lunes, 16 de marzo de 2015

Su único hijo, Leopoldo Alas "Clarín"

V


     Por la noche Emma le echó del seno del hogar por algunas horas, y Bonifacio volvió al ensayo. Ahora no estaba solo en calidad de público; en todas las faltriqueras había abonados, y en la de los tertulios de Cascos se destacaba la respetable personalidad del Gobernador militar, que honraba a aquellos señores aceptando un asiento en lo oscuro. Reyes se sentó en primera fila, y en cuanto Mochi miró hacia el palco, le saludó con el sombrero. No contestó el temor por lo pronto, lo cual desconcertó al buen aficionado, principalmente por lo que pensarían sus amigos; mas ¡oh gloria inmortal, oh momento inolvidable! al lado de Mochi, frente a la cáscara del apuntador, había una mujer, una señora, con capota de terciopelo, debajo de la cual asomaban olas de cabello castaño claro y fino; y aquella mujer, aquella señora que había notado el saludo de Reyes, tocó familiarmente con una mano enguantada en un hombro el tenor, y le debió de decir:
     -En aquel palco te han saludado.
     Ello fue que Mochi se volvió con rapidísimo gesto, vio a reyes y se deshizo en cortesías...
     En el palco todos envidiaron aquello, hasta el brigadier Gobernador militar de la provincia; y más envidiaron la sonrisa con que la dama de la capota se atrevió a acompañar el saludo de Mochi, muy satisfecha, al parecer, de haberle advertido su distracción.
     Reyes encontró en sus ojos la mirada de la Gorgheggi  - que no era otra la dama- y muchas veces, muchas, pensando después en aquel momento solemne de su vida, tuvo que confesarse que impresión más dulce ni tan fuerte no la había experimentado en toda su juventud, tan romántica por dentro.
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     Leopoldo Alas "Clarín", Su único hijo, Madrid, Edición Espasa-calpe, S.A., páginas 46, 47, 1979. Seleccionado por Andrea González García. Segundo de bachillerato, curso 2014-2015.

Mark Twain, Las aventuras de Tom Sawyer

Capitulo XVIII

     ¡Tom estaba hecho todo un héroe! No iba dandi saltos y bailando, sino que andaba con un paso jactancioso y digno, propio de un pirata que sabe pendientes de sí los ojos de todo el mundo. Y en realidad así era; hacía como si no viera las miradas ni oyera los comentarios que suscitaba su paso, pero eran como un alimento para su alma. Los chicos más pequeños que él, de que Tom les aceptara, como si él fuera el tambor que va al frente de una procesión o el elefante que camina delante de las fieras de un circo. Los muchachos de su propia edad aparentaban no saber en absoluto que había estado ausente; sin embargo, se concomían de envidia. Hbubieran dado cualquier cosa a cambio de la piel morena y bronceada de Tom y su brillante notoriedad; y Tom no habiera cedido ninguna de estas cosas ni a cambio de un circo.

    En la escuela los niños asediaron tanto a Tom y a Joe y les lanzaron miradas de tan elocuente admiración, que los dos héroes no tardaron en ponerse insufriblemente engreídos. Empezaron a contar sus avnturas a audiencias anhelentes... y no hicieronmás qu empezar, porque aquello parecía que no iba a tener fin, de tantos añadidos como les iban poniendo en su imaginación.

     Mark Twain, Las aventuras de Tom Sawyer, Madrid, Ed. castellana, Editorial Anaya, 1984, página 147.
 Seleccionado por Pablo Galindo Cano. Segundo de Bachillerato. Curso 2014-2015.

Jonathan Swift, Los viajes de Gulliver

                                        Segunda parte
                                     Viaje a Brobdingnag


                                    Capítulo primero

     La naturaleza y el destino me habían condenado a una vida activa e inquieta. A los dos meses de mi regreso volví a abandonar mi patria embarcándome en las Downs el 20 de junio de 1702 en el Adventure, comandado por el capitán John Nicholas, un oficial nativo de Cornualles, con destino a Surat. Tuvimos viento muy favorable hasta que llegamos al cabo de Buena Esperanza, donde desembarcamos para aprovisionarnos de agua potable; pero habiéndose descubierto una vía de agua descargamos las mercancías y pasamos el invierno allí; además, al haber enfermado el capitán de paludismo, no pudimos abandonar el cabo hasta finales de marzo. Zarpamos entonces y tuvimos un placentero viaje hasta que cruzamos los estrechos de Madagascar; pero al norte ya de aquella isla, y a unos cinco grados de latitud sur, los vientos que, según se ha observado, soplan del noroeste en aquellos mares con una intensidad igual y constante desde principios de diciembre hasta primeros de mayo, el 19 de abril comenzaron a hacerlo con mucha mayor violencia y más del Poniente que lo habitual, durante veinte días seguidos; esto nos llevó un poco al este de las islas Molucas y a unos tres grados al norte del ecuador, tal como estableció nuestro capitán por una fijación que realizó el 2 de mayo.



