jueves, 18 de mayo de 2017

Obras II, Luciano de Samosata

Contra un ignorante
       Cuentan que Dionisio compuso una tragedia muy floja y muy ridícula, hasta el punto de que, debido a ella, Filóxeno en muchas ocasiones fue a parar a las mazmorras por no poder contener la risa. Cuando se enteró de que se reían de él, adquiriendo la tablilla de cera de Esquilo sobre la que él solía escribir con soltura, creía que de la tablilla le vendría la inspiración y el estado de posesión;. Pero, sin embargo, escribió en ella algo con diferencia más ridículo, como por ejemplo:
                    murió Dónide la mujer de Dionisio.
Y aún más:
             Ay de mí, que perdí a una mujer excelente.
También eso le vino de la tablilla, y esto:
      De los hombres los necios de sí mismos se burlan.
       Esto último te lo podría haber dicho estupendamente a ti Dionisio, y por ello deberías haberle sacado brillo a la tablilla. ¿Qué esperanza tienes puesta en los libros, que estás constantemente enrollándolos, pegándolos, arreglándolos y borrándolos con azafrán y cedro, recubriéndolos con pastas, poniéndoles ribetes, como si estuvieses gozando, en cierto modo, de ellos? Al menos, con su compra ya has mejorado, cuando hablas de ese modo -eres más mudo que los peces-, y vives de una forma que no es decoroso explicar, y de parte de todos tienes un odio feroz por tu desvergüenza. Porque si los libros llevan a la producción de semejantes sujetos, hay que alejarse lo más lejos posible de ellos. Dos son las cosas que uno podría adquirir de los antepasados. el poder decir y el poder hacer las cosas como Dios manda, emulando a los mejores y rechazando a los peores. Pero, cuando se ve que uno no saca partido ni de un lado, ni del otro, ¿qué otra cosa hace sino comprar cepos para los ratones y habitáculos para los gusanos y golpes para los esclavos por si fueran negligentes?



       Luciano de Samosata,Obras II,Editorial Gredos S.A. Madrid 2002, páginas 111 y 112.
       Seleccionado por Andrea Sánchez Clemente. Primero de bachillerato. Curso 2016/2017

Ricardo III, Shakespeare

ACTO TERCERO

Escena Primera
Londres. Una calle
Clarines. Entran El Principe de Gales, Glóster, Buckingham, El Cardenal Buquiero, Catesbio y acompañamiento.

Buckingham.--
     Bien venido seáis a vuestra casa;
     A Londres, tierno príncipe.
Glóster.--
     Sobrino,
     Bien llegado. Ya rey te considero.
     ¿Te entristeció lo largo del viaje?
Príncipe.--
     No, tío. Más cansado, largo y triste
     Hicieron nuestras cuitas el camino.
     Más tíos saludarme deberían.
Glóster.--
     De tu edad la pureza inmaculada
     No buceó del mundo los engaños.
     Al hombre juzgas sólo por su aspecto,
     Que el corazón refleja raras veces.
     Falaces eran tus ausentes tíos;
     A sus frases de almíbar atendías
     Sin ver ses corazones ponzoñosos:
     De ellos y amigos falsos Dios te libre.
Príncipe.--
     De amigos falsos sí, mas no de ellos.
Glóster.--
     Aquí el alcalde a saludarte llega
                                                      (Entran el alcalde de Londres y su séquito.)
Alcalde.--
     Dé a vuestras alteza Dios salud y dicha.
Príncipe.--
     Gracias os doy, señor. Gracias a todos
                                                  (El alcalde y su séquito se retiran.)
     Creía que mi madre y York, mi hermano,
     Antes venido hubieran a abrazarme.
     ¡Y, el perezoso Hastines que no llega
     A decirme si vienen o no vienen!
Buckingham.--
     Aquí se acerca y de sudor cubierto.
                                                    (Entra Hastines.)
Príncipe.--
     Bien venido seáis. ¿Vendrá mi madre?
Hastines.--
     Dios sabrá, que yo no, por qué la reina,
     Vuestra madre, se acoge a santuario
     Con vuestro hermano York. El inocente
     Venido hubiera a ver a vuestra alteza,
     Mas su madre a la fuerza lo retuvo.
Buckinham.--
     ¡Cuán torpe y cuán pueril camino toma!
     A la reina que mande a York, su hijo,
     Para encontrar al príncipe, su hermano,
     Decirle, cardenal. Si se negare...,
     Hastines, id con él, y a viva fuerza
     De sus celosos brazos arrancadlo.
Cardenal.--
     Si separar con mi oratoria escasa
     Puedo a York de los brazos de su madre,
     Pronto aquí lo tendréis. Mas, si no cede
...





