado a entender de algún modo que no estabas muerto, sino únicamente de escapatoria.
-Sí, Tom, debías haberlo hecho -dijo Mary-, y creo que no habrías dejado de hacerlo si llegas a pensar en ello.
-¿De veras, Tom? -dijo tía Polly con expresión de viva ansiedad-. Dime, ¿lo hubieras hecho si llegas a acordarte?
-Yo..., pues no lo sé. Hubiera echado todo a perder.
-Tom, creí que me querías siquiera para eso -dijo la tía con dolorido tono, que desconcertó al muchacho-. Algo hubiera sido el quererme lo bastante para pensar en ello, aunque no lo hubieses hecho.
La señora del perrito y otros cuentos, Anton Chejov
LA SEÑORA DEL PERRITO
Se decía que en el paseo marítimo había aparecido una cara nueva: una señora con un perrito. Dmitri Dmitrich Gurov, que llevaba quince días en Yalta y era ya de los habituados, empezaba también a interesarse por las caras nuevas. Sentado en el restaurante de Vernet, vio pasar por la explanada a una señora joven, rubia, de mediana estatura y tocada de boina. Tras ella corría un perrito de Pomerania blanco. Más tarde tropezó con ella varias veces al día en el jardín municipal y en la glorieta. Paseaba sola, siempre con la misma boina y con el perro blanco. Nadie sabía quien era y la llamaban sencillamente "la señora del perrito".
"Si está aquí sin el marido y no tiene amistades -pensaba Gurov-, valdría la pena trabar conocimiento con ella".
Gurov no había llegado todavía a la cuarentena, pero tenía ya una hija de doce años y dos hijos en la escuela secundaria. Le habían casado temprano, cuando aún estaba en el segundo año de universidad, y ahora su mujer parecía tener veinte años más que él. Era alta, tiesa, de cejas oscuras, grave, altanera y, como ella misma decía, intelectual. Leía mucho, usaba una ortografía abreviada en sus cartas y llamaba a su marido no Dmitri, sino Dimitri. Él, allá en sus adentros, la tenía por necia, angosta en su espíritu y desaliñada. Le tenía miedo y no gustaba de quedarse en casa. Ya hacía tiempo que la engañaba, la engañaba a menudo y quizá por ello decía pestes de las mujeres. Cuando en su presencia se hablaba de ellas exclamaba:
-Son una raza inferior.
Creía que la amarga experiencia le había enseñado lo bastante para llamarlas lo que le viniera en gana; y, sin embargo no hubiera podido vivir dos días sin la"raza inferior". En compañía de hombres se aburría, se encontraba a disgusto, era frío e incomunicativo; pero cuando estaba con mujeres se sentía libre, sabía qué decirles y cómo comportarse. Le era fácil incluso guardar silencio ante ellas. En su aspecto, en su carácter, en toda su persona, había algo inasible y atrayente que subyugaba y seducía a las mujeres. Él lo sabía y, a su vez, se sentía arrastrado hacia ellas por una fuerza desconocida.
La señora del perrito y otros cuentos, Anton Chéjov. Capítulo décimo. Editorial: Alianza, Madrid, 1995, páginas 169 y 170. Seleccionado por: Natalia Sánchez Martín. Curso: Segundo de bachillerato.
"Si está aquí sin el marido y no tiene amistades -pensaba Gurov-, valdría la pena trabar conocimiento con ella".
Gurov no había llegado todavía a la cuarentena, pero tenía ya una hija de doce años y dos hijos en la escuela secundaria. Le habían casado temprano, cuando aún estaba en el segundo año de universidad, y ahora su mujer parecía tener veinte años más que él. Era alta, tiesa, de cejas oscuras, grave, altanera y, como ella misma decía, intelectual. Leía mucho, usaba una ortografía abreviada en sus cartas y llamaba a su marido no Dmitri, sino Dimitri. Él, allá en sus adentros, la tenía por necia, angosta en su espíritu y desaliñada. Le tenía miedo y no gustaba de quedarse en casa. Ya hacía tiempo que la engañaba, la engañaba a menudo y quizá por ello decía pestes de las mujeres. Cuando en su presencia se hablaba de ellas exclamaba:
-Son una raza inferior.
Creía que la amarga experiencia le había enseñado lo bastante para llamarlas lo que le viniera en gana; y, sin embargo no hubiera podido vivir dos días sin la"raza inferior". En compañía de hombres se aburría, se encontraba a disgusto, era frío e incomunicativo; pero cuando estaba con mujeres se sentía libre, sabía qué decirles y cómo comportarse. Le era fácil incluso guardar silencio ante ellas. En su aspecto, en su carácter, en toda su persona, había algo inasible y atrayente que subyugaba y seducía a las mujeres. Él lo sabía y, a su vez, se sentía arrastrado hacia ellas por una fuerza desconocida.
La señora del perrito y otros cuentos, Anton Chéjov. Capítulo décimo. Editorial: Alianza, Madrid, 1995, páginas 169 y 170. Seleccionado por: Natalia Sánchez Martín. Curso: Segundo de bachillerato.
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