Jonathan Swift, Los viajes de Gulliver, Barcelona, Editorial Planeta, Colección Clásicos universales Planeta, 1984, página 73, Seleccionado por Pablo del Castillo Baquerizo, Segundo de Bachillerato, Curso 2014-2015.

Walter Scott, Ivanhoe

     -Eso me enamoraría, porque nunca este país tuvo tanta necesidad del apoyo de los que le aman.  Escuchadme, pues, y os enteraré de una empresa en la cual, si no mienten las apariencias, podéis representar un honroso papel. Una banda de malvados, con trajes que no son dignos de vestir, se han apoderado de un noble inglés, llamado Cedric el Sanjón, de su pupila y de Athelstane de Coningsburgh, su amigo; los conducen a Torquilstone, un castillo situado en esta selva. Ahora bien, os lo pregunto a fuer de buen caballero y de leal inglés, ¿queréis ayudarnos a libertarles?
     -Mis votos me obligan a ello.Y vos, que reclamáis mi auxilio en su favor, no me disgustaría saber quié sois.
     -Soy un hombre oscuro; pero amo a mi país y a los amigos de mi país. Básteos eso por ahora, con mayor razón cuando vos mismo deseáis guardar el incógnito. Tened, con todo, la seguridad de que mi palabra, una vez empeñada, es tan inviolable como si calzara yo espuela de oro.
     -Lo creo sin dificultad. Soy buen fisonomista, y veo en vos franqueza y decisión. Sin preguntaros más, os ayudaré a poner en libertad a esos prisioneros. Después de lo cual, espero que nos conozcamos mejor y quedemos contentos uno de otro.



Walter Scott, Ivanhoe, Barcelona, RBA, Editores, Historia de la literatura, páginas 216-217.
Seleccionado por Lucía Pintor del Mazo. Segundo de Bachillerato. Curso 2014-2015

Franz Kafka, Cartas a Felice

     A la señora Sophie Friedmann

     [Membrete de la Compañía de Seguros Contra Accidentes de Trabjo]
24, X, 12
     Querida señora:
     Le quedo infinitamente agradecido por la delicadeza con la que ha tocado usted este asunto, el cual parece estar ya perfectamente en regla. Su silencio a mi última carta, que, por otro lado, tampoco requería ninguna respuesta especial, supongo no debo interpretarlo como castigo a alguna estupidez que, por nervisismo u otra razón cualquiera, hubiese podido adherirse a mis dos cartas. Pero usted ya sabe, querida señora, cuánto me hace padecer el no recibir respuestas, de modo que, con toda seguridad, hubiese preferido castigarme por una estupidez mediante una carta adecuada antes que mediante el silencio. Esta reflexión no me hace ahora suya, pero confío en que continuará mostrándose tan amable como lo ha sido al concederme su ayuda últimamente. Me gustaría dar las gracias también muy especialmente a su amable esposo, violento, y en segundo lugar porque sé que se halla usted tan unida a su esposo que la gratitud a usted destinada recae, de modo inmediato, también sobre él.
     Con mis más cordiales saludos.
Suyo, Dr. F. Kafka

Franz Kafka, Cartas a Felice, Madrid, ed.Alianza Editorial, 1984, página 54.
Seleccionado por Alain Presentación Muñoz. Segundo de Bachillerato. Curso 2014-2015.

