jueves, 11 de mayo de 2017

Apolonio de Rodas, Argonáuticas

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      Dijo exhortándolos. Mas ellos se horrorizaron al escucharlo. Pues decían que no serían acogidos favorablemente por Eetes si deseaban llevarse el vellón del carnero.





Apolonio de Rodas, Argonáuticas, Madrid, 1995, Biblioteca básica Gredos. Páginas 110 y 111.
Seleccionado por Marta Talaván González, Primero de Bachillerato, Curso 2016/2017.

Dafnis y Cloe, Longo

       <<¡Los vaqueros!>>, exclamó el vaquero, mientras hacía virar la barca con la intención de navegar de vuelta.
       Al mismo tiempo se cubrió la tierra de gentes feroces y salvajes, de hombres todos de alta estatura y de tez negra (no de tanta pureza como la de los indios, sino como podría ser la de un mestizo etíope), con cabezas rapadas, pies menudos y gruesos cuerpos. Y todos hablaban una lengua extraña. Con un <<¡estamos perdidos!>> el piloto detuvo el barco, pues el río se estrechaba en aquel punto, y subiendo a bordo cuatro de los piratas se apoderan de cuanto había en la nave, se llevan nuestro oro y, atándonos y encerrándonos en un camarote, se marchan luego de dejarnos unos vigilantes con el propósito de conducirnos al día siguiente ante su rey, título con el que nombraban al bandido de más categoría. Se trataba de un camino de dos días, según escuchamos de boca de los que habían sido apresados con nosotros.
       A la llegada de la noche, echado allí, según estábamos cargados de cadenas, y dormidos los guardianes, entonces, cuando ya me fue posible, rompí a llorar por Luecipa. reflexionando en cuántos infortunios le había acarreado por mi culpa, gemía en lo profundo de mi alma, aunque soterraba en mi el sonido de mis sollozos.
       <<¡Dioses y espíritus divinos!, exclamaba, si es que existís y me prestáis oído, ¿qué falta tan grave hemos cometido para vernos sumergidos en pocos días en tan gran número de males? Y ahora, además, nos ponéis en manos de unos bandidos de Egipto, para que ni aun compasión hallemos. Pues a un bandido griego nuestra voz lo hubiera conmovido y el ruego ablandado, ya que con harta frecuencia la palabra es procuradora de la compasión: que la lengua, al prestar sus servicios a los dolores que el alma que así se vierten en una súplica, amansa la cólera del corazón de sus oyentes. 


       Longo, Dafnis y Cloe. Madrid, Editorial Gredos, 2002, página 183.
       Seleccionado por Gustavo Velasco Yavita. Primero de bachillerato, curso 2016-2017

Robinsón Crusoe, Daniel Defoe




Capítulo XI

VIERNES
    Ordené a Viernes que recogiese todos los cráneos, huesos, carne y todos los restos, y que los pusiese juntos en un montón y encendiera un gran fuego encima, hasta reducirlos a ceniza.Vi que Viernes tenía aún un estómago que apetecía aquella carne, y que por naturaleza es todavía un caníbal; pero mostré tanto horror ante la simple idea de ello y ante el temor de sus indicios, que no se atrevió a manifestarlo; pues, de diversas maneras, le había dado a entender que le mataría si lo intentaba.
    Una ves hubimos hecho esto volvimos a nuestro castillo y allí me puse a trabajar para mi criado Viernes; y lo primero de todo le di unos calzones de hilo , que había sacado del baúl del pobre artillero que ya mencioné, y que había encontrado en el barco hundido; y que con unos pequeños cambios le sentaron muy bien; luego le hice una pelliza de piel de cabra, tan bien como mi habilidad me permitió; y ahora me había ya convertido en un sastre aceptable; y le di un gorro, el cual había hecho de piel de liebre, muy cómodo y bastante bien confeccionado; y así quedó vestido por el momento, de un modo aceptable, y él estaba enormemente contento de verse casi tan vestido como su amo. Es cierto que al principio se sentía muy embarazado con estas cosas; llevar los calzones le resultaba muy embarazoso, y las mangas de la pelliza le molestaban en los hombros y en los sobacos; pero ensanchándoselos un poco cuando se quejaba de que le hacían daño y al irse acostumbrando, por fin se amoldó a ellos muy bien


Daniel Defoe, Robison Crusoe, editorial planeta, publicada en Barcelona 1994,capítulo: XI,página: 184.
Seleccionado por Lara Esteban González, primero bachillerato, curso 2016-2017.