       William Shakespeare, Ricardo III. Madrid. Biblioteca Edaf, Edicion: 1997. Pag 102.
       Seleccionado por Javier Arjona Piñol. Primero de bachillerato, curso 2016-2017.

Argonaúticas, Apolonio de Rodas

                                                               Canto III
 
      Hijos de mi hija y de Frixo, al que sobre todo los huéspedes honré en mi palacio, ¿cómo venís de Ea de regreso? ¿Acaso alguna desgracia ha truncado por medio vuestro viaje? No me hicisteis caso cuando os advertí de la inmensa longitud de la ruta, Pues yo la conocía por haber dado la vuelta una vez en el carro de mi padre Helios, cuando llevaba a mi hermana Circe allá a la tierra occidental y arribamos a la costa de la región Tirrena, donde aun ahora habita, muy lejos de la Cólquide Ea. Mas ¿que provecho hay en las palabras? Lo que surgió ante vuestros pasos, decidlo claramente, y quiénes son estos hombres que os acompañan, y dónde habéis desembarcado de la cóncava nave.
     A tales preguntas, temeroso por la expedición del Esónida, respondió Argos dulcemente, adelantándose a sus hermanos, pues era el primogénito:
     Eetes, aquella nave pronto la destrozaron tempestades violentas, y a nosotros mismos, encogidos bajo un madero, nos arrojó el oleaje hasta el firme de la isla de Enialio bajo la tenebrosa noche. Algún dios no salvó. Pues aquellas aves de Ares que antes anidaban por la desierta isla, ni siquiera las encontramos ya; sino que estos hombres las habian expulsado, tras desembarcar de su nave en el dia anterior. Y los habia retenido, apiadándose de nosotros, la voluntad de Zeus o algún azar, ya que en seguida nos dieron en abudancia alimento y vestidos, al oír el nombre ilustre de Frixo y el tuyo propio.

Apolonio de Rodas, Argonáuticas, Madrid, 1995, Biblioteca básica Gredos. Pág 128-129.
Seleccionado por David Francisco Blanco, Primero de Bachillerato, Curso 2016/2017.
   