lunes, 9 de marzo de 2015

Nana, Émile Zola

IX

     Estalló entonces una verdadera tormenta. Todo el mundo llamaba a Bosc. Bordenave renegaba.
     -¡Maldita sea! Siempre pasa lo mismo. Ya pueden sonar timbres, que nadie está en su sitio... Y luego, a protestar, si hay que quedarse, pasadas las cuatro.
     Pero llegaba Bosc tan campante.
     -¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué quieren? ¡Ah, que me toca a mí! Haberlo dicho... Venga, Simonne, de la entrada: << Llegan los invitados>>, y entro... ¿Por dónde entro?
     -¿Por dónde va a ser? ¡Por la puerta!- exclamó Fauchery irritado.
     -Sí, pero ¿dónde está la puerta?
     Bordenave la tomó esta vez con Barillot, empezando a renegar y a hundir de nuevo las tablas con el bastón. 
     -¡Maldita sea! Había dicho que pusieran una silla ahí, para figurar la puerta. Todos los días estamos igual... ¡Barrillot! ¿Dónde está Barrillot? ¡Otro que se larga! ¡Aquí se larga todo Dios!
     Sin embargo, fue el propio Barrillot a colocar la silla, mudo, encogido bajo el temporal. Y empezó el ensayo. Simonne, con sombrero y envuelta en sus pieles, hacía ademanes de criada que limpia los muebles. Se interrumpió para decir:
     -¿Sabéis que no hace nada de calor? Yo no saco las manos del manguito.
     Luego, cambiando de voz, recibió a Bosc con un ligero grito:
     -¡Ay! Si es el señor conde. Es usted el primero, señor conde, y se alegrará mucho la señora.
     Bosc llevaba un pantalón sucio de barro, un enorme gabán amarillo y una inmensa bufanda enrollada al cuello.


     Émile Zola, Nana, Barcelona, EDitorial Planeta, S.A., 1985,  página 222.
     Seleccionado por Andrea González García. Segundo de bachillerato, curso 2014-2015.

Decamerón, Giovanni Boccaccio

Novela Cuarta.

     Señoras mías, no ha mucho tiempo pasado que en la Romaña había un caballero llamado Micer Licio de Valbona, a quien siendo ya a la vejez venido, por ventura le nació una hija, a la que puso por nombre Catalina, la cual, creciendo, se hizo mujer muy hermosa; y porque el padre y la madre sólo a ella tenían, era de ellos muy querida y guardada con mucha diligencia, por cuanto con ella ambos esperaban que la familia hiciese enlace muy ventajoso.

     Y frecuentaba mucho la casa de Micer Licio, y en ella largamente permanecía un apuesto gentilhombre llamado Ricardo, quien, fijando una y otra vez sus ojos en la doncella, muy bella y graciosa y ya en edad de marido, de ella se enamoró con mucho ardor, aunque gran cuidado puso en tener ese amor muy callado. Mas la doncella, de tal cosa habiéndose avisado, en vez de esquivarle, de él se prendó igualmente; lo cual sintiendo RIcardo, hubo de ello gran contento. Y acerca de esto teniendo voluntad muchas veces de quererle decir alguna cosa, callaba, por vergüenza, hasta que una vez que halló tiempo oportuno, cobrando osadía le dijo: "Catalina, yo te ruego que no permitas que yo muera del amor que siento por ti".


     Giovanni Boccaccio, Decamerón, Barcelona, Planeta, 1987, página 305.
    Seleccionado por Pablo Galindo Cano. Segundo de Bachillerato. Curso 2014-2015.

Stendhal, La Cartuja de Parma

Capítulo 14
                    Mientras Fabricio se dedicaba a la caza del amor en un pueblecillo cercano a Parma, el fiscal general Rassi, que no le sabía tan cerca de él, continuaba llevando su asunto como si se tratara de un liberal; aparentó no poder encontrar testigos de descargo, o más bien los intimidó. Por fin, después de un trabajo muy estudiado que duró cerca de un año, y pasados dos meses del último retorno de Fabricio a Bolonia, un viernes, la marquesa Raversi, loca de alegría, dijo públicamente en su salón que, al día siguiente, sería presentada a la firma el príncipe y aprobada por éste la sentencia que acababa de ser pronunciada, hacía una hora, contra el joven Del Dongo. A los pocos minutos, supo la duquesa estas palabras de su enemiga.
                 "¡Muy mal servido tiene que estar el conde por sus agentes! -se dijo-. Todavía esta mañana creía que la sentencia no se podría pronunciar antes de ocho días. Acaso no le disgustaría alejar de Parma a mi joven gran vicario; pero -añadió cantando-, ya volvería, y algún día será nuestro arzobispo." La duquesa llamó.
                  -Reúna a todos los criados en la sala de espera -dijo a su mayordomo-, incluso a los cocineros. Vaya a pedir al comandante de la plaza el permiso necesario para disponer de cuatro caballos de posta, y que antes de media hora estén aquí enganchados a mi landó.
                   Todas las mujeres de la casa se aplicaron a hacer baúles. La duquesa se vistió a toda prisa un atavío de viaje, todo ello sin comunicar nada al conde; la idea de burlarse de él la entusiasmaba.
                    -Amigos míos -dijo a los domésticos congregados-, acabo de saber que mi pobre sobrino va a ser condenado en rebeldía por haber tenido la audacia de defender su vida contra un frenético, contra ese Giletti que quería matarle. Todos vosotros habéis podido ver lo dulce e inofensivo del carácter de Fabricio. Justamente indignada por esta injuria atroz, me traslado a Florencia. Dejo a cada uno de vosotros su soldada durante diez años; si os veis apurados, escribidme, y mientras yo tenga un cequí, siempre habrá algo para vosotros.

