lunes, 17 de marzo de 2014

Las aventuras de Huckleberry Finn, Mark Twain

CAPÍTULO X

       Después del desayuno, yo quería hablar del muerto y hacer conjeturas sobre como lo habrían matado, pero Jim no quiso. Dijo que eso podría traer mala suerte y que además podría aparecérsenos y espantarnos, porque el espíritu de un hombre que no había recibido sepultura tenía más posibilidades de levantarse y rondar a la gente que el de uno que estuviera bien plantado en tierra y confortable. Parecía bastante lógico, de forma que no volví a hablar del asunto. Pero no podía evitar el seguir pensando en ello, y me hubiera saber quién lo había matado y por qué lo habría hecho.
       Registramos a fondo las prendas que habíamos encontrado y dimos con una bolsita que iba cosida en el forro de un desgastado abrigo de lana y que contenía ocho dólares en monedas de plata. Jim dijo que lo más seguro era que los habitantes de aquella casa hubieran robado aquel abrigo, porque de haber sabido que en él había tanto dinero no lo habrían dejado. Yo le dije que me imaginaba que habían sido ellos los que habían matado a aquel hombre, pero Jim no quiso hablar del asunto.
       -Dices que trae mala suerte hablar de eso -le dije-, ¿pero te acuerdas de lo que me dijiste anteayer cuando cojí la piel de serpiente allá arriba? Pues me dijiste que eso de tocar una piel con las manos era el peor presagio de mala suerte. ¡Y mira tú la mala suerte que nos ha traído! Hemos arramblao con todo esto, y encima tenemos ocho dólares en monedas de plata. ¡Ojalá que sigamos teniendo una mala suerte como ésta, Jim!
       -Na, chico, como quiera. Pero ándate con cuidado porque, ejtá ar caé. Te lo digo yo que ejtá ar caé.
       Y, efectivamente, la mala suerte nos cayó encima. Era un martes cuando teníamos esta conversación. Pues bien, el viernes, después de la cena, estábamos tumbados en la hierba, en la parte superior de la colina, y nos dimos cuenta de que se nos habíaacabado el tabaco. Fui a buscarlo a la caverna y allí me encontré una serpiente cascabel. La maté, y luego, para gastarle una broma a Jim, la enrosqué al pie de su manta. Pensé que sería divertido ver la cara que pondría Jim cuando se la encontrara allí. Pero cuando llegó la noche, me había olvidado por completo de la serpiente; y al tumbarse Jim sobre la manta mientras yo encendía una vela, la pareja de la serpiente muerta estaba allí, y lo mordió.
       Dio un brinco gritando, y lo primero que vimos a la luz de la vela fue el reptil enroscándose, dispuesto a una nueva embestida. Agarré un palo, y en un segundo la dejé fuera de combate, mientras tanto Jim agarró la garrafa de whisky de papá, y empezó a echársela al coleto. Iba descalzo, y la serpiente lo había mordido en el mismo talón. Todo había ocurrido por ser yo tan imbécil y no cordarme que siempre que se mata a una serpiente, la compañera acude en seguida a enroscarse al lado del cadáver. Jim me dijo que cortara la cabeza de la culebra y la tirara lejos, y luego que le quitara la piel y le asara un pedazo. Así lo hice, y se comió el pedazo asado diciendo que eso le ayudaría a curarse. Me hizo también sacar los cascabeles y atárselos a las muñecas. Dijo que eso le alviaba. Entonces yo me deslicé quedamente, cogí las dos serpientes y las arrojé bien lejos entre los matojos; porque quería evitar, en la medida de lo posible, que Jim se enterara de que lo sucedido había sido culpa mía.
       Jim siguió empinando el codo, y de vez en cuando perdía la cabeza y se echaba al suelo y se ponía a gritar y a revolcarse; pero cuando volvía en sí se agarraba de nuevo a la garrafa, y a beber. Pero poco a poco la bebida fue haciendo su efecto y yo pensé que ya estaba mejor: de cualquier forma, prefiero que me muerda una serpiente a que me agarre el whisky de papá.

Las aventuras de huckleberry finn, Mark Twain. Capítulo décimo, pags 73 y 74. Editorial: Magisterio español, Madrid, 1976. Seleccionado por: Natalia Sánchez Martín. Curso: Segundo de bachillerato, 2013-2014.

Nuestra Señora de París, Victor Hugo.