Odas y fragmentos, Píndaro

OLÍMPICA VIII (460)

A ALCIMEDONTE DE EGINA,
VENCEDOR EN LA PALESTA INFANTIL

   ¡Oh Madre de los certámenes de áureas coronas, Olimpia,
reina de la verdad!, donde varones adivinos, 
atisbando en llameantes ofrendas, tantean el designo
    de Zeus señor de los rayos,
por si tiene oráculo alguno acerca de los hombres
que en su corazón se esfuerzan
por lograr recompensa de grandes virtudes
y respiro después de fatigas.

A las plegarias de los hombres, gracias a su piedad, de da cumplimiento
Mas,¡oh sacro recinto de Pisa de hermosa arboleda cabe el Afeo!,
acge aqueste cortejo y la ofrenda de coronas.
    Grande, sí, es la fama por siempre
para aquel a quien tu don luminoso acompaña.
Pero, de los bienes, unos llegan a uno,
otros a otro, y hay muchos caminos
de felicidad con cuya ayuda de los dioses.


Píndaro, Odas y fragmentos, editorial Gredos S.A. Publicada en Madrid 2002. Olímpica VIII, página 38/39.
Seleccionado por Andrea Martín Bonifacio, primero de bachillerato, curso 2016/2017.

jueves, 4 de mayo de 2017

Jean Racine, Andrómaca


Acto segundo

Primera escena

HERMÍONE

    ¿Por qué quieres, cruel, enconar esta herida?
Tengo miedo a saber cómo soy en tan trance.
Te lo ruego, no creas lo que ves con tus ojos:
cree más bien que ya no amo, mi victoria celebra;
cree que a mi cvorazón lo endurece el despecho;
y si puedes consigue que también yo lo crea.
Que le deje me pides. ¡Pues bien!¿Qué me detiene?
Sí, partamos, dejémosle con su indiga conquista.
Que conquiste por fin su cvautiva al guerrero.
Hay que huir... ¡Mas si vuelve mi amor al ingrato!
¡Si volviera a ser fiel su traidor corazón
¡Si acudiese a mis pies a pedirme su gracia!
¡Ay, amor, si pudiera someterle a mis leyes!
¡Si quisiera...!Mas no, solo quiere afrentarme.
Nos salgamos de aquí y turbemos su dicha;
que nos sea un placer poder serle importunos;
u obligando a que rompa tan solemne promesa,
que se muestre perjuro ante todos los griegos.
Ya he logrado atraer sobre el hijo su cólera;
ahora quiero que exijan además a la madre.
Que conozca el dolor que ella me hace sufrir;
que por ella se pierde o que dé muerte a Andrómaca.

Jean Racine, Andrómaca, Acto segundo, Escena primera, Barcelona, RBA editores, Colección Historia de la Literatura, 1994, págs 28
Seleccionado por Andrea Martín Bonifacio, primero de bachillerato, curso 2016/2017.