Stendhal, La Cartuja de Parma, Madrid, Alianza Editorial, 1978, pág 291-292, Seleccionado por Rosa María Perianes Calle, Segundo de Bachillerato, Curso 2014-2015.

El tambor de hojalata, Günter Grass

Bajo la balsa

     No es nada fácil para mí, desde la cama metálica reluciente de la clínica y bajo la doble vigilancia de la mirilla y del ojo de Bruno, reconstruir la humareda perezosa de los fuegos de hojarasca cachubas y lños rayos oblicuos de una lluvia de octubre. Si no tuviera mi tambor, que, tratado con paciencia y habilidad, me va dictando todos los pormenores necesarios para verter al papel la esencia, y si no contara demás con la autorización del establecimiento para tocarlo de tres a cuatro horas diarias, sería yo ahora un pobre hombre sin abuelos conocidos.
     En todo caso dice mi tambor: Aquella tarde de octubre del año noventa y nueve, mientras en el África del Sur el tío Kruger se limpiaba las hirsutas cejas anglófobas, ocurrió que entre Dirschau y Karthaus, junto al ladrillar de Bissau, bajo cuatro faldas de color uniforme, en medio de la humareda, de angustias y suspiros, bajo una lluvia oblicua acompañada de los nombres invocados en tono plañidero de los santos y bajo las preguntas insulsas y las miradas lacrimosas de dos guardias rurales, mi madre Agnés fue engendrada por el bajito pero fornido José Koljaiczek. 



Günter Grass, El tambor de hojalata. Editorial, Santillana Ediciones Generales, S.L. páginas 26-27
Seleccionado por Alejandro López Sánchez. Segundo de bachillerato, curso 2014/2015

Thomas Mann, La montaña mágica

                          LA GRAN IRRITACIÓN


     A medida que los cortos iban pasando, comenzó a reinar un nuevo espíritu en la casa del "Berghof". Hans Castorp no dejaba de darse cuenta de que se trataba de la obra del demonio del que anteriormente ya hemos hablado. Con la curiosidad y el desprendimiento del viajero que no tiene más preocupación que la de instruirse, había estudiado ese demonio e incluso había hallado en sí mismo aptitudes inquietantes para desempeñar un importante papel en el culto monstruoso que se le tributaba. Notó, con espanto, en sus palabras y en sus maneras de comportarse, por aquella infección a la que nadie, podía sustraerse.
     ¿Qué pasaba? ¿Qué flotaba en el aire? Un espíritu de querella. Una crisis de irritación. Una impaciencia sin nombre. Una tendencia general a discusiones envenenadas, a explosiones de ira.
     Grandes discusiones, gritos sin objeto n medida estallaban cada día entre individuos o entre grupos enteros y la característica de estos ataques era que los que no tomaban parte en la disputa, en lugar de sentirse movidos a tranquilizar a los que discutían y se peleaban, tomaban una pate activa en ella y se abandonaban al mismo vértigo.
     Los pensionistas palidecían y temblaban de ira, sus ojos brillaban y las bocas se retorcían apasionadamente. Se envidiaba a los que tenían más derecho a gritar por ser los protagonistas de la pelea. El deseo de imitarlos torturaba el alma y el cuerpo, y aquel que no tenía la fuerza de voluntad de refugiarse en la soledad se sentía irremisiblemente arrastrado por el torbellino.



 Thomas Mann, La montaña mágica, Barcelona, Editorial Plaza y Janes, Colección El ave fénix, 1958, página 676, Seleccionado por Pablo del Castillo Baquerizo, Segundo de Bachillerato, Curso 2014-2015.