      Quasimodo


      En un abrir y cerrar de ojos todo quedó dispuesto para poner en práctica la idea de Coppenole. Burgueses, estudiantes y curiales se habían puesto a trabajar. La pequeña capilla situada frente a la mesa de mármol fue escogida como escenario para las muecas. Se rompió un cristal rosetón de encima de la puerta, dejando libre un círculo de piedra que serviría para que por él asomaran la cabeza los concursantes. Para llegar a él bastaba con encaramarse a un par de toneles que salieron no sé de dónde y que se pusieron uno sobre el otro en equilibrio inestable. Se decidió que cada candidato, hombre o mujer (ya que también se podía elegir una papisa) a fin de que la impresión de su mueca quedase inédita y completa, debía cubrirse el rostro y permanecer oculto en la capilla hasta el momento de hacer su aparición. En menos que canta un gallo la capilla quedó llena de concursantes, tras los cuales se cerró la puerta.
         Coppenole, desde su sitio, todo lo dirigía, todo lo arreglaba. Durante la algarabía, el cardenal, no menos desconcertado que Gringoire, pretextando tener que resolver algunos asuntos y asistir a las vísperas, se había retirado con su séquito, sin que la multitud que tanto se había excitado con su llegada, diera la menor importancia a su partida. Guillaume Rym fue el único que se dio cuenta de la retirada del cardenal. La atención pupular, lo mismo que el sol, proseguía su carrera; habiendo partido de una extremidad del salón, y después de haberse detenido algún tiempo en su centro, se hallaba ahora en el extremo opuesto. La mesa de mármol, el estrado de brocado habían tenido sus respectivos momentos; ahora le había llegado el turno a la capilla de Luis XI. Toda locura tenía ahora campo libre. Ya sólo quedaban los flamencos y la plebe.
        Empezaron las muecas. El primer rostro que asomó por el tragaluz con los párpados enrojecidos, la boca desmesuradamente abierta, como una gárgola, y la frente llena de arrugas, como las botas de los húsares del imperio, provocó tal estallido de carcajadas que Homero hubiera tomado a aquellos plebeyos por dioses del Olimpo. Pero aquel gran salón en nada se parecía al Olimpo y el pobre Júpiter de Gringoire lo sabía mejor que nadie. Vino la segunda, la tercera mueca, y otra y otra más, todas coreadas por risas y redoblado jolgorio. Había en aquel espectáculo yo no sé qué vértigo especial, yo no sé qué poder embriagante y fascinador del que sería difícil dar idea al lector de esta época y de estos salones. Imaginaos una serie de caras presentando sucesivamente todas,das las figuras geométricas,desde el triángulo al trapecio, desde el cono al poliedro; todas las expresiones humanas, desde la ira a la lujuria; todas las edades, desde las arrugas del recién nacido hasta las de la vieja moribunda; todas las fantasmagorías religiosas, desde las fauces al pico, desde el morro al hocico.



Victor Hugo, Nuestra señora de París, editorial Alianza Editorial, páginas 71-72.
 Seleccionado por Paula Sánchez Gómez, segundo de bachillerato, curso 2013-2014.

Cuentos de navidad "La campana, cuento de duendes", Charles Dickens

       El tío de la niña le dijo que sí, y, saludándose apresuradamente, ambos cambiaron algunas palabras, resultado de las cuales fue que la señora Chickenstalker sacudió a Fern con ambas manos, saludó a Trotty dándole un beso en la mejilla, de todo corazón, y abrazó a la niña hacia su enorme pecho.
       -¡Will Fern! -dijo Trotty, tirándole del puño derecho-. ¿Es esta la amiga que estabas buscando?
       -¡Ay! -contestó, poniendo sus manos en los hombros de Trotty-. Y parece ser casi tan buena amiga, si ello fuera posible, como éste que he encontrado.
       -¡Oh! -dijo Trotty-. Pasen y vengan a tocar la música, por favor. ¿Serán tan amables?
       Música de la banda, de las campanas, de los instrumentos rústicos; todo a la vez; y mientras tanto, las campanas de la iglesia estaban aún muy ocupadas, en el exterior; y mientras las campanas de la iglesia sonaban, Trotty, dejando que iniciaran el baile Meg y Richard, invitó a la señora Chickenstalker a salir a bailar, y bailó con un estilo desconocido en él, antes o después de aquel día, basado en su propio trotecillo peculiar.
       ¿Había soñado Trotty? ¿O acaso sus alegrías y sus penas, y los actores de ellas, no fueron sino un sueño, y el narrador de esta historia otro soñador que ahora despierta? Si así fuera, lector, a quien el narrador recuerda en todas sus visiones, intenta recordar siempre las realidades vivas de donde proceden esas sombras, y en tu propio entorno -no hay entornos demasiado grandes ni demasiado pequeños para esos propósitos-, esfuérzate por corregirlas, mejorarlas y dulcificarlas. Y que así el nuevo año sea realmente para ti un año nuevo feliz, un año nuevo feliz también para tantos cuya felicidad de ti depende. Y que cada año sea mejor que el pasado y que ni el más miserable de nuestros hermanos y hermanas se vea privado de la parte que le toca de lo que el Creador de todos ha formado para que todos lo disfrutemos.



Charles Dickens, Cuentos de navidad. Las campanas, cuento de duendes; cuarta parte. Gaviota, Biblioteca Universal de Clásicos Juveniles, Madrid, 2005, página 188. Seleccionado por Sara Paniagua Núñez, segundo de bachillerato, curso 2013/2014.