Los acarnienses, Aristófanes



LOS ACARNIENSES

DICÉOPOLIS
    ( Tras un silencio) ¡Cuántas veces me he reconcomido el corazón! Pocas, muy pocas, me he alegrado: cuatro. Mis pesares fueron tantos como las arenas de la playa. ¡Ea!, veamos, ¿qué satisfacción tuve digna de   `gocedumbre´. Yo sé lo que vi con regocijo de mi alma: los cinco talentos que vomitó Cleón. ¡Cómo me refocilé con eso! Por esa acción me caen bien los caballero. Fue, en verdad, benemérita para la Hélade. Pero, en cambio, sentí un dolor trágico, cuando esperaba boquiabierto a Esquilo y heraldo pregonó:"Teognis, saca el coro a escena" ¿Qué vuelco te crees que eso me dio al corazón? Sin embargo, tuve otra alegría cuando después de Mosco entró  Dexíteo a cantar una tonada beocia. En cambio, el año pasado estuve a pique de morir y de quedarme bizco cuando vi Queris asomar la cabeza para atacar el himno ortio. Pero nunca, desde que me lavo, me escoció tanto el jabón en las cejas como ahora: la asamblea ordinaria estaba convocada para el amanecer, y mirad (señalando a su alrededor),  la Pnix está desierta. Ellos, charla que te charla en el ágora, esquivan arriba y abajo la maroma almagrada. Los prítanes no llegan sino a deshora, y luego-imagínatelo- ¡cómo se empujan y precipitan los unos sobre los otros para disputarse el primer banco, abalanzándose todos a la vez! El que haya paz no les importa nada. ¡Oh! ciudad, ¡oh! ciudad. Yo, sin embargo, llego siempre antes que nadie a la asamblea y me siento. Luego, aburrido de estar solo, suspiro, bostezo, me estiro, me peo, no sé qué hacer, dibujo en el suelo, me arranco pelos, hago mis cuentas, con la mirada puesta en mi tierra, deseoso de paz, aborreciendo la ciudad, añorando mi pueblo, jamás pregonó "compra carbones", ni  "compra vinagre", ni "compra aceite", y ni siquiera conocía eso de "compra", pues por sí mismo producía de todo y no había allí quien te aserrara el oído gritando "compra". 
     Pero hoy vengo dispuesto sin más a dar voces, a interrumpir, a insultar a los oradores, si se habla de otra cosa que no no sea la paz. (Entra un grupo precipitadamente) ¡Tate! ya están aquí los prítanes, ¡a mediodía! ¿ No lo anunciaba yo? Ya está: lo que decía. Todo quisque se empuja hacia la presidencia.  


Aristófanes, Comedias, editorial gredos S.A, publicada en Madrid 2000, obra: Los Acarnienses ,página:31,32,33.
Seleccionado por Lara Esteban González, primero bachillerato, curso 2016-2017.

Odas y fragmentos, Píndaro


NEMEA IV (473?)

A TIMASARCO DE EGINA,
VENCEDOR EN LA PALESTRA


por esposa logró a una de las Nereidas de tronos excelsos.
Y vio el lugar de hermoso  círculo trazado,
 en el que asentados los reyes del cielo y del mar
le mosraron sus dones y fuerzas a él destinada.
¡ No se puede llegar al oscuro poniente de Gades!¡ Vuelve 
de nuevo a la tierra de Europa los dela nave!
Porque me es imposible recorrer por entero
la historia de los hijos de Éaco.

Para los teándridas vine, resuelto heraldo
de los certamenes que avigoran los cuerpos
en Olimpia, en el Istmo y Nemea - como di mi palabra-.
Allí superando la prueba, no volvieron a casa
sin coronas cargadas de frutos gloriosos, donde oímos,
Timasarco, que tu propio linaje se pone al servicio
de las canciones (coros) victoriales. Y si me pides
aún que a tu tío materno, a Calicles,

una columna levante más blanca que el mármol de Paros, (escucha)
Como el oro hirviendo en crisol
todos sus rayos revela, así el himno sobre nobles
hazañas pone a un hombre en dicha pareja
a los reyes. ¡Aquél, que ahora habita el Aqueronte, pueda 
oír mi voz que le canta allí donde él en la fiesta 
del dios de Tridente, que el abismo sacude,
triunfante floreció con el apio corintio!



Píndaro, Odas y fragmentos, editorial Gredos S.A. Publicada en Madrid 2002. Obra : NEMEA IV, Página 165/166
Seleccionado por Andrea Martín Bonifacio, primero de bachillerato, curso 2016/2017.

Crimen y castigo, Dostoievski

                                                               SEXTA PARTE

                                                                          VI

Aquella noche, hasta las diez, anduvo vagando por diversas tabernas y cloacas, de una en otra. Encontró en una de ellas a Katia, la cual estaba cantando otra tonada lacayuna,alusiva a alguien ruin y tirano que

                                                          había osado besar a Katia.