El collar de la paloma, IBN HAZM DE CÓRDOBA

     He repartido esta riñala mía en treinta capítulos.
     Versan diez de ellos sobre los fundamentos del amor, y son los siguientes: este primero sobre la esencia del amor; sobre las señales del amor; sobre el que se enamora en sueños; sobre el que se enamora por la pintura del objeto amado; sobre el que se enamora por una sola mirada; sobre aquel cuyo amor no nace sino tras un largo trato; sobre las alusiones verbales; sobre las señas hechas con los ojos; sobre la correspondencia amorosa; sobre el mensajero.
     Doce capítulos versan sobre los accidentes del amor y sobre sus cualidades loables y vituperables.
     Verdad es que el amor es, en sí mismo, un accidente, y no puede, por tanto, ser soporte de otros accidentes, y que es una cualidad y, por lo consiguiente, no puede, a su vez, ser calificada. Se trata, pues, de un modo traslaticio  hablar, que pone a la calidad en el lugar de lo calificado. Es frecuente, con efecto, que digamos o hallemos que tal accidente es más o menos verdadero que tal otro, o más bello o más feo, a nuestros juicios, y claro es que estos más o menos han de entenderse en cuanto a la esencia visible o cognoscible a que estos accidentes afectan, pues en sí mismos no pueden tener cantidad ni ser divisibles, ya que no ocupan lugar.

Ibn Hazm de Córdoba, El collar de la paloma, España, Editorial ALIANZA,  página 123-124, 1971. Seleccionado por Nuria Muñoz Flores. Segundo de bachillerato, curso 2014-2015.

Rudyard Kipling, Los cuentos de así fue

ASÍ FUE COMO AL LEOPARDO LE SALIERON SUS MANCHAS




    Inicio aquí la historia que cuenta que, en los días en que todos empezaban a vivir, mi querido niño, el leopardo habitaba un lugar llamado Alta Meseta. Fíjate que no era la Baja Meseta, o día sino la desnuda, caliente y brillante Alta Meseta, en la que había arena, y rocas de color arenoso, y tan sólo unos matojos de hierba del color amarillo de la arena. Allí vivían la jirafa, la cebra, el eland, el kudú y el búfalo; y por todas partes estaba el color arenoso amarillento parduzco; en cuanto al leopardo, ése era e más arenoso amarillento parduzco de todos..., era una especie de animal gatuno de color grisáceo amarillento que hasta en el último de sus pelos se confundía con el color exclusivamente amarillento grisáceo parduzco de la Alta Meseta. Eso era fatal para la jirafa, la cebra y el resto de los animales, pues el leopardo se tumbaba sobre un matojo de hierbas o un piedra de color exclusivamente amarillento grisáceo parduzco, y cuando la jirafa, o la cebra, o el eland, o el kudú o el macho de los arbustos o el antílope rojizo pasaban junto a él, les podía arrebatar por sorpresa sus vidas saltarinas. ¡Vaya si lo hacía! Había, además, un etíope que llevaba arco y flechas, que vivía en la Alta Meseta con el leopardo; y los dos solían cazar juntos -el etíope con su arco y flechas, y el leopardo sólo con sus dientes y garras-, hasta que llegó un momento, mi querido niño, en el que la jirafa, y el eland y el kudú y el cuaga ya no sabían en qué dirección saltar. ¡De verdad que no lo sabían!





Rudyard Kipling, Los cuentos de así fue, Akal, Madrid, páginas 83-84. Seleccionado por Guillermo Arjona Fernández. Segundo de Bachillerato. Curso 2014-2015.

Molière, Tartufo

SEGUNDA SÚPLICA

Presentada al Rey en su campamento,
frente a la ciudad de Lille, en Flandes (1667)