Fausto, Johann W. von Goethe


                                        La noche

                            (Un cuarto pequeño y aseado)


      Margarita.-(Arreglándose el cabello.) Daría cualquier cosa por saber quien era aquel caballero de esta mañana: su rostro y su porte indicaban claramente la nobleza de su estirpe. ¿Cómo, a no ser así, hubiese sido tan atrevido? (Entran Metitófeles y Fausto)
      Metitófeles.-Entrad, pero despacio; entrad.
      Fausto.-(Después de una pausa.) Te suplico que me dejes solo.
      Mefitófeles.-(Resgistrandolo todo.) No todas las jóvenes tienen su cuarto tan limpio.
      Fausto.-(Mirando entorno suyo.) Salud dulce crepúsculo que reinas en este santuario; embarga mi corazón, grata melancolia de amor que el perfume de la esperanza anima. ¡Todo respira aquí paz, orden y contento! ¡Cuánta abundancia en esta pobreza, cuánta dicha en este calabozo! (Se sienta en un sillón de cuero que hay junto a la cama.) ¡Recíbeme o tú, que has tenido los brazos siempre abiertos para coger a las pasadas generaciones. tanto en su dolor como en su alegría! ¡Cuántas veces los niños en tropel se habrían sorprendido entorno a este trono patriarcal! Acaso también mi amada habrá venido aquí más de una vez cuando niña de frescas y rosadas mejillas a besar la descarada mano del abuelo, no sin dirigir antes una mirada e inocencia y de candor a ese Cristo divino. Siento vagar en derredor, ¡oh hermosura niña!, ese espíritu de economía y de orden que te instruye cada día como una tierna madre que te inspira el modo como debe tenderse el tapete sobre la mesa y te indica hasta los átomo de polvo que vuelan por tu habitación. ¡Oh dulce mano parecida a la mano de los dioses! Tú conviertes es humilde recinto en celestial morada, allí... (Alza una colgadura del lecho.) ¡Qué delirio se apodera de mi! Quisiera estar aquí horas enteras sin notar la duración del tiempo; allí fue, ¡ oh naturaleza!, donde en dulces sueños completastes a aquel ángel ; allí donde reposa aquella niña, cuyo tierno seno palpita de calor y de vida ; allí donde una pura y santa actividad se desenvolvió la imagen de los dios. Y a ti, ¿quién te ha conducido a ti? ¡Cuán profunda es la emoción que siento! ¿por qué de tal modo se me oprime el corazón? ¡Miserable Fausto, ya no te conozco! Me hallo envuelto en una encantadora atmósfera. ¡Ávido buscaba los deleites, y ahora me pierdo en amorosos sueños! ¿Si seremos juguete de cada ráfaga que sople? Y si llegase ella a entrar en este instante, ¡cuál cara pagarías tu audacia! ¡Cuán pequeño seria y como desaparecería ante ella el gran hombre!
       Mefistófeles.-Date prisa, porque ya lo veo llegar.
       Fausto.-Alejémonos, pues no quiero volver de nuevo auí.
       Mefistófeles.-He aquí una cajita que pesa regularmente y que he recogido en cierto punto: me tedla en el armario y os juro que os hará perder el juicio. He puesto en ella varias chucherías para alcanzar una sola cosa. Bien lo sabéis: el niño siempre es niño, y un juego siempre es un juego.




Johann W. Goethe, Fausto, Primera parte, Biblioteca Edaf, Madrid, 1985, Páginas 95-96. Seleccionado por: Laura Tovar García, segundo de bachillerato, curso 2013-2014.






Germinal, Emile Zola


        En Jean-Bart, Catherine hacía una hora que trabajaba empujando las vagonetas hasta el relevo; y estaba empapada en tal cantidad de sudor que se detuvo un momento para secarse la cara.
En el fondo del corte, donde picaba en la vena con los compañeros del destajo, Chaval se extrañó cuando dejó de oír el ruido de las ruedas. Las lámparas quemaban mal y el polvo del carbón impedía ver.
-¿Qué pasa? -gritó.
Cuando ella le hubo respondido que iba a derretirse y que sentía que le estallaba el corazón, contestó furioso:
-Animal, haz lo mismo que nosotros, quítate la camisa.
Ocurría a setecientos ocho metros hacia el Norte, en la primera vía de la vena Désirée, separada por tres kilómetros del arranque. Cuando hablaban de esa zona del pozo los mineros de la región palidecían y bajaban la voz, como si hablasen del infierno; y la mayoría de las veces se contentaban con mover la cabeza, como hombres que preferían no hablar de aquellas profundidades de brasa ardiente. A medida que las galerías se hundían hacia el Norte, se acercaban al Tartaret, penetraban en el incendio interior que calentaba arriba las rocas. Los cortes, en el punto a que se había llegado, tenían una temperatura media de cuarenta y cinco grados. Se encontraban en plena ciudad maldita, en medio de las llamas que los transeúntes de la llanura veían por las fisuras, escupiendo azufre y vapores abominables.
Catherine, que ya se había quitado la chaqueta, vaciló primero y luego se quitó los calzones; con los brazos desnudos, la camisa ceñida a las caderas por una cuerda, como una blusa, volvió a empujar las vagonetas.