La campesina, Moravia


CAPITULO II

       Desperté al cabo de una hora, tal vez, y el tren estaba parado, en un gran silencio. Dentro del vagón, ahora, no podía casi respirarse por el calor; Rosetta estaba de pie y asomada a la ventanilla, mirando no sé qué. Muchos más estaban asomados también en fila, a lo largo del vagón. Me levanté trabajosamente porque me sentía atontada y sudorosa y me asomé yo también. Hacía sol, el cielo era azul, el campo verdeaba, las colinas estaban cubiertas de viñedos, y, en lo alto de una de las colinas, justo frente al tren, había una casita blanca en llamas. De las ventanas salían rojas lenguas de fuego y nubes de humo negro, y aquellas llamas y aquel humo eran lo único que se movía alrededor, porque todo en el campo estaba inmóvil y tranquilo, un día verdaderamente perfecto, y no se veía a nadie.Luego, en el vagón, todos gritaron:
       -Ahí va, ahí va.
       Miré al cielo y vi un insecto negro a la altura del horizonte que casi en seguida tomó forma de avión y desapareció. Después, de repente, lo oí sobre la cabeza sobrevolar el tren, con un terrible estruendo de chatarra enloquecida, y en medio del estruendo se oía como un martilleo de máquina de coser. El estrépito duró un instante, luego se atenuó e inmediatamente después hubo una explosión muy fuerte y muy próxima y todo el mundo se tiró al suelo en el vagón, salvo yo, a quien no me dio tiempo y ni siquiera pensé en ello. Por lo que vi la casita incendiada desaparecer en una gran nube gris que en seguida empezó a extenderse sobre la colina, bajando a bufidos hacia el tren, ahora, había silencio de nuevo, la gente se ponía en pie casi incrédula de seguir con vida y, luego, todos volvieron a asomarse y a mirar. El aire, ahora, estaba lleno de un polvillo que hacía toser; después, la nube se desflecó lentamente y todos pudimos ver que la casita blanca ya no estaba. El tren, al cabo de unos minutos, reanudó la marcha.
       Aquello fue lo más importante que ocurrió durante el viaje. Hubo muchas paradas, siempre en pleno campo, a veces de media hora o una hora, por lo que el tren, para hacer un viaje que en tiempos normales habría durado más o menos dos horas, tardó casi seis. Rosetta, que tanto miedo había pasado en Roma durante el bombardeo, esta vez, después de la voladura de la casita blanca, cuando el tren arrancó, dijo:
      -En el campo me da menos miedo que en Roma. Aquí hace sol, se está al aire libre. En Roma tenía mucho miedo de que la casa se me cayese encima. Aquí, si muriese, al menos vería el sol.
       Entonces, uno de los que viajaban con nosotras en el pasillo, dijo:
      -Yo, de muertos, he visto al sol, en Nápoles. Había dos hileras en los andenes, después del bombardeo. Parecían montones de ropa sucia. El sol lo vieron perfectamente antes de morir.
       Y otro comentó burlonamente:
      -¿Cómo dicen en Nápoles, en la canción? O sole mio?
       Pero nadie tenía verdaderas ganas de hablar y mucho menos de bromear; así que estuvimos callados durante todo el viaje.

 Moravia, La campesina. Editoral Coleccionables, S.A. Barcelona, 2000, página 32.
     Seleccionado por Andrea Sánchez Clemente. Primero de Bachillerato. Curso 2016/2017

Robinsón Crusoe, Daniel Defoe



Capítulo X
LOS CANÍBALES

    Pero sigamos adelante. Tras haber puesto a salvo de este modo una parte de mi rebaño, me puse a recorrer toda la isla buscando otro lugar retirado para hacer allí otro depósito semejante; cuando, vagando más hacia el extremo oeste  de la isla, hacia donde nunca había ido hasta entonces, y contemplando el mar, creí ver un bote en el mar, a gran distancia; yo había encontrado y uno o dos anteojos de larga vista en uno de los baúles de los marineros que había salvado del barco; pero no los llevaba conmigo, y aquello estaba tan lejos, que no hubiera sabido decir qué es lo que era, a pesar de que fijé la mirada hasta que mis ojos no pudieron ya resistir más; si era o no un bote, no lo sé; pero como al bajar de la colina ya no vi nada más, lo dejé correr; sólo que decidí no volver a salir sin llevar en ele bolsillo un anteojo.
 
     Cuando hube bajado de la colina y llegado al extremo de la isla, hacia donde la verdad es que era la primera vez que iba, estaba ya completamente convencido de que el haber visto la huella del pie humano no era una cosa tan extraña en aquella isla como yo había imaginado; y que de no haber tenido la excepcional suerte  de haber sido arrojado a la parte de la isla a donde nunca llegaban los salvajes, fácilmente hubiera sabido que nada les era más habitual a las canoas del continente, cuando les ocurría que se habían alejado demasiado en alta mar, que el ir a parar a aquella parte de la isla que utilizaban como puerto; e igualmente que, como a menudo se encontraban y luchan en sus canoas, los vencedores que hubieran hecho prisioneros, los llevaban a esta playa, en donde, siguiendo sus pavorosas costumbre, ya que eran todos caníbales, les daban muerte y se los comían; de lo cual se hablará en seguida.


Daniel Defoe, Robison Crusoe, editorial planeta, publicada en Barcelona en 1994,capítulo: X,página: 147.
Seleccionado por Lara Esteban González, primero bachillerato, curso 2016-2017.