     Svidrigáilov dio de beber a Katia y al chico del organillo y a los cantores y lacayos y a dos escribientillos. Con estos escribientillos había trabado conversación especialmente porque tenían las narices de través: uno torcida hacia la derecha y el otro hacia la izquierda, lo cual hubo de chocarle a Svidrigáilov. Ellos le levaron, finalmente, a cierto jardín divertidísimo, donde él les pagó la entrada. En el referido jardín había, por junto, un abetito muy fino, de unos tres años, y tres arbustos. Había, además, un local titulado vauxhall, pero que, en realidad, era una taberna, donde también se podía tomar té, y había, además, unas cuantas mesitas y velitas pintados de verde. Un coro de cantadoras repulsivas y algún alemán de Munich beodo, por el estilo de un payaso, con la nariz colorada, pero sin saberse porqué sumamente triste, alegraban al público. Los escribientillos hubieron de enredarse en discusiones con otros escribientillos que por allí encontraron, y sobrevino la gresca. Svidrigáilov fue elegido por ellos como árbitro. Los juzgó en un cuarto de hora, pero ellos gritaban tanto, que no había medio alguno de sacar nada en limpio. A la cuenta, uno de ellos había robado algo y vendídoselo a un judío; pero después de haber vendido la cosa, no había querido partir su importe con su compañero. Resultó, finalmente, que el objeto vendido era una cucharilla de té que pertenecía a la casa. Habíala cogido allí, y el asunto empezaba a asumir enojosas proporciones. Svidrigáilov abonó el valor de la cucharilla, levantóse y se fue del jardín. Eran alrededor de las diez. No había bebido en todo aquel tiempo ni una gota de vino, y en el vauxhall tan sólo había tomado té, y más que nada por cumplir. Hacía una noche bochornosa y sombría. A las diez empezaron a levantarse por todas partes en el horizonte unas nubes terribles; retumbó el trueno y empezó a llover a raudales. Caía el agua no a goterones, sino en forma de verdaderos torrentes que se precipitaban sobre la tierra. El relámpago refulgía a cada instante, y se podía contar hasta cinco en el tiempo que duraba cada fogonazo. Calado hasta los huesos, encaminóse a su casa, entró, cerró la puerta, abrió su bureau, sacó de allí todo su dinero y rasgó dos o tres papeles. Luego, metiéndose el dinero en los bolsillos, dispúsose a cambiarse de ropa, pero habiendo mirado por la ventana y oído la tormenta y la lluvia, dejó caer las manos, cogió el sombrero y se fue, sin cerrar la puerta. Encaminóse directamente al cuarto de Sonia. Ésta se hallaba en casa.
     No estaba sola; en torno a ella estaban los cuatro hijitos de la Kapernaúmova. Sofía Semíonovna les había convidado a té. En silencio y respetuosamente vio entrar a Svidrigáilov; fijóse con asombro en su empapado traje, pero no dijo una palabra. Todos los chicos echaron a correr, poseídos de indescriptible espanto.


     Fiodor Mijailovski Dostoievski, Crimen y castigo, RBA Editores, 1994, Historia de la Literatura, páginas 459-460.
     Seleccionado por Rodrigo Perdigón Sánchez, primero de bachillerato. Curso 2016-2017.

La madre, Máximo Gorki

SEGUNDA PARTE

1

       El resto del día flotó en una niebla coloreada de recuerdos, en un cansancio sumo que oprimía cuerpo y alma. Ante los ojos de la madre salía danzando el oficialete, como una mancha gris; el rostro bronceado de Pavel, los ojos sonrientes de Andrés relucían en un torbellino negro y rápido...
       Iba y venía la madre por la habitación, sentábase a la ventana, miraba a la calle, volvía a levantarse y fruncía el ceño; se estremecía y miraba en derredor; buscaba con la cabeza hueca, sin saber ella misma lo que deseaba... Bebió agua sin apagar la sed, sin extinguir en el pecho el brasero ardiente de angustia y humillación que le consumía. Se había cortado el día en dos, llena una parte de sentido y sustancia, como evaporada la otra, en un vacío absoluto. Pelagia no hallaba contestación a la pregunta llena de perplejidad que se planteaba:
       - Y ahora... ¿qué hacer?
       Llegó María Korsunova. Hizo muchos ademanes, gritó, lloró, pataleó, propuso y prometió quién sabe qué, amenazando quién sabe a quién. Pero nada de aquello conmovió a la madre.
       - ¡Ah! -decía la voz chillona de María-. Sea como sea, el pueblo ha llegado a enterarse... ¡La fábrica se ha levantado, se ha levantado, toda entera!