     Émile Zola, Germinal. Quinta parte, Alianza Editorial, Madrid, 2005, página 347.
     Seleccionado por Sara Paniagua Núñez, segundo de bachillerato, curso 2013/2014.

lunes, 24 de febrero de 2014

Leyendas del Cáucaso y de la Estepa, Alexandre Dumas

        Canción de cuna

     Sin hacerse idea de lo tarde que era ya, un día en que peleaba la pava colgada del brazo jardinero, el ama oyó que daban las doce. Y de pronto cayó en la cuenta de que había dejado solo al pequeño Hermann desde las siete de la tarde. Regresó al castillo de manera precipitada y, al amparo de la oscuridad, cruzó por el patio sin que nadie la viera. Llegó hasta la escalera y subió, sin dejar de mirar con inquietud a todos lados, sin hacer ruido al andar y sin apenas respirar, porque a falta de los reproches que no le hacían el conde, por su despreocupación, y la condesa, por su falta de cariño, su conciencia no dejaba de recordarle que censurable su negligencia. Sin embargo, se quedó mas tranquila cuando, al acercarse a la puerta de habitación, no oyó los gimoteos del  niño: probablemente, se habría quedado dormido de tanto llorar. Más tranquila, pues buscó la llave en su bolsillos, la introdujo con cuidado en la cerradura, la hizo girar muy lentamente y empujó la puerta con suavidad.
      Pero después de que la puerta cediera y ella paseara su mirada por la estancia, aquella malvada ama se puso lívida y se echó a temblar, porque sus ojos vieron algo que  resultaba incomprensible. A pesar de que, como ya hemos dicho, tuviera la llave en el bolsillo, llave de la que no existía ninguna copia, una mujer había entrado en la habitación durante su ausencia; una presencia femenina, pálida, taciturna y sombría, estaba de pie al lado del pequeño Hermann. Su mano mecía lentamente la cuna, mientras que de sus labios, blancos como el mármol, brotaba una canción que no había sido compuesta para voces humanas.





Alexandre Dumas, Leyenda del Cáucaso y de la Estepa, pág. 34-35. Seleccionado por Paula Sánchez Gómez, segundo de Bachillerato, curso 2013-2014.

Nuestra señora de París, Victor Hugo.

                                                               V
                                      LA LLAVE DE LA PUERTA ROJA

       El archidiácono había llegado a enterarse por los rumores de la calle de qué forma se había salvado la egipcia y cuando lo confirmó no supo lo que sintió. Se había hecho a la idea de la muerte de Esmeralda y de esta manera vivía tranquilo pues había llegado a la sima más profunda del dolor. El corazón humano (dom Claude había meditado mucho sobre este tema) no puede aguantar más que un cierto grado de desesperación. Cuando la esponja está ya totalmente empapada, el mar puede cubrirla pero sin añadirle ni una lágrima más.
       Si la Esmeralda hubiera muerto, la esponja estaría empapada y ya todo estaría dicho para dom Claude en esta tierra. Pero al saberla viva, al igual que Febo, nuevamente volverían las torturas, las sacudidas, las alternativas; la vida en fin. Y Claude estaba harto de todo aquello.
       Así, pues, al confirmar la noticia, se encerró en su celda del claustro y no apareció ni en las conferencias capitulares ni en los oficios. Cerró la puerta a todos incluso al obispo y así quedó enclaustrado durante varias semanas. Le creyeron enfermo y así era, en efecto. ¿Qué hacía así encerrado? ¿Bajo qué pensamientos se debatía el infortunado? ¿Se estaba entregando a su última batalla, a su temible pasión? ¿Estaba elaborando un último plan de muerte para ella y de perdición para él? 
       Su Jehan, su adorado hermano, su niño mimado, llegó a su puerta en una ocasión y llamó y juró y suplicó y se identificó diez veces, pero Claude no abrió.



  Victor Hugo, Nuestra señora de París, ed. Cátedra, col. Letras Universales, Madrid, 1985, páginas 398-399. Seleccionado por Sara Paniagua Núñez, segundo de bachillerato, curso 2013-2014.