El doctor Zhivago, Borís Pasternak

25
    Crujiendo por todas partes, los vagones ascendían la montaña, culebreando a lo largo del alto terraplén, a pie del cual crecía un joven bosque. Todavía más abajo extendíanse los prados, de los que se había retirado el agua hacía poco. La hierba, medio cubierta de arena, estaba sembrada de troncos diseminados desordenadamente. Procedentes de algún aserradero, la crecida, alejándolos del curso del río, los había llevado hasta allí.
    El joven bosquecillo estaba todavía casi desnudo, como en invierno. Sólo en los pálidos brotes que lo constelaban como gotas de cera, había algo de superfluo, de insólito, como una especie de borra o hinchazón. Esta superfluidad, esta novedad, esta borra eran la vida, que incendiaba ya algunos árboles con la llama verde del follaje.
    Aquí y allá erguíanse los abedules como mártires heridos por la punta de flecha de las agudas hojitas abiertas. Bastaba verlos para saber a qué olían: a la esencia de la madera de la cual se extrae la laca.
     El tren no tardó en llegar al lugar de donde probablemente procedían los troncos diseminados por el agua. A la vuelta de una curva, apareció en el bosque un claro lleno de serrín y viritas y en medio había un montón de gruesos troncos. En aquella zona destinada a aserrar madera, el tren se estremeció a a causa de un brusco frenazo y se detuvo encorvado sobre el ligero arco de la cuesta.
     La locomotora emitió algunos silbidos, y se oyeron unos gritos. Los pasajeros sabían de qué se trataba, aunque no se hubiesen hecho señales: el maquinista se había detenido para proveerse del material combustible.
     Se abrieron las puertas correderas de los vagones y la población de aquella pequeña ciudad que era el tren saltó a tierra, excepto los militares de los vagones que iban en cabeza, quienes estaban eximidos de trabajo colectivo y tampoco ahora tomaron parte en él.









Borís Pasternak, El doctor Zhivago, Barcelona, Edición Doctor Zhivago, Editorial Noguer, posteriormente ANAGRAMA, S.A, Colección Julio Vivas. 1ºEd 1991, 2º Ed 2002, 3º Ed 2005, página 280.
Seleccionado por Marta Talaván González, Primero de bachillerato, curso 2016/2017.

Los conquistadores, Malraux


     Ling ha sido detenido ayer; recibiremos sin duda esta tarde las informaciones que esperamos de él. En la inquietud causada por el avance de las tropas enemigas, los despachos de Propaganda trabajan con febril actividad. Se ha instruido con precisión a los agentes que preceden al ejército: Garín ha dado personalmente las indicaciones a sus jefes. Los he visto pasar por el pasillo, uno tras otros, sonrientes... Hemos renunciado al empleo de octavillas; el gran número de agentes de que disponemos nos permite sustituir todos los tipos de propaganda por el oral, el más peligroso, el que cuesta más hombres, pero el más seguro. Liao-chung Hoi, el comisario de Hacienda del Gobierno (al que los terroristas quieren asesinar), ha logrado, gracias aun nuevo sistema de percepción de impuestos, establecido por técnicos de la Internacional, recuperar cantidades importantes, y los fondos de Propaganda son de nuevo suficientes. En unas semanas, los servicios de abastecimiento del enemigo y toda su administración estaran desorganizados; y es difícil obligar a los mercenarios a combatir sin sueldo. Además, un centenar de hombres, de los que responden sus jefes, se harán a listar por Cheng-tiung Ming, a sabiendas  de que se arriesgan aser fusilados no sólo por él, como traidores, sino también por los nuestros, como enemigos. Anteayer, tres de nuestro agentes, descubiertos, han muerto estrangulados tras haber sido torturados durante más de una hora.
     Los jefes de las secciones de Propaganda en el ejército de Cheng han salido entre dos hileras de puertas entreabiertas.



Los conquistadores, Malraux. Editorial Bernard Grasset. Edición cedida por Editorial Argos Vengara. Móstoles- Madrid, 2000, pág 160.
Seleccionado por: David Francisco Blanco, Primero de bachillerato, Curso 2016-2017.

Jean Racine, Andrómaca

Acto primero
Escena primera

PIRRO
               No,no. Les espero gozoso:
¿Quieren que Epiro sea un Ilión rediviva? 
Que confundan sus odios y así traten igual a vencidos y a aquel que les hizo vencer. No sería tampoco la primera injusticia con que pagan los griegos los servicios prestados. De Héctor fue el beneficio; y quizás algún día pueda su hijo a su vez obtenerlo también.