       Máximo Gorki, La madre. Madrid, Edaf. Biblioteca Edaf, primera edición, 1982. Página 201.
       Seleccionado por Andrea Alejo Sánchez. Primero de bachillerato, curso 2016-2017.

jueves, 11 de mayo de 2017

Apolonio de Rodas, Argonáuticas

    <
      Dijo exhortándolos. Mas ellos se horrorizaron al escucharlo. Pues decían que no serían acogidos favorablemente por Eetes si deseaban llevarse el vellón del carnero.





Apolonio de Rodas, Argonáuticas, Madrid, 1995, Biblioteca básica Gredos. Páginas 110 y 111.
Seleccionado por Marta Talaván González, Primero de Bachillerato, Curso 2016/2017.

Dafnis y Cloe, Longo

       <<¡Los vaqueros!>>, exclamó el vaquero, mientras hacía virar la barca con la intención de navegar de vuelta.
       Al mismo tiempo se cubrió la tierra de gentes feroces y salvajes, de hombres todos de alta estatura y de tez negra (no de tanta pureza como la de los indios, sino como podría ser la de un mestizo etíope), con cabezas rapadas, pies menudos y gruesos cuerpos. Y todos hablaban una lengua extraña. Con un <<¡estamos perdidos!>> el piloto detuvo el barco, pues el río se estrechaba en aquel punto, y subiendo a bordo cuatro de los piratas se apoderan de cuanto había en la nave, se llevan nuestro oro y, atándonos y encerrándonos en un camarote, se marchan luego de dejarnos unos vigilantes con el propósito de conducirnos al día siguiente ante su rey, título con el que nombraban al bandido de más categoría. Se trataba de un camino de dos días, según escuchamos de boca de los que habían sido apresados con nosotros.
       A la llegada de la noche, echado allí, según estábamos cargados de cadenas, y dormidos los guardianes, entonces, cuando ya me fue posible, rompí a llorar por Luecipa. reflexionando en cuántos infortunios le había acarreado por mi culpa, gemía en lo profundo de mi alma, aunque soterraba en mi el sonido de mis sollozos.
       <<¡Dioses y espíritus divinos!, exclamaba, si es que existís y me prestáis oído, ¿qué falta tan grave hemos cometido para vernos sumergidos en pocos días en tan gran número de males? Y ahora, además, nos ponéis en manos de unos bandidos de Egipto, para que ni aun compasión hallemos. Pues a un bandido griego nuestra voz lo hubiera conmovido y el ruego ablandado, ya que con harta frecuencia la palabra es procuradora de la compasión: que la lengua, al prestar sus servicios a los dolores que el alma que así se vierten en una súplica, amansa la cólera del corazón de sus oyentes. 


       Longo, Dafnis y Cloe. Madrid, Editorial Gredos, 2002, página 183.
       Seleccionado por Gustavo Velasco Yavita. Primero de bachillerato, curso 2016-2017