Los afanes del veraneo, Carlo Goldoni

ACTO PIMERO

ESCENA I

Habitación de casa de LEONARDO

        PABLO, que está colocando los trajes y ropa en un baúl; luego LEONARDO.
     LEONARDO. (A PABLO.) ¿Qué estás haciendo en esta habitación? Hay cien cosas pendientes y tú aquí perdiendo el tiempo, sin hacer ninguna.
       PABLO. Disculpe, señor. Yo creo que preparar el baúl es una de las cosas que hay que hacer.
       LEONARDO. Te necesito para algo más importante. El baúl mándaselo llenar a las mujeres.
       PABLO. Las mujeres están con la señora; andan muy ocupadas con ella y no hay forma ni siquiera de verlas.
       LEONARDO. Ese es el defecto de mi hermana. No está nunca contenta. Querría tener siempre a la servidumbre ocupada en sus cosas. Cuando se va de veraneo no le basta un mes para prepararse.  Dos mujeres empleadas durante un mes solo para ella. Es una cosa insufrible.
       PABLO. Pues encima, no bastándole las dos mujeres, aún ha llamado a otras dos para que ayuden.
       LEONARDO. ¿Y para qué quiere tanta gente? ¿Le están haciendo algún vestido nuevo?
       PABLO. No, señor. El vestido nuevo se lo hace el sastre. En casa esas mujeres le arreglan los vestidos usados. Ha mandado hacer mantillas, mantones, cofias de día, cofias de noche, una porción de puntillas surtidas, de cintas, de adornos, un montón de cosas; y todo eso para ir al campo. Hoy día el campo es más exigente que la ciudad.
       LEONARDO. Pues sí, desgraciadamente es cierto que quien quiere figurar en sociedad tiene que hacer lo que hacen los demás. Nuestro sitio de veraneo, Montenero, es uno de los más frecuentados, y de más compromiso que los otros. Los acompañantes con los que hay que  alternar no son unos cualquiera. Hasta yo me veo en la obligación de hacer más de lo que quisiera. Por eso te necesito. Las horas pasan, hay que salir de Liorna antes del atardecer, y quiero que todo esté preparado y que no falte nada.
       PABLO. Mande usted, que yo haré todo lo que pueda.
       LEONARDO. Antes de nada, pasemos revista a lo que hay y a lo que haría falta. Los cubiertos tengo miedo de que sean pocos.
       PABLO. Dos docenas deberían ser suficientes.
       LEONARDO. Para  lo ordinario, también yo lo creo. Pero, ¿quién me asegura que no vendrán monotnes de amigos? En el campo se suele tener la mesa siempre preparada. Conviene estar prevenidos. Los cubiertos se cambian frecuentemente, y dos juegos no bastan.
       PABLO. Le ruego que me disculpe si hablo con demasiada libertad. El señor no está obligado a hacer todo lo que hacen los marqueses florentinos, que tienen feudos y fincas grandísimas, y cargos, y dignidades grandiosas.
       LEONARDO. Y yo no tengo necesidad de que mi criado se me ponga pedante.
       PABLO. Perdóneme; no vuelvo a hablar más.
   

 Los afanes del veraneo, Carlo Goldoni. ACTO PRIMERO, ESCENA PRIMERA; pags 147 y 148. Editorial: Cátedra, Madrid, 1985. Seleccionado por: Natalia Sánchez Martín. Curso: Segundo de bachillerato.

Tartufo, Molière

       ORGÓN. Mariana.
       MARIANA. Sí, padre.
       ORGÓN. Acercaos, he de deciros algo en secreto.
       MARIANA. ¿Qué buscáis?
       OREGÓN. (Asomándose a una pequeña recámara.) Miro no sea que haya alguien que pueda oírnos, pues este cuarto es de lo más apropiado para espiar. Perfecto, así estamos bien. Como sabéis, Mariana, siempre he visto en vos un carácter apacible y desde vuestra más tierna edad os vengo profesando un cariño sin reservas.
       MARIANA. Y yo me siento agradecida por ese amor de padre.
       ORGÓN. Muy bien dicho, hija mía. Y para haceros merecedora de él, habéis de esforzaros en complacerme.
       MARIANA. En ello cifro todo mi esfuerzo.
       ORGÓN. ¡Muy bien! ¿Y qué me decís de Tartufo, nuestro huésped?
       MARIANA. ¿Quién yo?
       ORGÓN. Sí, vos, y mirad bien qué respondéis.
       MARIANA. ¡Ay! Diré de él lo que vos dispongáis.
       ORGÓN. Eso es hablar sensatamente. Decdime, pues, hija mía, que toda su persona irradia un elevado mérito, que os ha enternecido el corazón y que os agradaría sobremanera verle convertido, por elección mía, en vuestro esposo, ¿eh?.
       MARIANA. (Retrocediendo, sorprendida.) ¿Eh?


   Molière, Tartufo, ed. Vicens Vives, col. Clásicos Universales, Barcelona, páginas 39-40. Seleccionado por Sara Paniagua Núñez, segundo de bachillerato, curso 2013-2014.