ORESTES

¿Como un hijo rebelde respondéis a los griegos?
PIRRO

¿Es que acaso vencí para ser su vasallo?
ORESTES

Mas, señor, ¿es que Hermíone no podrá conteneros? ¿Cómo no interponerse entre vos y su padre?

PIRRO
Aunque Hermíone sea cara a mi corazón,
puedo amarla sin ser de su padre un esclavo;
tal vez sepa algún día conciliar los afanes
de servir mi grandeza y servir a mi amor. 
Entretanto podéis ver a  la hija de Helena;
sé los lazos estrechos de la sangre que os une.
Y tras eso, señor, volved junto a los griegos
y decidles que Pirro se ha negado a ceder.


Jean Racine, Andrómaca, Acto primero, Escena primera, Barcelona, RBA editores, Colección Historia de la Literatura, 1994, págs 18/19.
Seleccionado por Andrea Martín Bonifacio, primero de bachillerato, curso 2016/2017.

La madre, Máximo Gorki


SEGUNDA PARTE

4

       Cuatro días más tarde, la madre y Sofía se presentaron ante Nicolás pobremente ataviadas con vestidos de indiana raída, bastón en mano y zurrón al hombro. Con aquel traje aparecía Sofía más baja, y su rostro adquiría expresión severa. 
       - ¡Parece que te has pasado la vida de monasterio en monasterio! - Le dijo Nicolás. 
       Al despedirse de su hermano le estrechó la mano con energía. Una vez más observó la madre aquella sencillez, aquella calma. Era gente que no prodigaba besos ni demostraciones afectuosas, y, sin embargo, eran sinceros entre sí, estaban llenos de solicitud para con los demás. Allí donde vivía Pelagia se besaba mucho la gente y se solía decir palabras de ternura, lo cual no impedía que se mordiesen como canes hambrientos.
       Atravesaron la ciudad las viajeras, salieron al campo y tomaron la ancha carretera trillada, entre dos filas de abedules viejos.
       - ¿No se cansará? - le preguntó la madre a Sofía.
       - ¿Cree que no tengo costumbre de andar? Se equivoca.. 

       Máximo Gorki, La madre. Madrid, Edaf. Biblioteca Edaf, primera edición, 1982. Página 223.
       Seleccionado por Andrea Alejo Sánchez. Primero de bachillerato, curso 2016-2017.

jueves, 27 de abril de 2017

La madre, Máximo Gorki

PRIMERA PARTE

1

       La sirena de la fábrica lanzaba su clamor estridente, cada día, el aire ahumado y grave del arrabal obrero. Entonces, un gentío tristón, de músculos todavía cansados, salía con rapidez de las casitas grises, corriendo como las cucarachas llenas de susto. A la media luz fría, íbanse por la calleja angosta hacia los paredones altos de la fábrica que los esperaba segura, alumbrando la calzada fangosa con sus innumerables ojos cuadrados, amarillos y viscosos. Bajo los pies chascaba el barro. Voces dormidas resonaban en roncas exclamaciones, injurias rasgaban el aire, y una oleada de ruidos sordos acogía a los obreros: el sonar pesado de las máquinas, el gruñido del vapor. Por encima del arrabal, a semejanza de bastones, sombrías y repelentes como centinelas, perfilábanse las altas chimeneas negruzcas.
       Al anochecer, cuando se ponía el sol y sus rayos rojos brillaban en las vidrieras de las casas, vomitaba la fábrica de sus entrañas de piedra toda la escoria humana, y los trabajadores, ennegrecidos de humo, volvían a desparramarse por la calle, dejando detrás húmedos relentes de grasa de máquinas, centelleándoles las dentaduras hambrientas. Había a la sazón en sus voces animación y hasta alegría; se acabaron por unas horas los trabajos forzados; cena y descanso estaban esperándole en casa.

       Máximo Gorki, La madre. Madrid, Edaf. Biblioteca Edaf, primera edición, 1982. Página 27.
       Seleccionado por Andrea Alejo Sánchez. Primero de bachillerato, curso 2016-2017.