Robinsón Crusoe, Daniel Defoe




Capítulo XI

VIERNES
    Ordené a Viernes que recogiese todos los cráneos, huesos, carne y todos los restos, y que los pusiese juntos en un montón y encendiera un gran fuego encima, hasta reducirlos a ceniza.Vi que Viernes tenía aún un estómago que apetecía aquella carne, y que por naturaleza es todavía un caníbal; pero mostré tanto horror ante la simple idea de ello y ante el temor de sus indicios, que no se atrevió a manifestarlo; pues, de diversas maneras, le había dado a entender que le mataría si lo intentaba.
    Una ves hubimos hecho esto volvimos a nuestro castillo y allí me puse a trabajar para mi criado Viernes; y lo primero de todo le di unos calzones de hilo , que había sacado del baúl del pobre artillero que ya mencioné, y que había encontrado en el barco hundido; y que con unos pequeños cambios le sentaron muy bien; luego le hice una pelliza de piel de cabra, tan bien como mi habilidad me permitió; y ahora me había ya convertido en un sastre aceptable; y le di un gorro, el cual había hecho de piel de liebre, muy cómodo y bastante bien confeccionado; y así quedó vestido por el momento, de un modo aceptable, y él estaba enormemente contento de verse casi tan vestido como su amo. Es cierto que al principio se sentía muy embarazado con estas cosas; llevar los calzones le resultaba muy embarazoso, y las mangas de la pelliza le molestaban en los hombros y en los sobacos; pero ensanchándoselos un poco cuando se quejaba de que le hacían daño y al irse acostumbrando, por fin se amoldó a ellos muy bien


Daniel Defoe, Robison Crusoe, editorial planeta, publicada en Barcelona 1994,capítulo: XI,página: 184.
Seleccionado por Lara Esteban González, primero bachillerato, curso 2016-2017.

Odas y fragmentos, Píndaro

OLÍMPICA VIII (460)

A ALCIMEDONTE DE EGINA,
VENCEDOR EN LA PALESTA INFANTIL

   ¡Oh Madre de los certámenes de áureas coronas, Olimpia,
reina de la verdad!, donde varones adivinos, 
atisbando en llameantes ofrendas, tantean el designo
    de Zeus señor de los rayos,
por si tiene oráculo alguno acerca de los hombres
que en su corazón se esfuerzan
por lograr recompensa de grandes virtudes
y respiro después de fatigas.

A las plegarias de los hombres, gracias a su piedad, de da cumplimiento
Mas,¡oh sacro recinto de Pisa de hermosa arboleda cabe el Afeo!,
acge aqueste cortejo y la ofrenda de coronas.
    Grande, sí, es la fama por siempre
para aquel a quien tu don luminoso acompaña.
Pero, de los bienes, unos llegan a uno,
otros a otro, y hay muchos caminos
de felicidad con cuya ayuda de los dioses.


Píndaro, Odas y fragmentos, editorial Gredos S.A. Publicada en Madrid 2002. Olímpica VIII, página 38/39.
Seleccionado por Andrea Martín Bonifacio, primero de bachillerato, curso 2016/2017.

jueves, 4 de mayo de 2017

Jean Racine, Andrómaca


Acto segundo

Primera escena

HERMÍONE

    ¿Por qué quieres, cruel, enconar esta herida?
Tengo miedo a saber cómo soy en tan trance.
Te lo ruego, no creas lo que ves con tus ojos:
cree más bien que ya no amo, mi victoria celebra;
cree que a mi cvorazón lo endurece el despecho;
y si puedes consigue que también yo lo crea.
Que le deje me pides. ¡Pues bien!¿Qué me detiene?
Sí, partamos, dejémosle con su indiga conquista.
Que conquiste por fin su cvautiva al guerrero.
Hay que huir... ¡Mas si vuelve mi amor al ingrato!
¡Si volviera a ser fiel su traidor corazón
¡Si acudiese a mis pies a pedirme su gracia!
¡Ay, amor, si pudiera someterle a mis leyes!
¡Si quisiera...!Mas no, solo quiere afrentarme.
Nos salgamos de aquí y turbemos su dicha;
que nos sea un placer poder serle importunos;
u obligando a que rompa tan solemne promesa,
que se muestre perjuro ante todos los griegos.
Ya he logrado atraer sobre el hijo su cólera;
ahora quiero que exijan además a la madre.
Que conozca el dolor que ella me hace sufrir;
que por ella se pierde o que dé muerte a Andrómaca.