lunes, 17 de febrero de 2014

La montaña mágica, capítulo IV "Compra necesaria", Thomas Mann

COMPRA NECESARIA


       -¿Qué?¿Ya se ha acabado el verano?-preguntó Hans Castorp, ironicamente, a su primo el tercer día.
       El tiempo había cambiado de un modo terrible.
       El segundo día completo pasado por el visitante allá arriba fue de un esplendor verdaderamente estival. El azul profundo del cielo brillaba por encima de las copas puntiagudas de los abetos; la aldea, en el fondo del valle, resplandecía, bajo una claridad que se había hecho vibratil, por el calor, mientras el tintineo de las esquilas de las vacas que pacían en la hierba corta y tibia de las praderas animaba el aire con una alegría dulcemente contemplativa.
       A la hora del desayuno las señoras habían aparecido ya con ligeras blusas de lino: algunas de ellas incluso con los brazos al aire, lo que no sentaba igualmente bien a todas. La señora Stoehr, por ejemplo, no resultaba muy favorecida; sus brazos eran demasiado esponjosos y la transparencia del vestido no le sentaba demasiado bien.
       Los señores del sanatorio habían tenido tambien en cuenta el espléndido tiempo para elegir sus trajes. Las chaquetas de alpaca y de hilo  habían hecho su aparición y Joachim se puso unos pantalones de franela de color marfil y una chaqueta azul,combinación que daba a su cuerpo un aire completamente militar. En lo que se refiere a Settembrini, había manifestado sin duda repetidas veces su intención de cambiar de traje.
       - ¡Qué diablo!- exclamómientras se paseaba, después del lunch, en compañía de los primos, por una de las calles de la aldea-. ¡Cómoquema el sol; será necesario ponerse ropa ligera!
       Pero, a pesar de que había dicho esto completamente convencido, continuó llevando su larga levita de anchas solapas y sus pantalones a cuadros. Sin duda no tenía más prendas que éstas.
       Mas, al tercer día, se hubiera dicho que la Naturaleza había sido cambiada y que todo orden había sido transformado. Hans Castorp no podía creer aquello. Fue después de la comida; desde hacía veinte minutos estaba entregado a la cura de reposo, cuando el sol se ocultó rápidamente; feas y turbias nubes surgieron por encima de las cúspides y un viento extranjero, frío, que penetraba hasta la medula de los huesos como si llegase de regiones glaciales y desconocidas, comenzó a barrer de pronto el valle; la temperatura descendió y se inauguró un nuevo régimen.
       -Nieve- dijo la voz de Joachim, detrás de la mampara de  cristales.
       -¿Qué quieres decir con eso de "nieve"?- preguntó Hans-. Supongo que no supondrás que ahora va a nevar.
       -Seguramente- contestó Joachim-. Ya conocemos este viento. Cuando hace su aparición, podemos tener la seguridad de que nos pasearemos en trineo.
       -Eso es idiota- manifestó Hans Castorp-. Si no me equivoco, nos hallamos a principios de agosto.


La montaña mágica, Thomas Mann. Capítulo IV; pags 98 y 99. Editorial: Plaza y Janes, Barcelona, 1987, tercera edición. Seleccionado por: Natalia Sánchez Martín. Curso: Segundo de bachillerato.

El escarabajo de oro y otros cuentos, Edgar Allan Poe


  EXTRAORDINARIOS CRÍMENES 

      "Esta madrugada, alrededor de las tres, los habitantes del  quartier Saint-Roch fueron despertados por una serie de espantosos gritos que parecían proceder del cuarto piso de una casa de la rue Morgue, ocupada, según se dice, por una tal madme L´Espanaye y su hija, mademoiselle Camille L´Espanaye. Después de algún tiempo empleado en infractuosos esfuerzos para poder penetrar buenamente en la casa, se forzó la puerta de entrada con una palanca de hierro, y entraron ocho o diez vecinos acompañados de dos gendarmes. En ese momento cesaron los gritos; pero en cuanto aquellas personas llegaron apresuradamente  al primer rellano de la escalera, se distinguieron dos o más voces ásperas que parecían disputar violentamente y proceder de la parte alta de la casa. Cuando la gente llegó al segundo rellano, cesaron también aquellos rumores y todo permaneció en absoluto silencio. Los vecinos recogieron todas las habitaciones precipitadamente. Al llegar, por último, a una gran sala situada en la parte posterior del cuarto piso, cuya puerta hubo de ser forzada por estar cerrada interiormente con llave, ofreciéndose a los circunstantes un espectáculo que sobrecogió sus ánimos, no solo de horror, sino también de asombro.
       
       "Hallábase la habitación en violento desorden, rotos los muebles y diseminados en todas direcciones. No quedaba más lecho que la armadura de una cama, cuyas partes habían sido arrancadas y tiradas por el suelo. Sobre una silla se encontró una navaja barbera manchada de sangre.Había en la chimenea dos o tres largos y abundantes mechones  de pelo cano, empapados en sangre y que parecían haber sido arrancados de raíz. Sobre el suelo se encontraron cuatro napoleones, un zarcillo adornado con topacio, tres grandes cucharas de plata, tres cucharillas de métal d´Alger y dos sacos conteniendo, aproximadamente, cuatro mil francos en oro. En un roncón halláronse los cajones de un bureau abiertos, y al parecer, saqueados, aunque quedaban en ellos algunas cosas.

Decamerón, Giovanni Boccaccio.