Los sufrimientos del joven Werther, Johann W. Goethe

                                                     LIBRO PRIMERO
                                                                                                                                    4 de mayo de 1771
     ¡Qué contento estoy de haberme marchado! Amigo inmejorable, ¿qué es el corazón del hombre? Abandonarte a ti, quien quiero tanto, y de quien no me podía separar, ¡y estar contento! Ya sé que me perdonas. ¿Acaso mis demás relaciones no fueron elegidas por el destino para angustiar un corazón como el mío? ¡Pobre Leonor! Sin embargo, he sido inocente. ¿Podía remediar yo que, mientras los encantos voluntariosos de su hermana me preocupaban un agradable entretenimiento, se formase una pasión en ese pobre coraz´ñon? Pero, sin embargo, ¡soy completamente inocente? ¡No he estimulado sus sentimientos? ¿No me he divertido con las expresiones auténticas de su naturaleza, que tantas veces nos hacían reír, aunque no fueran nada risibles; no he sido yo...? ¡Ah, qué es el hombre para que se pueda acusar a sí mismo! Te aseguro, mi buen amigo, que quiero mejorarme, que no he de volver a rumiar ni el más pequeño de los males que nos depare el destino, como lo he hecho siempre; quiero disfrutar del presente, y lo pasado será pasado para mí. Ciertamente, tienes razón, mi inmejorable amigo: los dolores serían menores entre si éstos -Dios sabe por qué están hechos así- no se ocuparan con tanto ahínco de imaginación en evocar los recuerdos de los males pasados en vez de soportar un presente tolerable.
     Ten la bondad de decir a mi madre que me estoy ocupando lo mejor que puedo de su asunto y le daré en seguida noticias sobre él. He hablado con mi tía, y no la he encontrado ni con mucho como esa perversa mujer de que se habla entre nosotros. Es una mujer vivaz y vehemente, con el mejor de los corazones. Le expliqué el disgusto de mi madre por la parte de la herencia que le han retenido. me dijo sus razones y causas, y las circunstancias bajo las cuales estaría dispuesta a dejarlo todo, y aún más de lo que pedíamos. En resumen: ahora no puedo escribir nada sobre esto: di a mi madre que todo irá bien: y, mi excelente amigo, en este pequeño asunto he vuelto a comprobar que los malentendidos y la pereza quizá causan más extravíos en este mundo que la astucia y la perversidad. Al menos, estas dos últimas cosas ciertamente que son más raras.
     Por lo demás, me encuentro muy bien: la soledad es un bálsamo precioso para mi corazón en este lugar paradisíaco, y la estación de la juventud calienta con toda riqueza este corazón que se estremece tan a menudo. Cada árbol, cada matorral es un ramillete de flores, y uno querría volverse abejorro para revolotear por este mar de aromas, encontrando en él todo su alimento.
     La propia ciudad es desagradable, pero en torno de ella hay una inefable hermosura de la Naturaleza. Esto movió al difunto Conde de M... a situar a su jardín en una de las colinas que se enlazan con la más bella variedad, formando los más amenos valles. El jardín es sencillo, y se siente al entrar que no trazó su plano un sabio jardinero, sino un corazón sensible que quería aquí disfrutar de sí mismo. Ya he vertido muchas lágrimas por el difunto en el arruinado cenador, que era su lugar predilecto y lo es también para mí. Pronto seré dueño de este jardín: al jardinero le conozco sólo hace unos días, pero no se encontrará mal conmigo.


     Johann Wolfgang Goethe, Los sufrimientos del joven Werther, Barcelona, RBA Editores, 1994, Historia de la Literatura, páginas 5-6.
     Seleccionado por Rodrigo Perdigón Sánchez, primero de bachillerato. Curso 2016-2017.