Jean Racine, Andrómaca, Acto segundo, Escena primera, Barcelona, RBA editores, Colección Historia de la Literatura, 1994, págs 28
Seleccionado por Andrea Martín Bonifacio, primero de bachillerato, curso 2016/2017.

La campesina, Moravia


CAPITULO II

       Desperté al cabo de una hora, tal vez, y el tren estaba parado, en un gran silencio. Dentro del vagón, ahora, no podía casi respirarse por el calor; Rosetta estaba de pie y asomada a la ventanilla, mirando no sé qué. Muchos más estaban asomados también en fila, a lo largo del vagón. Me levanté trabajosamente porque me sentía atontada y sudorosa y me asomé yo también. Hacía sol, el cielo era azul, el campo verdeaba, las colinas estaban cubiertas de viñedos, y, en lo alto de una de las colinas, justo frente al tren, había una casita blanca en llamas. De las ventanas salían rojas lenguas de fuego y nubes de humo negro, y aquellas llamas y aquel humo eran lo único que se movía alrededor, porque todo en el campo estaba inmóvil y tranquilo, un día verdaderamente perfecto, y no se veía a nadie.Luego, en el vagón, todos gritaron:
       -Ahí va, ahí va.
       Miré al cielo y vi un insecto negro a la altura del horizonte que casi en seguida tomó forma de avión y desapareció. Después, de repente, lo oí sobre la cabeza sobrevolar el tren, con un terrible estruendo de chatarra enloquecida, y en medio del estruendo se oía como un martilleo de máquina de coser. El estrépito duró un instante, luego se atenuó e inmediatamente después hubo una explosión muy fuerte y muy próxima y todo el mundo se tiró al suelo en el vagón, salvo yo, a quien no me dio tiempo y ni siquiera pensé en ello. Por lo que vi la casita incendiada desaparecer en una gran nube gris que en seguida empezó a extenderse sobre la colina, bajando a bufidos hacia el tren, ahora, había silencio de nuevo, la gente se ponía en pie casi incrédula de seguir con vida y, luego, todos volvieron a asomarse y a mirar. El aire, ahora, estaba lleno de un polvillo que hacía toser; después, la nube se desflecó lentamente y todos pudimos ver que la casita blanca ya no estaba. El tren, al cabo de unos minutos, reanudó la marcha.
       Aquello fue lo más importante que ocurrió durante el viaje. Hubo muchas paradas, siempre en pleno campo, a veces de media hora o una hora, por lo que el tren, para hacer un viaje que en tiempos normales habría durado más o menos dos horas, tardó casi seis. Rosetta, que tanto miedo había pasado en Roma durante el bombardeo, esta vez, después de la voladura de la casita blanca, cuando el tren arrancó, dijo:
      -En el campo me da menos miedo que en Roma. Aquí hace sol, se está al aire libre. En Roma tenía mucho miedo de que la casa se me cayese encima. Aquí, si muriese, al menos vería el sol.
       Entonces, uno de los que viajaban con nosotras en el pasillo, dijo:
      -Yo, de muertos, he visto al sol, en Nápoles. Había dos hileras en los andenes, después del bombardeo. Parecían montones de ropa sucia. El sol lo vieron perfectamente antes de morir.
       Y otro comentó burlonamente:
      -¿Cómo dicen en Nápoles, en la canción? O sole mio?
       Pero nadie tenía verdaderas ganas de hablar y mucho menos de bromear; así que estuvimos callados durante todo el viaje.