       Y cuando la iglesia vino y la iglesia quedó desembarazada, pusieron el cuerpo en una sepultura de mármol muy hermosa, en una capilla muy noble que allí había. Y luego, al día siguiente, la gente de la ciudad (ya que, según vemos, el pueblo común se mueve con gran devoción hacia las cosas nuevas y extrañas) vino allí, hombres y mujeres, y comenzaron a encender candelas ante el sepulcro, y a hacer allí sus oraciones, pidiendo ayuda a sus necesidades. Y tanto creció la fama de su santidad y devoción, que ninguno había que se hallase en alguna adversidad y tribulación, que a otro santo se encomendase, sino a Ser Ciapelleto, y llamáronle San Serciapelleto, afirmando que Dios mostraría por él muchos milagros.
       Así, pues, como se ha contado, vivió y murió Ser Ciapelleto de Prato, y fue tenido por santo, como se ha dicho. Y yo no quiero negar que sea posible, que fuese bienaventurado ante la mirada del Señor piados, porque, a pesar de que su ida fuese malvada, en aquel estrecho punto de la hora postrimera de su fin pudo, por gracia de Nuestro Señor, tener tanta contrición, y tal, que fuese recibido en la gloria del paraíso.
        Pero, porque esto es oculto y muy oscuro a nosotros, juzgando según lo que manifiesto pareció de su vida y fin, según se ha contado, yo juzgo que su desventurada ánima debe estar en manos del diablo, antes que en el Paraíso. Y si así es, puédese conocer cuán grande es la benignidad de Dios para con nosotros, la cual no calando nuestra ceguedad e ignorancia, sino a la puridad de nuestra fe, se complace oír nuestros ruegos, poniendo entre nosotros y Él, por medianero, a un enemigo suyo, al que creemos amigo, como si a un santo hombre nos encomendásemos. Y por lo tanto, para que Él por su gracia y misericordia en la presente adversidad nos guarde y salve, y nos conserve esta alegre compañía, alabemos y bendigamos su glorioso nombre, en el cual hemos comenzado nuestro relato, y a Él encomendando nuestras necesidades estemos seguros de ser oídos y remediados.



          Giovanni Boccaccio, Decamerón, 1995, Andres Bello, ed.3, pág. 49       
          Seleccionado por Paula Sánchez Gómez, Segundo de Bachillerato, curso 2013-2014.

Los Lusíadas, Camoes

   Verás mi patrio amor, nunca impulsado
por codicia, pues puro, ennoblecido,
mi solo premio es verme consagrado
como cantor de mi paterno nido.
Oye y verás el nombre sublimado
de aquellos que por rey os han tenido,
y encontrarás, señor, más excelente
que en el mundo mandar, regir tal gente.

    En mi canto a las glorias lusitanas
no encontrarás hazañas mentirosas,
fantásticas, fingidas y tan vanas
cual de las antiguas Musas engañosas.
Verdades cantaré tan soberanas
que exceden a las otras fabulosas
del brevo Rodamonte y Ruggiero
y de Orlando, aunque fuese verdadero.

     En cambio encontrarás a Nuno fiero
que hizo al reino y al rey tan gran servicio;
don Egas y don Fúas, que de Homero
por cantarlos la cítara codicio;
y por los Doce Pares darte quiero
los Doce de Inglaterra y su Magricio;
y doy también a aquel ilutre Gama
que es un segundo Eneas por su fama.

     Si en nosotros buscáis algo que alcanza
de Carlomagno o César la memoria,
ved al primer Alfonso, cuya lanza
hace oscura cualquier extraña gloria;
mira al que dio a su reino confianza
con una inmensa y próspera victoria
o al otro Juan, invicto caballero,
o al cuarto y quino Alfonsos o al tercero.

     No dejarán mis versos olvidados
los que en reinos vecinos de la aurora
alcanzaron con sus hechos renombrados
vuestra bandera siempre vencedora:
valeroso Pacheco y los osados
Almeidas, cuya muerte el Tajo llora,
Albuquerque terrible, Castro fuerte,
y otros que no logró borrar la muerte.






Luis Vaz de Camoes, Los Lusiadas, Canto I, Editorial Planeta,
Móstoles(Madrid), 2000, página 5. Seleccionado por Adrián Hernández García, segundo de bachillerato, curso 2013-2014

Fausto, Johann W. Goethe.

                                                UNA LLANURA

       FAUSTO.-Verse encerrada en una triste prisión, víctima de la miseria y de la desesperación. ¡Quién lo creyera! ¡Pobre y angelical criatura! ¿Yo soy la causa de que como vil criminal te veas consumida en un oscuro calabozo donde te aguardan terribles suplicios! ¡Cobarde impostor, infame espíritu, ¿por qué me lo ocultabas? Habla y no muevas con rabia tus ojos diabólicos, pues ya sabes cuanto me repugna tu presencia. Estaba sola en la cárcel, expuesta a una miseria irreparable, sin más apoyo que el del espíritu del mal que juzga sin tener alma; y, entre tanto, tú procurabas distraerme con estúpidas fiestas, ocultándome su mortal angustia, para que careciese de todo auxilio.
       MEFISTÓFELES.-No es la primera que se ha visto en semejantes apuros.
       FAUSTO -¡Maldito animal, detestable monstruo! ¡Espíritu infinito y eterno, dale otra vez su primera forma de perro, bajo la cual tanto se complacía acompañarme de noche, solo para atropellar al viajero y arrojarse sobre él, después de haberle derribado! Vuelve a darle su forma favorita para que cuando ante mí salte sobre la arena pueda yo aplastarle. ¡No es la primera! Me causa horror imaginar que hayan caído tantas almas en ese abismo de miseria. ¿Por qué la primera en su agonía lenta y terrible no borrö la falta de todas las demás a los ojos de la eterna misericordia? La miseria de aquella sola hace estremecerse la médula de mis huesos, y tu sonríes con indiferencia ante la desgracia de tantas otras.
         MEFISTÓFELES -Estamos en el límite de nuestra inteligencia, y, como a todo hombre, se te trastorna el juicio. ¿Por qué no formáis, pues, causa común con nosotros, si no podéis soportar después las consecuencias de nuestra unión? ¡Quieres volar y no te previenes contra el vértigo! ¿No eres tú el que me llamaste?
       FAUSTO.-Me horrorizas cada vez que te veo rechinar de este modo. Grande y sublime espíritu que te me apareciste, tú que conoces mi corazón y mi alma, ¿por qué me encadenaste con este miserable que sólo se complace con los desastres y la muerte?
         MEFISTÓFELES.-¿Has terminado?
       FAUSTO.-Sálvala si no quieres que caiga sobre ti por miles de años la más espantosa de las maldiciones.
     