Eneida, Virgilio

LIBRO IV

No el alma infortunada de la reina fenicia.  Ni un instante se rinde al sueño
ni los ojos ni el corazón le embebe la noche. Se le doblan los pesares 
y renace su amor y embravece y se encrespa en un mar de ira.
Empieza dando vueltas y vueltas alma adentro a su pasión,
<<¡Ay! ¿Qué haré? ¿Volveré a mis antiguos pretendientes,
a servirles de mofa y a tratar suplicante de casarme con uno de esos númidas
a los que tantas veces desdeñé por esposos? ¿O seguiré las naves de los teucros
sumisa a sus más duras ordenes? ¿Es que no reconocen complacidos
la ayuda que de mí recibieron? ¿No queda bien grabado en su recuerdo
el agradecimiento al favor que les hice? Pero aunque lo quisiera,
¿me lo permitirán? ¿Acogerán a bordo de sus altivas naves a quien odian?
¡Loca! ¿No ves, no percibes todavía el perjuicio
de la raza de Laomedonte? ¿Qué entonces?
¿Me haré sola a la mala con esos marineros? ¿O, escoltada por mis tirios
y por todas mis tropas, me lanzaré tras ellos?
A unos hombres que arranqué de Sidón a duras penas
¿les forzaré otra vez a bogar por los mares, a desplegar las velas a los vientos?
¡No! Muere como mereces. Corta tus sufrimientos con la espada.
¡Hermana, has sido tú, vencida por mis lágrimas quien primero
has cargado de desdichas a mi alma enloquecida,
y me has puesto a merced de mi enemigo!
¡No haber podido yo vivir libre del yugo del amor una vida sin reproche
como los animales salvajes! ¡No haber cumplido la promesa
que empeñé a las cenizas de Siqueo!>> En tan hondos lamentos
prorrumpía el corazón de Dido.

 Virgilio, Eneida. Barcelona, Editorial Gredos, S.A., Colección Biblioteca Básica Gredos, primera edición, 2000, página 121.
     Seleccionado por Andrea Sánchez Clemente. Primero de Bachillerato. Curso 2016/2017

Hamlet, Willian Shakespeare

ESCENA II (241)
Trompetas
Entran el rey, la reina, Ronsencrantz y
Guildenstern, con acompañantes

Rey
     Bienvenidos, queridisimos Ronsencrantz y Guildenstern.
     Si bien nos causa gran alegría el veros, ha sido la necesidad de vuestro servicio la que nos movió a llamaros. Habréis oído hablar de la transformación que Hamlet ha sufrido. La llamo así porque ni externamente ni en su interior parece ser la persona que solía. Que pueda ser - sino la muerte de su padre le ha perturbado de tal modo su propio entendimiento - no pudo saberlo. Os ruego a los dos, puesto que is habéis criado juntos desde la niñez, y sois semejantes en temperamento y edad, que os digneis permanecer aquí en la corte por algún tiempo. Y, en compañía vuestra, podáis inducirlo a los placeres y descubrir, en ocasión propicia, que cosa para nosotros desconocida le causa esta afliccion que, descubierta, encuentre en nuestras manos el remedio.

Reina
     Amigos míos, tanto os nombra él a vosotros, que cierta estoy que no hay dos personas en el mundo que él más estime. Si fuera de vuestro agrado mostrarnos gentileza y buena voluntad quedandoos algún tiempo con nosotros, y alimentar así nuestra esperanza, tanta gratitud merecería vuestras atención como corresponde al rey ofrecer.

Ronsecrantz
     Vuestras majestades pueden, por la autoridad que tienen sobre nosotros, solicitar tales deseos más como mandato que como súplica.

Guildenstern
     Obedeceremos ambos, y ofrecemos, sin reservas, nuestro servicio totalmente, a vuestros pies, según queráis mandarnos.

Rey
      Gracias, gentil Rosencrantz y Guieldenstern.

Reina
     Gracias mis gentiles Guieldenstern y Ronsencrantz, os pido que al instante visitéis a nuestro hijo, ya tan otro. Que alguien acompañe a estos caballeros hasta donde está Hamlet.

Guieldenstern
   Que los cielos hagan grata nuestra presencia y utiles nuestros actos.

Reina
     Amén.
Salen Rosencrantz y Guildenstern
Entra Polonio

Polonio
     Señor, los embajadores enviados a Noruega acaban e hacer su feliz retorno.

Rey
     Siempre fuieste padre de noticias gratas.

Polonio
     ¿Eso es cierto, señor? Os aseguro, mi soberano, que mis servicios todos - así como mi alma - están consagrados por Dios y mi bondadoso rey; y pienso - a menos que mi entendimiento no haya sabido seguir el rastro tal y como solía - que he dado con la causa verdadera de la locura del principe Hamlet.

Rey
     ¡Hablad! ¡Estoy impaciente por oiros!

...

       William Shakespeare, Hamlet. Madrid. Letras Universales, Edicion: 1999. Pag 241.
       Seleccionado por Javier Arjona Piñol. Primero de bachillerato, curso 2016-2017.