 Moravia, La campesina. Editoral Coleccionables, S.A. Barcelona, 2000, página 32.
     Seleccionado por Andrea Sánchez Clemente. Primero de Bachillerato. Curso 2016/2017

Robinsón Crusoe, Daniel Defoe



Capítulo X
LOS CANÍBALES

    Pero sigamos adelante. Tras haber puesto a salvo de este modo una parte de mi rebaño, me puse a recorrer toda la isla buscando otro lugar retirado para hacer allí otro depósito semejante; cuando, vagando más hacia el extremo oeste  de la isla, hacia donde nunca había ido hasta entonces, y contemplando el mar, creí ver un bote en el mar, a gran distancia; yo había encontrado y uno o dos anteojos de larga vista en uno de los baúles de los marineros que había salvado del barco; pero no los llevaba conmigo, y aquello estaba tan lejos, que no hubiera sabido decir qué es lo que era, a pesar de que fijé la mirada hasta que mis ojos no pudieron ya resistir más; si era o no un bote, no lo sé; pero como al bajar de la colina ya no vi nada más, lo dejé correr; sólo que decidí no volver a salir sin llevar en ele bolsillo un anteojo.
 
     Cuando hube bajado de la colina y llegado al extremo de la isla, hacia donde la verdad es que era la primera vez que iba, estaba ya completamente convencido de que el haber visto la huella del pie humano no era una cosa tan extraña en aquella isla como yo había imaginado; y que de no haber tenido la excepcional suerte  de haber sido arrojado a la parte de la isla a donde nunca llegaban los salvajes, fácilmente hubiera sabido que nada les era más habitual a las canoas del continente, cuando les ocurría que se habían alejado demasiado en alta mar, que el ir a parar a aquella parte de la isla que utilizaban como puerto; e igualmente que, como a menudo se encontraban y luchan en sus canoas, los vencedores que hubieran hecho prisioneros, los llevaban a esta playa, en donde, siguiendo sus pavorosas costumbre, ya que eran todos caníbales, les daban muerte y se los comían; de lo cual se hablará en seguida.


Daniel Defoe, Robison Crusoe, editorial planeta, publicada en Barcelona en 1994,capítulo: X,página: 147.
Seleccionado por Lara Esteban González, primero bachillerato, curso 2016-2017.


El doctor Zhivago, Borís Pasternak

25
    Crujiendo por todas partes, los vagones ascendían la montaña, culebreando a lo largo del alto terraplén, a pie del cual crecía un joven bosque. Todavía más abajo extendíanse los prados, de los que se había retirado el agua hacía poco. La hierba, medio cubierta de arena, estaba sembrada de troncos diseminados desordenadamente. Procedentes de algún aserradero, la crecida, alejándolos del curso del río, los había llevado hasta allí.
    El joven bosquecillo estaba todavía casi desnudo, como en invierno. Sólo en los pálidos brotes que lo constelaban como gotas de cera, había algo de superfluo, de insólito, como una especie de borra o hinchazón. Esta superfluidad, esta novedad, esta borra eran la vida, que incendiaba ya algunos árboles con la llama verde del follaje.
    Aquí y allá erguíanse los abedules como mártires heridos por la punta de flecha de las agudas hojitas abiertas. Bastaba verlos para saber a qué olían: a la esencia de la madera de la cual se extrae la laca.
     El tren no tardó en llegar al lugar de donde probablemente procedían los troncos diseminados por el agua. A la vuelta de una curva, apareció en el bosque un claro lleno de serrín y viritas y en medio había un montón de gruesos troncos. En aquella zona destinada a aserrar madera, el tren se estremeció a a causa de un brusco frenazo y se detuvo encorvado sobre el ligero arco de la cuesta.
     La locomotora emitió algunos silbidos, y se oyeron unos gritos. Los pasajeros sabían de qué se trataba, aunque no se hubiesen hecho señales: el maquinista se había detenido para proveerse del material combustible.
     Se abrieron las puertas correderas de los vagones y la población de aquella pequeña ciudad que era el tren saltó a tierra, excepto los militares de los vagones que iban en cabeza, quienes estaban eximidos de trabajo colectivo y tampoco ahora tomaron parte en él.









Borís Pasternak, El doctor Zhivago, Barcelona, Edición Doctor Zhivago, Editorial Noguer, posteriormente ANAGRAMA, S.A, Colección Julio Vivas. 1ºEd 1991, 2º Ed 2002, 3º Ed 2005, página 280.
Seleccionado por Marta Talaván González, Primero de bachillerato, curso 2016/2017.