       Johann W. Goethe, Fausto, ed. EDAF, Madrid, 1985, páginas 144-145. Seleccionado por Sara Paniagua Núñez, segundo de bachillerato, curso 2013-2014.



Aventuras de Robinson Crusoe, Daniel Defoe


                                        Capítulo VII


       Observaciones acerca del movimiento de las estaciones.-Me convierte en cestero.-Segunda excursión.-Cojo un papagayo.-Nuevos descubrimientos.-Mi vuelta,inquietudes y dificultades.-Me hago alfarero.-Construcción de una piragua.-Mal cálculo, trabajo perdido.

       Comencé a observar el movimiento regular de cada estación lluviosa o seca, y aprendí a preverlas y a tomar las precauciones necesarias; pero ese estudio me costó caro, y lo que voy a referir es una de las experiencias que me desanimó más. He dicho ya que había conservado un poco de cebada y arroz que había crecido casi de un modo milagroso; poco más o menos, tendría unas treinta espigas de arroz y unas veinte de cebada. Creí que pasada la estación de las lluvias sería el momento propicio para sembrar, entrando el Sol en el solsticio de verano y alejándose de mí.
      Cavé, pues, el mejor modo que pude y supe con mi azadón de madera un trozo de tierra, en la cual hice dos divisiones, y empecé a sembrar el grano. Afortunadamente, en medio de la operación se me ocurrió que sería conveniente no sembrarlo todo la primera vez, pues ignoraba cuál fuera estación más propia para la siembra; no aventuré, pues más que las dos terceras partes de mi grano, reservando poco más de un puñada de cada especie.
      Fue una sabia precaución. De todo lo que había sembrado no germinó ni un solo grano, porque los meses siguientes formaban parte de la estación seca, y se hallaba la tierra privada de agua y faltó la humedad necesaria para germinar la semilla. Nada, pues, germinó entonces; pero cuando vino la estación lluviosa, vi crecer esos granos como si acabara de sembrarlos.
      Viendo que mi primera siembra había tenido tan mal éxito, y comprendiendo que la sequía era la única causa, busqué un terreno húmedo para hacer el segundo ensayo. Cavé una pieza de tierra cerca de mi tienda,  y sembré el resto de grano en el mes de febrero, un poco antes del equinoccio de primavera. Esta siembra, humedecida con las aguas de marzo y abril, salió perfectamente y dio muy buena cosecha, cerca de un celemín, mitad de arroz y mitad de cebada. Por lo demás, aquella prueba me había hecho un experto en la materia : yo sabía ya cuando era necesario sembrar, y había descubierto que podía hacer en el año dos siembras y dos recolecciones.
       Mientras que mi trigo crecía, hice un descubrimiento, que después me fue de mucha utilidad. Tan pronto como pasaron las lluvias y el tiempo comenzó a ser bueno, que fue hacia el mes de noviembre, hice una visita a mi casa de verano. Después de una ausencia de varios meses, lo encontré en el mismo estado que lo había dejado. No sólo se conserva en buen estado la doble empalizada que había formado, sino que las estacas que había cortado de algunos árboles cercanos habían echado largas ramas, como habría podido suceder con los sauces que se hubiesen podado de nuevo. Ignoro el nombre de los árboles de donde había cortado las estacas. Sorprendido y encantado de ver la rapidez con la que habían crecido aquellos jóvenes árboles, los podé lo mejor que me fue posible. Es difícil dar idea de su belleza al cabo de tres años : aunque el nuevo cercado tenía cerca de veinticinco varas de diámetro, aquellos árboles, pues ya podía darles este nombre, formaron pronto una sombra bastante espesa para guarecerme en ellas durante las épocas de los calores.






Daniel Defoe, Aventuras de Robinsón Crusoe, capítulo VII, colección austral, Madrid, 1981, páginas 98-99.
 Seleccionado por Laura Tovar García, segundo de bachillerato, curso 2013-2014