     Señor:
     Constituye una gran temeridad por mi parte acudir a importunar a una gran monarca en medio de sus gloriosas conquistas; pero, dada la situación en que me hallo, ¿dónde encontrar, Señor, protección sino en el lugar adonde acudo a buscarla? ¿Y a quién podría recurrir para contrarrestar la autoridad del poder que me oprime, sino a la fuente misma del poder y la autoridad , al justo dispensador del orden absoluto, al juez soberano de todas las cosas?
     Mi comedia, Señor, no ha podido disfrutar hasta aquí de las bondades de Vuestra Majestad. En vano la presenté bajo el título de El Impostor, vistiendo a su personaje central con el atuendo de un hombre de mundo; en vano lo exhibí con un sombrero de ala corta, cabellos largos, ancha valona, una espada y un traje adornado de encajes; en vano suavicé algunos pasajes y suprimí meticulosamente todo lo que, a mi entender, pudiera dar pie a la sombra de un pretexto a los conocidos modelos del retrato que me proponía hacer. Todo esfuerzo ha sido inútil. La cábala en pleno se alzó nada más oír los simples rumores que le llegaban del asunto. Se las arreglaron para impresionar a personas que, en cualquier otra materia, tienen a gala no dejarse impresionar por nada. Nada más salir a la luz, mi comedia cayó fulminada por el rayo de un poder que debe imponer respeto, y todo lo que pude hacer en esa coyuntura para protegerme del estallido de dicha tempestad, fue decir que Vuestra Majestad había tenido la bondad de autorizarme que la representara, por lo que no había creído necesario solicitar ese permiso a otros, ya que nadie sino ella hubiera podido prohibírmela.

Molière, Tartufo, Barcelona, ed. Vicens Vives, col. clásicos universales, 1998, páginas 16-17.
Seleccionado por Alain Presentación Muñoz. Segundo de Bachillerato. Curso 2014-2015.

El tambor de hojalata, Günter Grass

Las cuatro faldas

     Pues sí: soy huésped de un sanatorio. Mi enfermero me observa, casi no me quita la vista de encima; porque en la puerta hay una mirilla: y el ojo de mi enfermero es de ese color castaño que no puede penetrar en mí, de ojos azules.
     Por eso mi enfermero no puede ser mi enemigo. Le he cobrado afecto; cuando entra en mi cuarto, le cuento al mirón de detrás de la puerta anécdotas de mi vida, para que a pesar de la mirilla me vaya conociendo. El buen hombre parece apreciar mis relatos, pues apenas acabo de soltarle algún embuste, él, para darse a su vez a conocer, me muestra su última creación del cordel anudado. Que sea o no un artista, eso es aparte. Pero pienso que una exposición de sus obras encontraría buena acogida en la prensa, y hasta le atraería algún comprador. Anuda los cordeles que recoge y desenreda después de las horas de visita en los cuartos de sus pacientes; hace con ellos unas figuras horripilantes y cartilaginosas, las sumerge luego en yeso, deja que se solidifiquen y las atraviesa agujas de tejer que clava a unas peanas de madera.
     Con frecuencia le tienta la idea de colorear sus obras. Pero yo trato de disuadirlo: le muestro mi cama metálica esmaltada en blanco y lo invito a imaginársela pintarrajeada en varios colores. Horrorizado, se lleva sus manos de enfermero a la cabeza, trata de imprimir a su rostro algo rígido la expresión de todos los pavores reunidos, y abandona sus proyectos colorísticos.



Günter Grass, El tambor de hojalata. Editorial, Santillana Ediciones Generales, S.L. páginas 13-14
Seleccionado por Alejandro López Sánchez. Segundo de bachillerato, curso 2014/2015

Lewis Carroll, Alicia en el pais de las maravillas

     -¿Has dicho "cerdo" o "lerdo"? -preguntó el Gato.
     -He dicho"cerdo" -replicó Alicia-; y quisiera que siguieses apareciendo y desapareciendo de manera tan repentina; ¡me estás produciendo vértigo!
     -De acuerdo -dijo el Gato; y esta vez se desvaneció muy despacio, empezando por el extremo de la cola y terminando por la sonrisa, que permaneció un rato después de que el resto hubiese desaparecido.
     "¡Bueno! He visto muchas veces a un Gato sin sonrisa", pensó Alicia; "¡pero una sonrisa sin Gato! ¡Es lo más raro que me ha ocurrido en toda mi vida!
     No había andado mucho, cuando divisó la casa de la Liebre de Marzo; pensó que debía de ser su casa, dado que las chimeneas tenían forma de orejas y el tejado estaba cubierto de piel. Era una casa tan grande que no juzgó prudente acercase hasta haber mordisqueado un poco el trozo de seta de la mano izquierda, y alcanzado los dos pies de estatura; aun entonces avanzó con cierta cautela, diciéndose a sí misma: "¡A ver si está loca de atar! ¡Casi habría sido preferible tomar la dirección del Sombrerero!"


Lewis Carroll,  Alicia en el país de las maravillas, Toledo, Ediciones Akal, 2005, páginas 156-157.
Seleccionado por Lucía Pintor del Mazo. Segundo de bachillerato. Curso 2014-2015.